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La noche más fría

Jorge tiene 34 años y hace catorce que está en la calle. No tuvo un vida fácil, creció con padres separados y sus hermanos se turnaban para cuidarlo, aunque la contención no fue todo lo que debió ser. Su madre salía de mañana temprano a trabajar y regresaba a la noche y él se sentía solo en su casa. Pobreza [1]
Cuando fue adolescente, con la rebeldía de los 16 años y el resentimiento solapado de furia porque la vida que tenía no era la que quería, salió de su casa a encontrarse con su destino. Sin terminar sus estudios y sin muchas despedidas, dejó todo porque pensó que solo iba a encontrar una vida mejor. Dejó su barrio, su cama, las paredes frías y húmedas de su cuarto, el que compartía todavía con dos hermanos y empezó una nueva vida.
Ese andar lo llevó por varios destinos, de Montevideo a Maldonado en plena temporada, a trabajar de lo que le den. Primero fue cuidacoches, después sereno, hasta que logró trabajar en la construcción de un edificio, haciendo de peón, de cuidador, de lo que fuere. El tema era que lo que le pagaban, siempre en negro porque era menor de 18, no le daba para vivir, sino para resistir esa furia que lo había alejado de su casa, a la que él no consideraba hogar.
A su padre no lo veía desde los 7 años, cuando este pegó un portazo y se fue. Alguna vez se contactó con ellos para pasarles algo de dinero pero nada más. Él no quería eso, sino que fuera a verlo a la escuela, al baby fútbol o que lo acompañara al médico si tenía que ir alguna vez. Pero eso nunca pasó.
Entonces apeló a seguir soportando lo que fuere, con tal de tener su propia vida. Trabajó mal, siguió peor y por momentos creyó estar tocando fondo. A su madre la contactó varias veces, habló con ella, pero como la misma apenas puede comer con lo que gana, él prefiere no ser una carga más y lograr algo para poder ayudarla.
Pero Jorge, cayó en Salto, porque le dijeron que había trabajo en el citrus y que aquí se pagaba bien. Trabajó seis meses y fue uno de los primeros en pasar al seguro por desempleo y no volver más al trabajo. Hizo algún trabajo de albañil pero le duró poco, ya que poca gente se anima a invertir lo poco que tiene con la situación económica actual y tener trabajo en ese sector, parece ser cosa de privilegiados.
Pensar que hay tantos diputados y senadores que ganan mucho dinero, me dijo una noche de esas que hacían mucho frío y que me lo crucé en la calle revolviendo los mismos tachos de basura en los que sabe que se encuentra algo, caminamos juntos unas cuadras mientras me contaba sus peripecias con la voz que por momentos se le quebraba entre el frío y la angustia por no poder haber cumplido con su meta de llegar a la edad de 34 como tiene ahora y poder tener un trabajo estable con el que pueda ayudar a su madre.
Él es uno de los desesperanzados que anda en la calle, que quiere salir adelante con un trabajo digno, que reconoce que el mundo de hoy es muy competitivo y que por eso si no tiene preparación al menos en los papelitos le será difícil encontrar un empleo que le haga sentir digno. Aunque se tiene fe porque siente que en algún momento “las buenas tienen que venir”, cree que el sistema genera que haya gente que tenga que estar siempre en ese lugar para justificar algunas situaciones como la pobreza estructural, esa de la que miles de uruguayos nunca van a salir.
Dice él que fue al Mides y que no le dieron nada. Que le pidieron de todo, pero que la respuesta fue que no tenían programas de atención como para él, más que alguna ayuda temporal. Él quería que lo ayudaran a ingresar al sistema y tener trabajo. Pero es demasiado pedir, le dijeron que no son agencia de colocaciones y lo retaron diciéndole que tenía que haber tomado mejor sus decisiones de vida. Increíble.
Mientras en las estadísticas del gobierno la pobreza disminuye, en las calles se siente, se ve y entristece. Mientras una dirigente oficialista comía con sus hijos en su casa y su ventana que da hacia la calle hacía ver lo bien que lucía su vida, seguro que merecidamente eso nadie lo discute, a pocos metros de allí y de espaldas a ella, Jorge y otro hombre que está en su misma condición y al que conoce de verlo en la calle, revolvían el contenedor que está en la esquina, los que se han convertido en grandes platos de comida para gente en la miseria.
Cuando me despido le digo una frase naturalizada para los que como yo, felizmente tenemos un techo donde dormir, “cuidate del frío” y él me mira y me dice “sí, va a estar frío el piso hoy, pero encontré uno con un resguardo donde me dejan pasar la noche, por lo menos la helada no me cae toda en la cabeza”.
Luego de verlo ir a buscar ese lugar, sentí por dentro que esa fue una de las noches más frías en lo que va de este invierno, aunque no cayera ninguna helada.
Lástima que para las estadísticas ellos no son muchos.

HUGO LEMOS