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Laicidad, mucho más que un Dios

A Diana Lucero la conocí cuando tenía 14 años, ella era entonces la subdirectora del Liceo Ipoll y yo un estudiante de segundo año. Había llegado a Salto hacía poco junto a su esposo, el profesor Miguel Curcho, oriundo de San José. Siempre fue correcta y no imponía su condición de jerarca, al menos con nosotros que éramos unos adolescentes inquietos y que siempre andábamos de clase en clase con nuestras listas estudiantiles queriendo participar del gremio, donde los alumnos de todos los pelos y señales que confluíamos en esa inmensa institución educativa como lo es para el Uruguay, el liceo departamental de Salto, que fue el primero del interior del país fundado el 1º de noviembre de 1873 por los educadores Gervasio Osimani y Miguel Llerena, generaba esa rica posibilidad entonces.
En aquel momento, entre los estudiantes discutíamos fuerte de política. Estaban todos definidos partidariamente y el país no estaba tan dividido en dos como ahora, sino que había más opciones. Sin embargo, yo participaba de una agrupación en la que todos los que estábamos sentíamos ese lazo fraternal de amistad y compañerismo, al punto que absolutamente todos teníamos distintas convicciones político partidarias y siempre comíamos el mismo asado, abrazados bajo la misma bandera, la de la unidad. FOTO 2 [1]
Lo mismo hacíamos con los integrantes del resto de las listas estudiantiles una vez que pasaban las elecciones, después que lográbamos atravesar esa lucha fratricida entre quienes exponíamos con pasión nuestras ideas y convicciones, y sufríamos como si estuviéramos en la final del mundo, cuando se abrían las urnas para ver cuántos de nuestros compañeros estudiantes se habían animado a acompañar nuestras arengas, después de contar voto a voto y pelearnos como si estuviéramos en una cancha de fútbol, y celebrar de la misma manera después de conocer los resultados, nos juntábamos todos en la casa del que ganara para festejar todos juntos con fiestas que llegaban a ver el alba.
En todos estos casos, nunca permitíamos la injerencia de los que ya estaban militando en las lides partidarias, que se relamían por meterse en el seno de nuestros grupos de jóvenes y meternos un panfleto a favor de sus ideas, queriendo que la mayoría de nosotros respondiera a sus lineamientos partidarios.
Pero no se nos ocurría denunciar en ese momento ante la dirección del liceo, la que incluso los dejaban entrar al centro educativo, una violación a la laicidad, cuando estos adentro del liceo mismo iban a decirnos que después de ahí teníamos que ir a los comités a doblar listas porque había que lograr el presupuesto para la educación donde se cortaba el bacalao y que no era en el salón gremial precisamente. Nosotros no los denunciábamos por violar nuestra laicidad, donde esta gente entraba de la mano del gremio de profesores de la época, sencillamente porque no les dábamos pelota. Y no porque fuéramos contrarios a sus ideas precisamente puesto que en nuestro grupo estaba por ejemplo. el hijo del entonces primer suplente de diputado del Frente Amplio, entre otros que hoy hasta son ediles del partido de gobierno.
No les dábamos pelota porque para protestar en contra de algo nos juntábamos todos y encarábamos contra quien sea, por defender lo que entendíamos era justo. Éramos orgullosamente estudiantes del Liceo Ipoll, en mi caso lo fui de 1º a 6º año, hice mi ciclo de secundaria completo en esa institución y vi el ocaso de la Asociación Estudiantil Osimani y Llerena con 90 años de tradición, llegar al final sin que nadie continuara el proceso.
Quien dio por terminado el gremio estudiantil y se irrogó ese derecho que no le correspondía fue precisamente Diana Lucero, la que cuando llegó a ocupar la dirección del Liceo en el año 2000, no permitió que los estudiantes relanzaran aquellos formidables procesos eleccionarios que eran fermentales y que servían para aleccioanrnos sobre democracia, pero también sobre respeto, tolerancia y compromiso social.
Pero esa era su forma, su impronta personal y su sello de distinción. Así administraba el liceo, a lo Diana Lucero y si bien fue combatida por el sindicato docente por prácticas que entendían autoritarias y fuera de contexto con una realidad democrática donde los docentes debían tener mayor participación, Lucero fue avalada por las distintas autoridades de la educación que se sucedieron a lo largo de los últimos 17 años, siendo que las que estuvieron desde el 2005 hasta el presente eran contestes con los mismos sindicatos que la vituperaban y la quería fuera del cargo.
Creo que lo que hizo ahora se le fue de las manos. Tenía que haberlo medido de otra manera y dejar a Dios afuera de esta discusión y dar una charla sobre la vida, con los que al parecer están en contra de la misma. Yo particularmente que soy orgullosamente padre, no concibo como alguien que es madre desconoce que lo que está creciendo dentro de sí es su hijo, y que al hacerlo desaparecer con una pastilla como es el Misoprostol (medicamento que entregan para producir el aborto) es quitárselo para siempre y hacer como que nunca ese hijo estuvo ahí, con posibilidades de nacer. Me cuesta entender como hay quienes son madres e igual lo hacen. Pero si fuera Lucero hubiera llevado a esa charla gente también con esa forma de pensar, para que ambos expusieran sus visiones e igualmente, habría dicho lo que había querido transmitir.
Pero se equivocó y se expuso a la furia del oficialismo que logró recién en un segundo período de gobierno aprobar la ley del aborto, que en el primero del Frente Amplio con el propio Tabaré Vázquez a la cabeza fue quien la vetó y con ganas.
Entonces sus impulsores tuvieron que esperar a que viniera Mujica para presentarla de nuevo y así lograr que la misma quedara vigente.
Y que la diputada Manuela Mutti, que mucho respeto, porque sé de su lucha por la educación pública como docente, la lleve hasta el lugar a la ministra para que ahí mismo llame a la presidente del Consejo de Secundaria, e instruya una investigación de carácter sumarísimo y en un fin de semana se resuelva la suerte de una directora que tiene 17 años en un cargo, y que la misma vuele en un segundo, por más mal que haya hecho Lucero las cosas, quizás no corresponda.
La laicidad no es tan hemipléjica y es mucho mas que Dios si, o Dios no. Es que estemos todos, y no que no esté ninguno. Y ojo que en ese estemos todos, no esté gente como Lucero, con quien no comparto personalmente nada, pero defiendo todo su derecho a decirlo.

HUGO LEMOS