Las preguntas que molestan

Cuando el periodista Gabriel Pereyra entrevistó a José Mujica en el año 2009, siendo entonces este pre candidato a la presidencia (algo que lograría meses después), le dijo al conductor del programa En la Mira que se emite en VTV, que “hacía los mandados” cuando escribía en el diario El Observador de donde Gabriel, era en aquel momento el Editor en Jefe, porque hacía títulos y redacataba notas que iban en contra de los intereses de la izquierda. prensa
Allí el periodista le señaló al entonces futuro presidente que “no sabía nada de cómo se trabajaba en periodismo” pero que eso no le importaba “porque un presidente no tiene porqué saber de todo”, pero le disgustaba que como hombre político, el “Pepe”, convertido en un ícono de la “política de la gente” a nivel global, sobre todo después del libro “Una oveja negra al poder”, de los periodistas Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz, que giró por todo el mundo, vendiendo una imagen populachera del ex mandatario, tenía que respetar más.
Porque lo que sí le preocupaba era que alguien que debe respetar a la sociedad por el cargo que pretende ocupar, iniciara una campaña de descrédito contra periodistas y medios de comunicación por no estar de acuerdo con lo que los mismos decían o escribían.
Pasaron los años y nada cambió. Una serie de episodios han ilustrado la relación entre el poder político de todos los partidos, sobre todo de los del gobierno y la prensa, el último caso más conocido, fue el del presidente del Frente Amplio, Javier Miranda, quien criticó al mismo diario donde antes trabajaba Pereyra, El Observador, por haber titulado que el 40 % de los hogares uruguayos tiene riesgo de caer en la pobreza.
Esa información, tomada de indicadores oficiales y de estudios sociales, fue analizada por los periodistas y sintetizada por el diario a la hora de informar. Pero no rebatida por el oficialismo, sino que los mismos se dedicaron a querer matar al periodista, al periodismo y a los medios de comunicación como tales, hablando de amigos o enemigos.
Este tipo de ataques, lamentablemente se cuecen en todos los partidos políticos y en todos los sectores. Es una guerra de intereses, donde quienes quieren criticar y cuestionar, deben después ser sometidos al escarnio público de la claque en las redes sociales, puestos como punta de lanza o a la parrilla, como más les guste decirlo, por los líderes políticos que se ven afectados por una información u opinión que sea esgrimida por un periodista.
Me pasó en carne propia por estas horas, donde un sector denominado Batllistas, que impulsa la figura del expresidente Julio María Sanguinetti, aunque por ahora no la candidatura, puesto que parece ser que quien liderará la postulación será el exintendente de Rivera, Tabaré Viera, apuntalado por el octogenario exmandatario claro está, me fustigó abiertamente y me exhibió como punta de lanza entre los suyos, para que la caterva diga y desdiga los disparates que más les guste en ese mundo del vale todo como son las redes sociales.
Allí tuve que soportar que varios digan de todo sobre mi persona, pero no tanto sobre lo que allí escribí, porque de esto se encargaron los adláteres de Sanguinetti; quienes tildaron una opinión donde afirmo que el exmandatario dijo en su momento que en Uruguay no había desaparecidos y que Julio Castro, maestro y periodista asesinado por la dictadura, estaba en Europa y no desaparecido, como una noticia falsa que intentaba desprestigiar al expresidente.
Primero, creo que Sanguinetti es un demócrata y fue impulsor de la ley de amnistía que en su momento permitió liberar a los presos políticos. Fue defensor de la libertad y más allá de que de él se ha dicho de todo, nunca generó un problema de ningún tipo contra nadie que lo haya fustigado a través de la prensa, porque la crítica justa o injusta, entendía que era parte del hecho de ser una figura pública.
Segundo, está bien que un periodista si afirma algo debe corrorborarlo primero, por la responsabilidad que infiere su trabajo, por lo tanto es buena cosa que si uno se equivoca, después se retracte, de lo contrario debe estar dispuesto a aguantar el chaparrón. Pero sobre todo quienes trabajan en política también tienen que tener responsabilidad, archivo para resistir, memoria para saber si es buena cosa defender o atacar a una figura sin conocer todo su pasado.
Si bien por estas horas me encuentro imbuido en una investigación para conocer a cabalidad el alcance de las políticas de derechos humanos instrumentadas durante los dos gobiernos del Dr. Sanguinetti, las mismas siempre dejaron sabor a poco con respecto al tema de los detenidos desaparecidos.
Sabido es que le tocó agarrar un gobierno en transición democrática donde los militares entregaron el poder en 1985, pero lo vigilaron de cerca durante años con tal de recibir la inmunidad pactada antes.
Pero aún así, Sanguinetti liberó a los presos políticos y trabajó en varios frentes que le ocuparon su primer mandato, incluso soportando un referéndum por la ley de caducidad, porque la gente no se conformaba con la impunidad adquirida por los militares entre los cuales se encontraban flagrantes violadores a los derechos humanos y a la Constitución de la República. Pero Sanguinetti tenía que gobernar, reconstruir el país y estabilizar la democracia y lo sorteó con creces.
En su segundo período, entre 1995 y 2000, trabajó en el desarrollo de la economía y en otras áreas que apuntalaron al país que hoy conocemos, crisis económica mediante, pero en derechos humanos sus esfuerzos se agotaban en los presuntos compromisos pactados con los militares de no rascar demasiado para no agitar al avispero. Y así quedó demostrado con el caso de la nieta de Juan Gelman.Bastaron pocos meses del gobierno de su sucesor, el también colorado Jorge Batlle, para que las cosas quedaran aclaradas, porque el paradero de la nieta del poeta argentino, por la que clamaron intelecutales de todo el mundo, era un secreto a voces.
Tengo entendido que sus palabras fueron que en Uruguay no hubo desaparecidos y que Julio Castro estaba en Europa, si consigo confirmar que no fue así, las preguntas que formulé en una editorial publicada el sábado 18 por este diario, caerían por su propio peso. Aunque de hacerlo, lo reconocería públicamente sin ningún titubeo, y por otro lado, se que habría muchas otras consultas relacionadas a este tema, para poder formularle. Espero de todos modos, poder aclarar este asunto por el bien de la responsabilidad periodística que intentamos ejercer. Mientras tanto, me alegro que la democracia a la que tanto contribuyó el expresidente, siga más viva que nunca.

HUGO LEMOS







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