Lo simple vale doble

Recuerdo las noches de calor y de luciérnagas que nos anunciaba que estábamos en diciembre. Noches de puertas abiertas y de arbolitos de Navidad en todas las casas, creyeran en lo que creyeran. No importaba. Era como un símbolo de la época que además, disfrutábamos todos. Estoy pensando allá por el año 80 y pico, cuando éramos niños con mis hermanos y los recuerdos no vienen tanto por Papá Noel y sus regalos, sino por las juntadas de amigos, los vecinos en la vereda y los almacenes vendiendo mucho pan dulce y sidra. navidad
Después los tiempos se volvieron un poco más comerciales, y ahí ya la Navidad era un momento donde aparecía el ‘tener que regalar’ algo a alguien, porque nunca pensamos en hacerlo con nuestra familia, con nuestros padres ni con nuestros hermanos, sino con alguien distinto. Y ahí ya perdía mucho el sentido todo. Sobrevino la adolescencia con la época de ir a bailar a la Costanera y se trataba de que las fiestas, era eso, vivir de fiesta, al principio en tu propia casa y luego afuera. Pero al final, eso pasaba y no nos quedaba nada.
Entonces el paso del tiempo nos hace dimensionar la realidad de otra manera, nos hace ver la vida de una forma distinta, como que las fiestas tradicionales se han convertido en una ocasión donde si no nos juntamos todos, no tiene mucho sentido, porque lo ideal es vernos las caras, hablarnos de frente, contarnos cosas de una forma sincera, alegre, distinta, sobre todo lo que pensamos y nunca nos decimos pareciendo extraños con nuestros propios seres íntimos.
El otro día miraba una publicidad española, en la que hicieron un experimento social de esos que te dejan pensando, de esos donde uno dice ‘pero qué razón tienen estos tipos’. Reunieron a un grupo de gente y les pidieron que nombraran a sus seres favoritos, a los más importantes para ellos, algo que ya fue complejo, no tan natural ni tan obvio, sino que los hizo pensar si a quienes estaban nombrando, eran realmente las personas más importantes.
Luego, les preguntaron qué les iban a regalar de Navidad, y ellos hicieron una lista de obsequios, presentes de los más sencillos a los más sofisticados, y no dudaban en decir que les iban a comprar tal o cual cosa, pero siempre una cosa material, algo que lo podían obtener por otra vía y no era necesariamente ‘el regalo’ de la Navidad, pero en definitiva, era lo que todo el mundo hace siempre, comprar cosas.
Y aumentaron la apuesta, les preguntaron qué les comprarían a esas mismas personas, si ganaban la lotería. Entonces ellos hablaron de los obsequios más extravagantes que uno pudiera imaginarse, desde una casa en el campo con servicio incluido hasta un caballo de carreras.
Y al final, cuando todos estaban bien cebados de qué es lo que comprarían y hasta calculaban cuánto gastarían, les preguntan ‘¿qué pasaría si fuera la última Navidad con vida de esa persona tan especial?’ Y todos se desinflaron, nadie sabía qué decir, titubearon, lagrimearon, se encogieron de hombros y miraban la cámara con cara de ‘qué es lo que me estás preguntando’.
Y allí las respuestas finalmente cambiaron. Todos decían que les regalarían lo que realmente valía la pena, pero que nunca habían pensado decirlo antes. La mayoría decía que les iban a obsequiar su tiempo, que era lo más valioso que tenían. Que les iban a llevar de paseo, que iban a reunir a la familia entera, que los llevarían a asar tiempo con ellos para mostrarle las cosas que hacían, entre muchas otras cosas.
La verdad que es algo tan simple como positivo el hecho de que muchos hayan pensado en este caso darle a los suyos, en fiestas como las que vamos a vivir en las próximas horas, lo mejor de cada uno, algo que no se compra en las farmacias ni en ningún comercio de la calle, sino que está dentro de cada persona, y que es esencial para la vida como el amor, la alegría, el tiempo y la compañía.
Pero para que pasara eso, para que tomaran esa decisión, para que intentaran sacar lo mejor de cada uno, antes alguien tuvo que ponerlos a pensar, contra la espada y la pared, lo que se dieran cuenta que a esas personas, si es que realmente tanto valen para ellos, no había necesidad de tener que hacerlos esperar para obsequiarles su tiempo, su compañía o brindarles su amor.
Había que dárselos y ya, porque es lo único que tenemos, lo mejor con lo que contamos, lo que ellos tanto necesitan y lo que sabemos que es lo que va a quedar siempre. Preguntándole a un niño cuál fue su mejor Navidad, el mismo contestó: la de tal año, y repreguntándole porqué, éste replicó «porque estuvo mi abuela y bailó toda la noche». Ni se acuerda qué le dejó Papá Noel y eso dejó contentos a sus abuelos, que se emocionaron hasta las lágrimas.
En esta fecha tan especial no hay mucho más por decir, sino que todos piensen por un instante que mañana 24 de diciembre, como todas las mismas fechas cada año «es hora de volver a casa». Hagámoslo con alegría, paz y felicidad. Feliz Navidad.

HUGO LEMOS