Los derechos de todos

Los derechos de todos

Cuando escuchamos hablar de derechos humanos parece que estuviéramos refiriéndonos a algo vago, sin mayor fundamento, porque como los mismos tienen que ver con todo lo que hacemos, con lo cotidiano y con las cosas que nos pasan en todos los aspectos de la vida, mucha gente los ve como algo lejano, en vez de darse cuenta que son todo lo contrario.
Los derechos humanos son los derechos más cercanos a todo lo que hacemos, a todo lo que vemos y a lo que nos impone nuestro ritmo de vida. Pero sobre todas las cosas, los derechos humanos defienden dos aspectos esenciales en las personas, la vida y la libertad. El derecho a vivir, a ser, a conformarnos como personas y a crecer con identidad, independencia y personalidad.
Todo eso atado de la mano de la libertad, que es el bien más preciado que tiene el ser humano después del derecho a la vida. Porque sin libertad, no hay desenvolvimiento, ni desarrollo humano, no hay crecimiento personal y mucho menos colectivo, tampoco hay sentido de vida, de pertenencia y de esencia, para ser una persona autónoma, libre e independiente.
Todas estas cosas tienen que ver con todo, por eso los derechos humanos están más vigentes que nunca aunque no sean respetados, ni valorados en su justa medida, generando contradicciones permanentes entre los mandatos gubernamentales que quieren basar sus políticas en el apego irrestricto a los derechos humanos y que se manejan a través de un sistema que los viola permanentemente.
Por más que la intención del gobernante, sea quien sea y pertenezca al partido que pertenezca, sea que suceda todo lo contrario, mientras sigan manejando criterios como los actuales para el acceso de las personas a los bienes y servicios estatales, mientras se manejen dentro de lineamientos donde se vea amenazada la libertad de trabajo, de pensamiento y de expresión de las personas por las opciones de vida que han tomado, los derechos humanos seguirán siendo vulnerados.
Pero para que no haya vacuidad en mis expresiones, me voy a referir a situaciones más concretas. El jueves en mi columna semanal sobre temas legales, hablaba de la situación de condena que viven los jubilados de este país, los mismos a los que les dieron 200 pesos de ajuste hace algunos meses. Esos jubilados son los que por estos días vienen haciendo filas de 10 horas de duración, con todo lo que eso implica para un adulto mayor, con el fin de llegar a la ventanilla del banco estatal para conseguir un préstamo de apenas un cuarto de la canasta básica con suerte y así pasar la Navidad. Esto es algo que viola los derechos humanos de los adultos mayores que deberían estar tranquilos viviendo su vejez, donde al menos deberían acceder a un servicio que no les hiciera estar horas y horas al rayo sol tentando a la muerte.
Tampoco puede seguir habiendo niños que estén junto a sus madres en una cárcel esperando las fiestas de fin de año, haciéndolo detrás de una cerca de seguridad, con policías que anden alrededor y con los problemas propios de un centro penitenciario, como el hecho de que convivan con otras mujeres que no conocen y las que son del ambiente delictivo. En las cárceles no se respetan los derechos humanos de los internos por las condiciones en las que están, pero mucho menos se respetan la de los niños por el solo hecho de que ellos convivan en un lugar así, con los problemas propios del lugar.
Esto más allá de las acciones puntuales que con ánimo de subsanar esto y de hacer más llevadero el asunto, tengan las autoridades de la administración del lugar, porque hay que partir de la premisa de que un niño no debería estar jamás en una cárcel, no por el hecho de no ver a su madre, por el contrario está bien que pase con ella el tiempo suficiente porque necesita hacerlo, pero en Uruguay se puso primero el derecho de esa mujer a tener el niño consigo a cualquier precio, sin pensar en lo que puede ser mejor para ese pequeño, al que se le están violando todos los derechos humanos por más “bien”, que él diga sentirse en ese lugar.
Y seguimos con lo que pasó con los internos de Aldeas de la Bondad, donde el gobierno nacional y principalmente la ministra Marina Arismendi, no tendrían que defender un principio economicista, sino social y humano, y tendrían que haberse roto la cabeza para encontrar una solución al asunto y permitir la continuidad del desarrollo del lugar y que los internos, los llamados “siempre niños” continúen allí a costo del Estado, que gasta mucho en otras cosas y podría reorientar dinero para este caso de gravedad.
Además de evitar cerrar un establecimiento porque eso también generará más desempleo, todo lo que sumado a lo que pasó con los tres fallecidos y el resto de los internos, son cuestiones violatorias de los derechos humanos a todos, tanto a los internos como a los trabajadores de ese lugar.
Todas estas cosas pueden remediarse. ¿Cómo? Con la voluntad de todo el sistema político de establecer prioridades que acompañen la manera de reformar las cosas porque las mismas son lesivas a los derechos humanos y buscando la forma de que la gente no se vea perjudicada cada vez que quiera invocar un derecho, sino que realmente pueda acceder a un sistema más justo con sus intereses.
Pero en estos casos todos son responsables, no se trata de un gobierno, sino de un sistema que es algo que involucra a la totalidad de las personas que son las encargadas de conducirlo y por lo tanto de poder cambiarlo, esto es tanto gobierno como oposición.
Por eso, espero que en el año que se inicia, la clase política y el sistema todo, empresarios, sindicatos, organizaciones sociales, políticas, deportivas y económicas busquen la forma de que los derechos humanos de las personas salgan del papel y se plasmen en acciones que generen los cambios adecuados para que podamos empezar a vivir con más dignidad, en un país más justo, con mayores posibilidades, algo que equivale a ganar las libertades que hoy se nos niegan.

HUGO LEMOS







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