LOS MÁS INFELICES SEAN LOS MENOS PRIVILEGIADOS

Por Dr. Adrián Báez.
Estimados lectores. El fallecimiento de tres pacientes con enfermedades psiquiátricas y discapacidades motrices que se encontraban hasta hace poco tiempo internados en la ahora desaparecida Aldea de la Bondad, se suma a la preocupación que hemos manifestado en otras oportunidades respecto a otros compatriotas que se encuentran en similares condiciones en otras instituciones del país y que han sido noticia en su momento, recordando solamente para ponerlo de ejemplo, el caso del hombre atacado por un perro y cuyas heridas le causaron la muerte, historia que estuvo unos días en el epicentro de la crónica, para desaparecer luego sin responsables concretos, ni mucho menos medidas tendientes a mejorar las deplorables e inhumanas condiciones de vida a las que están sometidos los internos.
La resolución del INAU de no renovar el convenio que tenía con la ONG Aldea de la Bondad, la cual durante muchos años tomó a su cargo el cuidado de un centenar de pacientes con serias patologías como las ya mencionadas, constituyó realmente un duro golpe, no sólo para los funcionarios de la misma, quienes de un día para el otro se vieron privados de sus puestos de trabajo, sino que también, y principalmente, para esas personas que dependían de éstos, quienes conformaban en la mayoría de los casos su única familia.
Imaginémonos por un momento que un ser querido con idénticos problemas de salud es arrancado de nuestro lado sin más, y que en un abrir y cerrar de ojos el mismo fallece, quitándose los impulsores de dicha separación, todo tipo de responsabilidad, cuando fueron advertidos que sin los cuidados y los procedimientos propicios, se podría llegar a esa lamentable circunstancia, lo que al final ocurrió, no mostrando más congoja que la de un frío funcionario público que dio como respuesta: “si estuviesen en Salto, podrían haber muerto igual por otras razones, pero no por el traslado. No se ha hecho referencia en ningún momento a que haya una vinculación entre una cosa y la otra”. ¿Qué haríamos? Indudablemente, o por lo menos así lo marca la cordura, buscaríamos explicaciones y que alguien nos dijera, asumimos la culpa, sea ésta para responder ante la sociedad y los deudos (familiares o como en el caso que nos ocupa los cuidadores), como ante la Justicia en caso que ameritara, previa investigación administrativa, y si se es un poco guapo, con una consecuente y coherente destitución.
Sucede que, éste tipo de sucesos ocurren a diario, en distintas reparticiones del Estado que se mal dedican a éstos menesteres, con menguados presupuestos, funcionarios desganados por las pésimas condiciones de trabajo y denigrantes sueldos, donde, los pacientes, no son más que números a los que si hay comida, se los alimenta, si hay abrigo se los cubre del fío, si hay agua caliente se los higieniza o se lo hace igual a temperaturas glaciares en invierno, como ya ha ocurrido y fue denunciado en su momento, y quedó en el nada rotundo que siempre se da por respuesta, en definitiva, con contados casos de humanidad de funcionarios que como los de la Aldea, se preocuparon y ocuparon dentro de sus posibilidades, en los restantes simplemente no importan; así de sencillo.
¿El responsable? No lo busquemos más, pues es siempre el mismos, el Estado y su obsoleto sistema que oprime, el que no ha sabido o querido ocuparse eficientemente de temas centrales para nuestra sociedad como la educación, la salud, la seguridad, los menores infractores, el sistema carcelario o el futuro mismo, revelándonos el ocaso de un país que supo ser humanista y que desde hace muchísimo tiempo dejó de serlo.
Ahora. Tampoco sirve, y no objetamos las buenas intenciones que muchos tendrán en el asunto, rajarse las vestiduras por el hoy; sabemos bien que dicho tema puede ser y de hecho lo es, utilizado como bandera de intereses espúreos y extemporáneos, pues quizás, si de la Aldea de la Bondad muchos se hubiesen ocupado, interesado e inmiscuido en un fidedigno apoyo, antes, no se hubiese llegado a la penosa coyuntura actual.
Mientras tanto, continuamos dándole la espalda a nuestro Prócer, desoyendo una de sus máximas, haciendo hincapié, cada vez con más ahínco, en que los más infelices sean los menos privilegiados.







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