41 años después

Estimados lectores. Se recordaron los 41 años del Golpe de Estado del 27 de Junio de 1973. Con motivo de la fecha, como sucede año a año, se vertieron distintas vivencias y visiones respecto a los acontecimientos de aquellos años. Se narraron hechos históricos conocidos por todos nosotros; anécdotas; opiniones políticas; reproches y algún que otro comentario de dudosa exactitud histórica, que siempre los hay, para confundir los tantos.
Sin ser nuestro interés el entrar en la discusión ideológica sobre aquella época, por una cuestión de respeto a los protagonistas que continúan vivos, quienes poseen sus legítimas razones para defender posturas y criterios; por respeto a las heridas que permanecen abiertas y son difíciles de cicatrizar de un lado y del otro; por respeto a una generación de compatriotas que en el lugar que la vida los colocó, defendieron la democracia y la libertad; pero por respeto también a otra generación de orientales, la nuestra, la que no debe ni puede cargar con culpas y responsabilidades que no le quepan; es que sostenemos la necesidad imperiosa de atrevernos a pasar el umbral hacia el porvenir. Deseamos ansiosamente que la página sea dada vuelta. Anhelamos patrióticamente que se convoque a un gran Acuerdo Nacional, donde los partidos políticos, como fieles representantes de la democracia, zanjen de una vez y para siempre, el desencuentro que nos ha dividido desde 1985.
Defendemos sin fisuras el pronunciamiento del pueblo en las urnas, el que fue desconocido por el Parlamento, al dejar sin efecto la Ley de Caducidad; pero comprendemos de la misma manera, el derecho que tienen las familias de las víctimas, de velar por ellos.
La justicia debe de ser pareja para todos, de acuerdo con nuestra Constitución, la que en su Artículo 8 reza: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos y las virtudes”.
Los años han pasado y los cucos de antaño quedaron en él. La historia y los hombres racionales reconocen el esfuerzo, a contramano de los principios con los que comulgaban y comulgan, de aquellos hombres y mujeres que cedieron en pos de la pacificación nacional; muchas veces incomprendidos; otras tantas malinterpretados.
El Uruguay es un país joven, donde queda mucha carretera por recorrer. Debe de ser la impronta del futuro, la que guíe los pasos a seguir, siempre en la comprensión de que no existen uruguayos buenos y malos; de que no los hay de una clase y de otra; de que somos por encima de todo, Uruguayos.
José Batlle y Ordóñez imaginó en el lejano 1906, cómo debería ser el Uruguay del futuro: “Nuestra República debe prepararse para ocupar un puesto distinguido entre las naciones civilizadas, no por la prepotencia de la fuerza, a la que no debe y tampoco podría aspirar por la pequeñez de su territorio, sino por lo racional y avanzado de sus leyes, por su amplio espíritu de justicia y por el vigor físico, moral e intelectual de sus hijos”.
A más de 100 años de su visionario deseo, la idea continúa tan vigente como entonces.
Si somos capaces como pueblo de saldar las deudas y cumplir con el voto que el alma pronuncia, podremos orgullosos gritar al mundo, que supimos derrotar a una férrea dictadura, con esperanza y unidad, aunque lo hayamos conseguido, 41 años después.

Estimados lectores. Se recordaron los 41 años del Golpe de Estado del 27 de Junio de 1973. Con motivo de la fecha, como sucede año a año, se vertieron distintas vivencias y visiones respecto a los acontecimientos de aquellos años. Se narraron hechos históricos

<p>Adrián Baez.</p>

Adrián Baez.

conocidos por todos nosotros; anécdotas; opiniones políticas; reproches y algún que otro comentario de dudosa exactitud histórica, que siempre los hay, para confundir los tantos.

Sin ser nuestro interés el entrar en la discusión ideológica sobre aquella época, por una cuestión de respeto a los protagonistas que continúan vivos, quienes poseen sus legítimas razones para defender posturas y criterios; por respeto a las heridas que permanecen abiertas y son difíciles de cicatrizar de un lado y del otro; por respeto a una generación de compatriotas que en el lugar que la vida los colocó, defendieron la democracia y la libertad; pero por respeto también a otra generación de orientales, la nuestra, la que no debe ni puede cargar con culpas y responsabilidades que no le quepan; es que sostenemos la necesidad imperiosa de atrevernos a pasar el umbral hacia el porvenir. Deseamos ansiosamente que la página sea dada vuelta. Anhelamos patrióticamente que se convoque a un gran Acuerdo Nacional, donde los partidos políticos, como fieles representantes de la democracia, zanjen de una vez y para siempre, el desencuentro que nos ha dividido desde 1985.

Defendemos sin fisuras el pronunciamiento del pueblo en las urnas, el que fue desconocido por el Parlamento, al dejar sin efecto la Ley de Caducidad; pero comprendemos de la misma manera, el derecho que tienen las familias de las víctimas, de velar por ellos.

La justicia debe de ser pareja para todos, de acuerdo con nuestra Constitución, la que en su Artículo 8 reza: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos y las virtudes”.

Los años han pasado y los cucos de antaño quedaron en él. La historia y los hombres racionales reconocen el esfuerzo, a contramano de los principios con los que comulgaban y comulgan, de aquellos hombres y mujeres que cedieron en pos de la pacificación nacional; muchas veces incomprendidos; otras tantas malinterpretados.

El Uruguay es un país joven, donde queda mucha carretera por recorrer. Debe de ser la impronta del futuro, la que guíe los pasos a seguir, siempre en la comprensión de que no existen uruguayos buenos y malos; de que no los hay de una clase y de otra; de que somos por encima de todo, Uruguayos.

José Batlle y Ordóñez imaginó en el lejano 1906, cómo debería ser el Uruguay del futuro: “Nuestra República debe prepararse para ocupar un puesto distinguido entre las naciones civilizadas, no por la prepotencia de la fuerza, a la que no debe y tampoco podría aspirar por la pequeñez de su territorio, sino por lo racional y avanzado de sus leyes, por su amplio espíritu de justicia y por el vigor físico, moral e intelectual de sus hijos”.

A más de 100 años de su visionario deseo, la idea continúa tan vigente como entonces.

Si somos capaces como pueblo de saldar las deudas y cumplir con el voto que el alma pronuncia, podremos orgullosos gritar al mundo, que supimos derrotar a una férrea dictadura, con esperanza y unidad, aunque lo hayamos conseguido, 41 años después.







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