LA ESCUELA N° 56

Por Dr. Adrián Báez.
Estimados lectores. Los tiempos cambian y con ellos el accionar de la sociedad y las bondades de la misma; en algunos

Adrián Baez.

Adrián Baez.

casos, para bien; en otros, para mal.
Hubo un tiempo en el que la solidaridad, aquella bien entendida y comprendida, que veía en la mano extendida en ayuda de algunos o de muchos, una actitud de humanidad sin contraprestación, sin alardes ni marketing, supo ser moneda corriente entre los uruguayos, siendo muchos los compatriotas anónimos que de una manera u otra, contribuyeron a grandes realizaciones que cambiaron la vida de comunidades enteras, con la convicción de que el progreso del país, sólo se lograría si avanzaban todos y cada uno de sus hijos, desde el más encumbrado, hasta el más humilde, debiéndoseles proporcionar a cada uno de ellos, la igualdad de condiciones para lograr dicho progreso personal, y con él, el del colectivo.
En nuestro departamento pululan los ejemplos; quizás uno de las más conocidos sea el de Doña Catalina Harriague de Castaños, cuyo desprendimiento en favor de nuestra comunidad, perdura en las innumerables obras sociales, a pesar del transcurso de los años. Pero para suerte de todos, no ha sido la única salteña que desempeñara el don de la filantropía.
En la localidad de Tropezón, a pocos kilómetros de nuestra capital, desde hace muchísimos años se realiza una tarea esencial para ese progreso igualitario del que hablábamos, una obra de inconmensurable contenido social: la Escuela N° 56.
Su historia, si bien es peculiar, no dista de la de otras tantas que existen en el país; esas típicas escuelas rurales cuya actividad rayana con el estoicismo, al que en varias oportunidades deben apelar para su perdurabilidad y sostenimiento, relata una realidad intensa, que hace a las tradiciones y valores más representativos de un Uruguay que late aún en todos nosotros, y que no debe ceder ante la indiferencia y el hastío.
La Escuela N° 56 de Tropezón comenzó funcionando en la localidad de Talas de Daymán, en la década del 60, debiendo trasladarse posteriormente a un campo propiedad de Sr. Williams, en la ruta 31.
El local que ocupaba, comenzó a deteriorarse paulatinamente, siendo necesario conseguir un terreno para construir un nuevo edificio, dado que la Inspección Departamental no permitía seguir dictando clases en el mismo, por el mal estado en el que se encontraba, constituyendo un riesgo serio.
El 21 de Marzo de 1968, el Sr. Luis Mario Roascio, vecino de la zona, decide donar 1 hectárea del frente de su chacra, para tal fin; donación inesperada y de tal magnitud, que provocó que a partir de la misma, todos los vecinos comenzaran incansablemente y de forma abnegada, a realizar las gestiones correspondientes ante el Consejo de Educación Primaria, con el apoyo de la Asociación de Amigos de la Escuela Pública de Salto, solicitándose también, el permiso correspondiente a la Dirección de Vialidad para poder construir sobre la Ruta.
Comenzada la obra, fue el entusiasmo de los vecinos y sus familias: Ceriotti, Emmenegger, Oliveri, Guarino, Frola, Volpi, Silva Delgue, de Souza, Arambarri, etc., que propiciaron la colaboración en la construcción, dirigidos por el Constructor Vianessi, desde los cimientos, transformándose en una cuestión de primer orden, y un orgullo indiscutible, constando de 3 aulas, 1 comedor, 1 cocina y 3 baños.
Su debut como centro de enseñanza, tubo en la Maestra Directora Mabel Ravellino, acompañada por otras dos docentes, las encargadas de dar andamiento a ese sueño, que abrió camino hacia la educación, a cientos de niños de la localidad y alrededores, que vieron y tuvieron en esa Escuela, a su segundo hogar. Desde su inauguración en 1976, el Sr. Luis Roascio y su esposa, Sra. Maria Elena Marconi de Roascio (Beba), aportaron a diario: el agua que abastecía a la Escuela, siendo él junto a los alumnos, quienes bombeaban para extraerla; las verduras, donadas junto con otros vecinos; la disponibilidad de su auto Ford A para el traslado de alumnos y docentes, ante las tormentas o situación de enfermedad; las herramientas con las que los alumnos trabajaban la huerta; los alimentos, que Beba cocinó diariamente en su casa para los niños, durante 15 años ininterrumpidos, y tantas otras.
Así funcionó, hasta que en 1980 llegó la tan deseada y necesaria energía eléctrica a la zona, cambiando la calidad de vida de los habitantes y con la de ellos, su funcionamiento.
Durante este tiempo, admirables maestros desempeñaron el respetable rol educativo, ejerciendo como directores, los maestros Gladys Díaz, Hohober Techeira, Ida Luz Silveira, Patricia Díaz y otros, en un marco de creciente servicio, que en la actualidad, ofrece enseñanza a alrededor de 90 niños, desde Educación Inicial, a 6to. Grado.
Por una cuestión de agradecimiento, justicia o reconocimiento, o de las tres; se gestionaron denodadamente durante años, todos los pasos para que la Escuela lleve el nombre del extinto Sr. Luis Mario Roascio. La lucha dio sus frutos, y tras un largo peregrinar, el 5 de Marzo de 2014 la Asamblea General decretó que la Escuela N° 56 lleve su nombre; y el 13 de Marzo del mismo año, la Ley 19.194, fuera promulgada por el Sr. Presidente de la República, dándose el cúmplase respectivo para el afianzamiento de la decisión.
Hasta el día de hoy, se espera ansiosamente el acto de nominación por parte del Consejo de Educación Inicial y Primaria, quien tiene el deber de cumplir con una norma que no comprende demora y retraso, sin justificativo racional; más, cuando no conllevaría dicho cumplimiento, mayores esfuerzos que su ejecución.
Quienes fueron o son padres, vecinos y alumnos de esta Escuela, sienten la necesidad de homenajear a quien con su solidaridad se brindó por entero a la causa de la escuela pública; ejemplo a seguir, sobretodo en este momento en que el país necesita que la Educación sea el objetivo fundamental para su desarrollo .