LA JURA DE LA CONSTITUCIÓN

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. Cuentan los historiadores, que a las 10:30 horas de la mañana de aquel 18 de Julio de 1830, el gobierno, encabezado por el Gobernador Provisorio y Capitán General Juan Antonio Lavalleja, salió del Fuerte (sede del gobierno, ubicado donde actualmente se encuentra la Plaza Zabala) con su cortejo, y se dirigió a la Iglesia Matriz

Adrián Baez.

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para asistir al Tedeum que se había dispuesto. Terminado el acto religioso, las autoridades se dirigieron al edificio que había sido erigido para el Cabildo de Montevideo, en uno de cuyos salones prestaron juramento a la Constitución, los miembros de la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Estado, el Gobernador Provisorio y Capitán General Juan Antonio Lavalleja, los Ministros, el Cura Vicario, los Jefes de Tribunales y Oficinas y los Comandantes de Cuerpos y Jefes del Estado Mayor del Ejército. La ceremonia principal, sin embargo, se realizó por la tarde, en la actual Plaza Matriz – entonces denominada Plaza Mayor-, frente al edificio del Cabildo. Sobre uno de los lados de la plaza se habían formado las tropas militares al mando de los coroneles Manuel Oribe y Eugenio Garzón, vestidos con uniformes de gala coloridos. Cada integrante de la tropa prestó juramento a la Constitución frente a una cruz sostenida por un oficial, conformada por un fusil y un sable. Una ceremonia similar fue realizada, asimismo, en todas las ciudades y poblados de cierta importancia del interior del país.
Acto seguido, todos los civiles reunidos en la plaza, fueron invitados a subir sucesivamente a una tarima colocada frente al Cabildo, en cuyos balcones se encontraban las autoridades públicas, a prestar juramento de fidelidad a la Constitución, pasando frente al Alcalde Ordinario de Montevideo. El texto del juramento rezaba así: “¿Juráis a Dios y a la Patria cumplir y hacer cumplir en cuanto de Vos dependa, la Constitución del Estado Oriental del Uruguay sancionada el 10 de Setiembre de 1829 por los representantes de la Nación? ¿Juráis sostener y defender la forma de gobierno Representativo Republicano que establece la Constitución? Si así lo hiciérais Dios os ayudará; si no, Él y la Patria os lo demandarán?
Al presentar la Constitución, el constituyente José Ellauri expresó que, ella serviría para regir la vida política y civil de la Nación “si os resignáis a regir por ella vuestras conductas”. Terminado el acto del juramento general, tronó el cañón del viejo Fuerte de San José con una salva de 21 cañonazos, como anuncio al pueblo de que la Constitución de la República había sido solemnemente jurada.
Ésta estableció un estado unitario, republicano y confesional, donde la religión oficial era la católica. La ciudadanía estaba restringida a los propietarios y alfabetizados, excluyéndose a los asalariados y a los analfabetos, y por supuesto, de acuerdo a las costumbres de la época, a las mujeres.
Se trató de un instrumento jurídico avanzado, en un país que no se encontraba preparado para ello; transformándose en el texto constitucional de más larga permanencia, ya que recién fue modificado en 1917.
La Constitución contaba de 159 artículos, divididos en XII secciones, a su vez separadas en capítulos. Estaba precedida por una introducción o Preámbulo, donde se destacaba la importancia de Dios -en la concepción de los constitucionalistas-, ya que se lo consideraba como el inspirador de esa Ley Suprema, cuyos objetivos eran el bienestar general del pueblo, respetando su idiosincrasia, promoviendo la seguridad, la justicia, la libertad civil y política, la propiedad y la igualdad.
Qué bien le haría a nuestra República, que de vez en cuando, los gobernantes y dirigentes políticos recordaran dicho juramento, para así apegarse de mejor forma y debidamente a la Carta Magna; comprendiendo que, nadie, absolutamente nadie, puede ni debe considerarse por encima de lo que ella y las leyes establecen, al no existir gobierno, colectividad política, líderes, dirigentes ni ciudadanos, que sean mejores ni superiores, a los mandamientos que nos rigen y debieran seguir haciéndolo; no siendo de recibo los rebuscados argumentos que surgen ante claras violaciones a los mismos, por más insignificantes que se crea que son. Ese es el verdadero espíritu republicano y democrático; no hay otro.







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