EL RÍO URUGUAY NOS REVELA LA VERDAD

Por Dr. Adrián Báez
Estimados lectores. La triste situación que viene sufriendo parte de la población salteña a causa de las inundaciones –una vez más-, nos deja un sabor amargo por varias razones.
En primer lugar, sabido es que no se trata tan solo de la inundación misma y el desplazamiento de las familias de sus hogares, con todo lo que ello implica, sino que además se suma la complejísima disyuntiva del “dónde parar”; algunos lo pueden hacer en casas de parientes, amigos, en los albergues dispuestos para la ocasión, consiguen alquilar provisoriamente alguna vivienda cerca o lejos, pero otros, deciden –y se entiende-, quedarse en las inmediaciones de sus domicilios tratando de salvaguardar sus pertenencias (o lo que sobran de ellas, si no les dio el tiempo para retirarlas en su totalidad); surgiendo en cualquiera de dichas opciones, las difíciles condiciones de sobrellevar el momento, con carencias producto de la improvisación forzada, que desanima y hace desfallecer –aunque sea por un momento- al espíritu más sólido y voluntarioso.
También, aparece la problemática del “después”, luego que las aguas vuelven a su cause y los damnificados deben enfrentar la realidad con la que se encuentran en sus fincas, donde el estrago provocado suele ser vasto y caro, aparejando, sin lugar a dudas, una desorganización familiar y económica de suma importancia y una preocupación de envergadura, resultado también del cansancio por la reiteración más o menos prolongada de la vivencia, y del esfuerzo y sacrificio puesto al servicio de la mitigación de los daños (edilicios y morales).
Por otro lado, se dejan traslucir las “verdades” latentes en una sociedad que trata de que pasen inadvertidas, pero que la sabiduría de la naturaleza se empeña una y otra vez en señalarnos de vez en cuando, hijas de una pobreza que existe y se acrecienta ante este tipo de catástrofes, lo que nos hace pensar que la cosa no está tan bien como nos dicen que está, y anhelar, al mismo tiempo, llegar a estarlo. Porque nos damos por enterados de las poco saludables condiciones en las que viven muchos coterráneos, en dichas instancias de premura y de obligatoria solidaridad (ésta siempre bienvenida aunque sea de dicha forma); cuando las mismas están allí desde hace mucho, y seguirán estando en cuanto todo vuelva a la normalidad.
En tanto, nos preguntamos y damos de bruces con otra parte del mismo problema, que es el por qué dichos compatriotas no se mudan a lugares más protegidos, evitando de esa manera la repetición del sufrimiento. Muchos nos lo cuestionamos y al mismo tiempo nos respondemos que, no es nada fácil desarraigarse de la zona que nos vio nacer, crecer y transitar muchos buenos y malos momentos; que quizás sí sea esa la solución, pero que las circunstancias son adversas y el único remedio es quedarse, acostumbrarse y sobrellevarlo con hidalguía –si es la palabra correcta para definir la actitud-; en fin, hay que vivirlo para comprenderlo, siendo inválida la crítica apresurada y desmedida en la que solemos caer.
Pero, tampoco podemos olvidarnos de la enorme responsabilidad que le quepa al siempre presente y a su vez ausente Estado uruguayo (gobierno nacional, departamental, entes, etc.), en el que desde larga data se discute infructuosamente sobre la conveniencia o no de invertir en importantes obras que frenen el avance del agua por los dos arroyos que dividen en tres a la ciudad. Sabemos que, no hace mucho se presentó a los gobernantes de turno una posible solución, la cual, obviamente, requeriría de cuantiosos recursos, pero que posibilitaría que el río y los arroyos Ceibal y Sauzal no significaran más un enorme dolor de cabeza.
La cuestión es siempre la misma, saber a ciencia cierta si realmente interesa la mejor calidad de vida de una importante porción de la población, apostando a lo importante y primordial, o simplemente se prefiere seguir padeciendo penosos sucesos que podrían ser revertidos, con la ya perimida excusa de ¡cuesta mucho! La ciudad y los salteños se merecen que se tomen cartas en el asunto; los que, llegado el momento, así como han demostrado tener fuerzas para conseguir imposibles, deberán actuar con el mismo ímpetu para lograr una hazaña mas; pues, llegará el día en que no se pueda hacer más la vista gorda al respecto. Mientras tanto, el Río Uruguay nos revela la verdad.







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