Casarse para siempre

Casarse crea un sentimiento fantástico y convierte situaciones normales en tremendamente transformadoras para la vida.  De niño uno fantasea con la idea de que llegue el gran día, y sobre todas las cosas se pregunta quién será la persona que se unirá con nosotros y se embarcará en esta mágica aventura que es la vida, con sus luces y sus sombras, pero sobre todo con la alegría de sabernos vivos y de aprender de ella todos los días.
Sin embargo, muchas veces pensamos que el matrimonio,  si no nace firme y con convicciones que surjan desde el corazón y la razón desde quienes han decidido hacerlo, más que un buen paso, puede llegar a ser un tropezón, si no es tomado con la seriedad y la responsabilidad que éste invoca.
Empero, cuando los sentimientos nacen con fuerza y nos convocan a tomar una decisión como la de unirse en la vida con otra persona, para compartirla en todos sus términos, con respeto, fidelidad, apoyo, comprensión, compañerismo, y sobre todo, compartir con alegría y con devoción para crecer junto a la otra persona, es algo que nos moviliza y nos compromete a hacer de cada minuto, un tiempo que valió la pena haberlo vivido de esa forma.
Asimismo, muchas veces escuchamos que el matrimonio no vale la pena, que el mismo es una unión por compromiso entre las persona que luego de un tiempo no significa más que el mero hecho de vivir bajo el mismo techo, pagar las cuentas y sobrellevar una vida con hijos en común, que pasan a ser responsabilidades y no lazos de amor que nos motiven a seguir queriendo crecer juntos, tal como lo pensamos al principio.
Es que la degradación de valores que vive la sociedad y el resquebrajamiento del concepto del valor de la familia, han generado situaciones de todo tipo. El mundo vive un caos de desorden y desamor  donde se hace cada vez más difícil no tropezar con algo malo, que nos lleve a cometer errores y a generar sentimientos negativos como el odio, el engaño, la mentira, la mezquindad y la falta de respeto.
Somos los seres humanos el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra y seguir aumentando esa falta de consideración hacia los valores más importantes que nos imparten desde siempre, más allá de que la vida familiar que nos haya tocado vivir no haya sido la de la Familia Ingals (una serie televisiva donde todo era amor y paz), con más razón es que no debemos buscar  repetir el error.
Y aún en los momentos de flaqueza, cuando los hayamos cometido en el pasado, no debemos volver a repetirlos jamás, porque la vida siempre nos da una nueva oportunidad para crecer como personas y fortalecer nuestro espíritu, haciendo las cosas bien y viendo cómo de nuestros errores podemos aprender para no volver a cometerlos y hacer de nuestra vida algo positivo, que nos nutra y nos haga sentir cuánto vale cada minutos de ella.
Quién no ha pasado por momentos difíciles, por situaciones adversas de las que uno piensa que no logrará salir fácilmente, cuando los hechos que impactan en forma negativa en nuestra vida se tornan una mochila pesada de la que queremos desprendernos y nos cuesta, y por eso echamos equivocadamente  el manotazo erróneo, cuando lo más fácil era mirar hacia adelante, pensando en que la tormenta terminaría pronto. Y no nos dimos cuenta de ello, entonces actuamos mal, porque pensamos mal. Pero al final, todo pasa.
Hace varios años conocí a una persona. No las tenía fáciles en su vida, para nada, pero era una guerrera. Siempre con su maravillosa sonrisa iluminándole el rostro, pese a que tuviera que estar enfrentando un ejército de problemas cada día, su sonrisa era imborrable. Ella parecía no  temerle a nada y siempre que le hablaban de problemas, de los domésticos que comentamos a diario, se sonreía, daba un consejo y mostraba fortalezas, como las de alguien que ya pasó por muchas cosas y piensa que es momento de superarlo todo.
Esa mujer, me enseñó que cada día es diferente y que cada momento vale, que no hay tiempos que perder porque la vida es hermosa, y que siempre hay que ser agradecido por lo que se tiene, sin dejar de pensar en lo que falta, porque ahí es donde podemos llegar a conseguir nuestras metas, cuando aumentamos en nuestro pensamiento el valor de la búsqueda interior, de querer ser mejores, de elegir nuestro destino y de caminar hacia él.
Adversidades, piedras en el camino, obstáculos para alcanzarlos, siempre los habrá, me dijo una vez. Pero lo mejor de todo es poder sortearlos y ese sentimiento de gloria  al que llegamos luego de poder lograr nuestros objetivos, los que nos planteamos en la vida para ser felices y por los cuales luchamos contra viento y marea, es único.
No hay que limitarse nunca, me dijo. Hay que saber que uno vale tanto como los demás, pero que solo nosotros sabemos cuánto estamos dispuestos a luchar y a dar lo mejor de nosotros mismos para ganar nuestro lugar en el mundo, me enseñó. Hay que ser transparente, hay que saber perdonar, hay que saber querer, sin condiciones y sin ataduras. Hay que saber ser felices, hay que ser auténticos e ir de frente. Hay que aprender que todo vuelve, y que lo bueno siempre nos está esperando, y está en nosotros ser lo suficientemente abiertos para ganarlo. Y poder conquistarlo.
Esa mujer me enseñó mucho, viviendo días con muchas más alegrías que tristezas, pero sobre todo con autenticidad, fortaleza, nobleza, con un espíritu inquebrantable, con una inteligencia desmedida y con una pureza de corazón que me conquistó para toda la vida, porque me hizo aprender que lo bueno es lo que he vivido con ella.
Por eso, haberme unido en matrimonio, sé que me llevará por un camino nuevo, distinto, pero tan auténtico como mi esposa, y con ese valor a cuestas y su imponente personalidad a mi lado, no hay motivos para que la vida no sea otra cosa que algo bueno para ser vivida de la forma que ella me enseñó y que así sea eternamente.

Casarse crea un sentimiento fantástico y convierte situaciones normales en tremendamente transformadoras para la vida.  De niño uno fantasea con la idea de que llegue el gran día, y sobre todas las cosas se pregunta quién será la persona que se unirá con nosotros y se embarcará en esta mágica aventura que es la vida, con sus luces y sus sombras, pero sobre todo con la alegría de sabernos vivos y de aprender de ella todos los días.

Sin embargo, muchas veces pensamos que el matrimonio,  si no nace firme y con convicciones que surjan desde el corazón y laimagenhugorazón desde quienes han decidido hacerlo, más que un buen paso, puede llegar a ser un tropezón, si no es tomado con la seriedad y la responsabilidad que éste invoca.

Empero, cuando los sentimientos nacen con fuerza y nos convocan a tomar una decisión como la de unirse en la vida con otra persona, para compartirla en todos sus términos, con respeto, fidelidad, apoyo, comprensión, compañerismo, y sobre todo, compartir con alegría y con devoción para crecer junto a la otra persona, es algo que nos moviliza y nos compromete a hacer de cada minuto, un tiempo que valió la pena haberlo vivido de esa forma.

Asimismo, muchas veces escuchamos que el matrimonio no vale la pena, que el mismo es una unión por compromiso entre las persona que luego de un tiempo no significa más que el mero hecho de vivir bajo el mismo techo, pagar las cuentas y sobrellevar una vida con hijos en común, que pasan a ser responsabilidades y no lazos de amor que nos motiven a seguir queriendo crecer juntos, tal como lo pensamos al principio.

Es que la degradación de valores que vive la sociedad y el resquebrajamiento del concepto del valor de la familia, han generado situaciones de todo tipo. El mundo vive un caos de desorden y desamor  donde se hace cada vez más difícil no tropezar con algo malo, que nos lleve a cometer errores y a generar sentimientos negativos como el odio, el engaño, la mentira, la mezquindad y la falta de respeto.

Somos los seres humanos el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra y seguir aumentando esa falta de consideración hacia los valores más importantes que nos imparten desde siempre, más allá de que la vida familiar que nos haya tocado vivir no haya sido la de la Familia Ingals (una serie televisiva donde todo era amor y paz), con más razón es que no debemos buscar  repetir el error.

Y aún en los momentos de flaqueza, cuando los hayamos cometido en el pasado, no debemos volver a repetirlos jamás, porque la vida siempre nos da una nueva oportunidad para crecer como personas y fortalecer nuestro espíritu, haciendo las cosas bien y viendo cómo de nuestros errores podemos aprender para no volver a cometerlos y hacer de nuestra vida algo positivo, que nos nutra y nos haga sentir cuánto vale cada minutos de ella.

Quién no ha pasado por momentos difíciles, por situaciones adversas de las que uno piensa que no logrará salir fácilmente, cuando los hechos que impactan en forma negativa en nuestra vida se tornan una mochila pesada de la que queremos desprendernos y nos cuesta, y por eso echamos equivocadamente  el manotazo erróneo, cuando lo más fácil era mirar hacia adelante, pensando en que la tormenta terminaría pronto. Y no nos dimos cuenta de ello, entonces actuamos mal, porque pensamos mal. Pero al final, todo pasa.

Hace varios años conocí a una persona. No las tenía fáciles en su vida, para nada, pero era una guerrera. Siempre con su maravillosa sonrisa iluminándole el rostro, pese a que tuviera que estar enfrentando un ejército de problemas cada día, su sonrisa era imborrable. Ella parecía no  temerle a nada y siempre que le hablaban de problemas, de los domésticos que comentamos a diario, se sonreía, daba un consejo y mostraba fortalezas, como las de alguien que ya pasó por muchas cosas y piensa que es momento de superarlo todo.

Esa mujer, me enseñó que cada día es diferente y que cada momento vale, que no hay tiempos que perder porque la vida es hermosa, y que siempre hay que ser agradecido por lo que se tiene, sin dejar de pensar en lo que falta, porque ahí es donde podemos llegar a conseguir nuestras metas, cuando aumentamos en nuestro pensamiento el valor de la búsqueda interior, de querer ser mejores, de elegir nuestro destino y de caminar hacia él.

Adversidades, piedras en el camino, obstáculos para alcanzarlos, siempre los habrá, me dijo una vez. Pero lo mejor de todo es poder sortearlos y ese sentimiento de gloria  al que llegamos luego de poder lograr nuestros objetivos, los que nos planteamos en la vida para ser felices y por los cuales luchamos contra viento y marea, es único.

No hay que limitarse nunca, me dijo. Hay que saber que uno vale tanto como los demás, pero que solo nosotros sabemos cuánto estamos dispuestos a luchar y a dar lo mejor de nosotros mismos para ganar nuestro lugar en el mundo, me enseñó. Hay que ser transparente, hay que saber perdonar, hay que saber querer, sin condiciones y sin ataduras. Hay que saber ser felices, hay que ser auténticos e ir de frente. Hay que aprender que todo vuelve, y que lo bueno siempre nos está esperando, y está en nosotros ser lo suficientemente abiertos para ganarlo. Y poder conquistarlo.

Esa mujer me enseñó mucho, viviendo días con muchas más alegrías que tristezas, pero sobre todo con autenticidad, fortaleza, nobleza, con un espíritu inquebrantable, con una inteligencia desmedida y con una pureza de corazón que me conquistó para toda la vida, porque me hizo aprender que lo bueno es lo que he vivido con ella.

Por eso, haberme unido en matrimonio, sé que me llevará por un camino nuevo, distinto, pero tan auténtico como mi esposa, y con ese valor a cuestas y su imponente personalidad a mi lado, no hay motivos para que la vida no sea otra cosa que algo bueno para ser vivida de la forma que ella me enseñó y que así sea eternamente.

Hugo Lemos