Me dan mucha gracia

Nunca tuvo tanto éxito una columna como la que escribí la semana pasada, donde, después de leerla, comentarla y hasta en ciertos casos me animo a decir que algunos se la tomaron en serio y se propusieron analizarla, todos se dedicaron a hablar de lo bueno y lo malo que tiene Salto, de lo que nos hace bien para sacar chapa de ser un buen departamento, y de lo mal que nos deja que se sepan ciertas cosas que ocurren todos los días y que son parte de nuestra idiosincrasia.
Está bueno que alguien se tome la molestia de detenerse aunque sea un minuto y considerar qué está bien y qué está mal, para denunciarlo, criticarlo y proponer una solución alternativa a lo que está ocurriendo, porque si no, somos parte del problema. Si solamente salimos a decir que algo está mal, que lo dice fulano, porque tiene una condición política determinada entonces no está bien, pero no proponemos nada en su lugar, para que al menos sirva para cotejarlo con lo que está mal, solamente somos parte de un problema y por lo tanto es preferible callarnos la boca.
Por eso no me banco a aquellos que critican, refunfuñan todo el tiempo y cuestionan las cosas por deporte. Pero no salen de la comodidad de su casa, salen a trabajar y a pasear en su auto, y se van de vacaciones al este del país porque entienden que ellos también tienen que ser parte del glamour que impone concurrir a la noche esteña, por más que sea a mirar quién anda por ahí, pero quiere estar y codearse con quienes allí viven, en las mansiones todo el año, las mismas que critican por opulentas, como si existiera el derecho a no tenerlas, como si todos tuviéramos que ser pobres, y encima cuando uno llega, lo primero que pensamos es “a quien habrá jodido éste”, y lo hacemos con una mala leche que da náuseas, porque es parte de nuestra propia hipocresía y de nuestro resentimiento por habernos quedado con la misma migaja con la que empezamos.
Ayer, alguien me hablaba de la burguesía, del poder económico, y de lo “mal que hizo toda la vida la derecha” y de lo “buenos y justicieros que son los de la izquierda” y eso me pudre. Me genera una incomodidad tremenda, por no decir otra cosa, que la gente se ponga el sayo de buenos y malos. Que algunos se crean que han luchado por cambiar al país y que son héroes, víctimas del fascismo y que por eso tienen autoridad moral para hablar mal de los demás, juzgar a quienes tienen posesiones y encima criticar la doble moral de algunos que andan por ahí, simplemente más expuestos que ellos.
Sin embargo, son los chantas del siglo. Quieren lo que tiene el rico, desean su casa con piscina, la empleada doméstica para que limpie sus suciedades, tener un peón para que les sirva, manejar su coche y salir de vacaciones a las mejores playas del país. Pero como saben que vivimos en una democracia que nos permite hacerlo, levantan una bandera en la que ya no creen y juegan a ser jueces de los demás, pero se relamen por ser como sus supuestos adversarios y de hecho, son como ellos, hacen lo mismo y viven en un consumismo atroz del que no salen, ni tampoco les interesa hacerlo.
Así es el burgués de izquierda, hipócrita consigo mismo y con doble moral con el resto. Porque critica, cuestiona y cuando alguien opina algo con lo que no están de acuerdo, proponen “mandarlo al paredón”, lo acusan de “jugar para la derecha” y de “decir cosas porque busca el acomodo”, el mismo que ellos tienen y de cuya conformidad no quieren salir, porque además están de acuerdo con todo eso.
Lo que es peor, hablan de Cuba y se llenan la boca con la revolución de los hermanos Castro, que no hizo otra cosa que perpetuarlos en el poder y derribar toda ambición de crecimiento y de libertad de pensamiento que pueda tener otra persona cualquiera que no pertenezca a ese clan, y que tampoco quiera
vivir en una dictadura de izquierda, como la que ellos aplauden pero a la que les daría pánico tener que obedecer, y todo por las malditas posesiones, que las tienen, claro, y que encima quieren más, y cuando tienen empleados a su cargo, los maltratan y les pagan lo mínimo y encima si éstos reclaman, los catalogan como las “ratas” que nunca debieron existir.
Así es el burgués de izquierda, falso como moneda de tres pesos, cuando llegó al poder quiso jugar al justiciero y solamente actuó como siempre pensó, nunca se sintió parte de un pueblo, sino por encima de él. Y eso es lo que pasa, la gran contradicción está en su mente, su confusión está en que grita y bendice lo que le parece que está bien, pero que él no practicaría nunca, y no quiere saber de nada con la solidaridad de repartir lo que se tiene, ya que cuando les va bien, ni siquiera se acuerdan del partido que les dio el lugar que tienen.
Tal como los quemó el propio Mujica cuando dio a conocer una lista de personas que cobran un importante sueldo como funcionarios de confianza de la Presidencia y que “no le dan ni diez pesos al Frente Amplio” por cuya pertenencia llegaron a ese lugar.
En cambio, el burgués de derecha, si es que tal cosa existe, es coherente con su prédica. Le gusta el lujo, las posesiones, el brillo, el glamour, lucir lo que tiene y no pierde tiempo con las protestas ideológicas, le gusta ser pragmático, ganar dinero y hacer lo que le plazca con él. Lo podrán criticar, sí, lo podrán odiar, también, le tendrán envidia, sobre todas las cosas porque cada vez lo verán mejor, pero al menos es coherente, no es hipócrita y vive como piensa. No se esconde cuando va a Punta del Este, no habla por los pobres y por los trabajadores, y cuando está al lado de ellos, los escucha como quien oye llover porque no comprende su problemática y tampoco le interesa la misma. Y muestra una sola cara.
Por eso, cuando siento que una persona que dice haber defendido los ideales de la justicia social y profiere duros epítetos contra el sistema, tiene la posibilidad de darse vuelta y subirse a su coche último modelo, participa activamente y en forma desenfrenada del consumismo y adula e imita a las estrellas de la televisión con su forma de vestirse, de perfumarse y de andar por la vida, hago la diferencia y me quedo cien veces con quien me dice las cosas de frente y actúa como tal. Quizás no coincida, pero al menos sé con quien estoy tratando. Mientras los demás siguen cobrando plata del pueblo al que tanto dicen defender, para vivir como los que toda la vida dijeron combatir. Por eso, me dan gracia.

Nunca tuvo tanto éxito una columna como la que escribí la semana pasada, donde, después de leerla, comentarla y hasta en ciertos casos me animo a decir que algunos se la tomaron en serio y se propusieron analizarla, todos se dedicaron a hablar de lo bueno y lo malo que tiene Salto, de lo que nos hace bien para sacar chapa de ser un buen departamento, y de lo mal que nos deja que se sepan ciertas cosas que ocurren todos los días y que son parte de nuestra idiosincrasia.

Está bueno que alguien se tome la molestia de detenerse aunque sea un minuto y considerar qué está bien y qué está mal, paranotable denunciarlo, criticarlo y proponer una solución alternativa a lo que está ocurriendo, porque si no, somos parte del problema. Si solamente salimos a decir que algo está mal, que lo dice fulano, porque tiene una condición política determinada entonces no está bien, pero no proponemos nada en su lugar, para que al menos sirva para cotejarlo con lo que está mal, solamente somos parte de un problema y por lo tanto es preferible callarnos la boca.

Por eso no me banco a aquellos que critican, refunfuñan todo el tiempo y cuestionan las cosas por deporte. Pero no salen de la comodidad de su casa, salen a trabajar y a pasear en su auto, y se van de vacaciones al este del país porque entienden que ellos también tienen que ser parte del glamour que impone concurrir a la noche esteña, por más que sea a mirar quién anda por ahí, pero quiere estar y codearse con quienes allí viven, en las mansiones todo el año, las mismas que critican por opulentas, como si existiera el derecho a no tenerlas, como si todos tuviéramos que ser pobres, y encima cuando uno llega, lo primero que pensamos es “a quien habrá jodido éste”, y lo hacemos con una mala leche que da náuseas, porque es parte de nuestra propia hipocresía y de nuestro resentimiento por habernos quedado con la misma migaja con la que empezamos.

Ayer, alguien me hablaba de la burguesía, del poder económico, y de lo “mal que hizo toda la vida la derecha” y de lo “buenos y justicieros que son los de la izquierda” y eso me pudre. Me genera una incomodidad tremenda, por no decir otra cosa, que la gente se ponga el sayo de buenos y malos. Que algunos se crean que han luchado por cambiar al país y que son héroes, víctimas del fascismo y que por eso tienen autoridad moral para hablar mal de los demás, juzgar a quienes tienen posesiones y encima criticar la doble moral de algunos que andan por ahí, simplemente más expuestos que ellos.

Sin embargo, son los chantas del siglo. Quieren lo que tiene el rico, desean su casa con piscina, la empleada doméstica para que limpie sus suciedades, tener un peón para que les sirva, manejar su coche y salir de vacaciones a las mejores playas del país. Pero como saben que vivimos en una democracia que nos permite hacerlo, levantan una bandera en la que ya no creen y juegan a ser jueces de los demás, pero se relamen por ser como sus supuestos adversarios y de hecho, son como ellos, hacen lo mismo y viven en un consumismo atroz del que no salen, ni tampoco les interesa hacerlo.

Así es el burgués de izquierda, hipócrita consigo mismo y con doble moral con el resto. Porque critica, cuestiona y cuando alguien opina algo con lo que no están de acuerdo, proponen “mandarlo al paredón”, lo acusan de “jugar para la derecha” y de “decir cosas porque busca el acomodo”, el mismo que ellos tienen y de cuya conformidad no quieren salir, porque además están de acuerdo con todo eso.

Lo que es peor, hablan de Cuba y se llenan la boca con la revolución de los hermanos Castro, que no hizo otra cosa que perpetuarlos en el poder y derribar toda ambición de crecimiento y de libertad de pensamiento que pueda tener otra persona cualquiera que no pertenezca a ese clan, y que tampoco quiera

vivir en una dictadura de izquierda, como la que ellos aplauden pero a la que les daría pánico tener que obedecer, y todo por las malditas posesiones, que las tienen, claro, y que encima quieren más, y cuando tienen empleados a su cargo, los maltratan y les pagan lo mínimo y encima si éstos reclaman, los catalogan como las “ratas” que nunca debieron existir.

Así es el burgués de izquierda, falso como moneda de tres pesos, cuando llegó al poder quiso jugar al justiciero y solamente actuó como siempre pensó, nunca se sintió parte de un pueblo, sino por encima de él. Y eso es lo que pasa, la gran contradicción está en su mente, su confusión está en que grita y bendice lo que le parece que está bien, pero que él no practicaría nunca, y no quiere saber de nada con la solidaridad de repartir lo que se tiene, ya que cuando les va bien, ni siquiera se acuerdan del partido que les dio el lugar que tienen.

Tal como los quemó el propio Mujica cuando dio a conocer una lista de personas que cobran un importante sueldo como funcionarios de confianza de la Presidencia y que “no le dan ni diez pesos al Frente Amplio” por cuya pertenencia llegaron a ese lugar.

En cambio, el burgués de derecha, si es que tal cosa existe, es coherente con su prédica. Le gusta el lujo, las posesiones, el brillo, el glamour, lucir lo que tiene y no pierde tiempo con las protestas ideológicas, le gusta ser pragmático, ganar dinero y hacer lo que le plazca con él. Lo podrán criticar, sí, lo podrán odiar, también, le tendrán envidia, sobre todas las cosas porque cada vez lo verán mejor, pero al menos es coherente, no es hipócrita y vive como piensa. No se esconde cuando va a Punta del Este, no habla por los pobres y por los trabajadores, y cuando está al lado de ellos, los escucha como quien oye llover porque no comprende su problemática y tampoco le interesa la misma. Y muestra una sola cara.

Por eso, cuando siento que una persona que dice haber defendido los ideales de la justicia social y profiere duros epítetos contra el sistema, tiene la posibilidad de darse vuelta y subirse a su coche último modelo, participa activamente y en forma desenfrenada del consumismo y adula e imita a las estrellas de la televisión con su forma de vestirse, de perfumarse y de andar por la vida, hago la diferencia y me quedo cien veces con quien me dice las cosas de frente y actúa como tal. Quizás no coincida, pero al menos sé con quien estoy tratando. Mientras los demás siguen cobrando plata del pueblo al que tanto dicen defender, para vivir como los que toda la vida dijeron combatir. Por eso, me dan gracia.

Hugo Lemos







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