Con el Maestro Alberto Souza Souza Treinta años dedicados a la Escuela No. 22 de “Palomas”

ALDORSOHoy por María Fernanda Ferreira

Fue  maestro y director de la Escuela  Rural No. 22 de Palomas. Nació en el paraje Lenguaso, a 20 kilómetros de la población de Bella Unión (Artigas) en el año 1937.
Sus padres, Pedro y Élida se dedicaron a los trabajos de la chacra, hasta que en 1945, su progenitor fue nombrado para trabajar en la Aduana de Bella Unión, donde tomó el puesto de secretario.
Su primer año escolar lo realizó en campaña con su tía Zulema, quien había dado ingreso a magisterio y se dedicó a enseñar a niños de la zona donde nació.
Entró en segundo año en la escuela privada de la  Maestra “Chola” Ferreira, que atendía a alrededor de 80 escolares de primero a sexto año.
“LO QUE SE APRENDE
BIEN EN LA ESCUELA,
NUNCA MAS SE OLVIDA”
La docente reafirmaba sus exigencias en matemática, cuentas, problemas, ortografía, redacción, lectura diaria, historia y geografía (principalmente de nuestro país).
Culminado el sexto año, dio examen de ingreso al liceo de Bella Unión donde aprobó de primero a cuarto año.
En 1954 se instaló en Salto en la casa de su tía Zulma Souza, entonces directora de la Escuela No. 8, quien se encargó de controlar sus estudios.
“Mi vida como estudiante de magisterio en Salto, transcurrió entre la casa de mi pariente y el Instituto Normal, a la escuela de práctica y al domicilio a estudiar.
Realmente le estoy muy agradecido a mi tía, pues gracias a ella pude consolidar mi formación como maestro” – manifestó el entrevistado.
A los tres años y medio de estudio y flamantes veinte años de edad, recibió su título y fue designado para trabajar en la escuela rural de Mataperros (localidad ubicada a 200 kilómetros de la ciudad de Salto).
PRIMERA EXPERIENCIA
DOCENTE
EN MATAPERROS
Fue para el joven docente una linda experiencia, pues era el hábitat al cual estaba acostumbrado, al ser criado en la campaña.
“Solía ensillar mi caballo e ir a visitar el lugar donde yacían las piedras semi preciosas del Catalán… juntaba los fragmentos de varias de ellas que tenían vistosos colores y las colocaba en un rincón a modo decorativo” – recuerda.
Casi no venía a la ciudad pues el ómnibus en aquellos días demoraba dos días en ir y otros dos en regresar.
Retornó luego a Salto en el año de la gran creciente del 59, cuando el gran manto de agua llegó a los diecinueve metros en la zona portuaria.
La gente cruzaba en canoas por los lugares inundados.
El año en que eligió la escuela de Palomas mediante concurso logró la efectividad de maestro ayudante.
Con la Directora Ramona Ramos de Lusini se afincaron en el centro educativo de aquel paraje.
Se encontraron con una escuela extremadamente precaria…el salón comedor era una casilla de madera que estaba en franco deterioro.
El tejido que rodeaba la escuela estaba caído.
Tanto el maestro y la directora en un primer momento se vieron impedidos de cumplir con el tradicional horario rural, porque contaban con un aula.
El maestro Souza decidió poner toda su energía para reconstruir la escuela y participar de proyectos beneficiosos para la comunidad.
“Poco a poco fui presentando iniciativas… lo primero que movilicé fue la policlínica para que el pueblo contara con servicios de salud.
Logramos que un médico llegara una vez a la semana.
Una señora muy dinámica del pueblo accedió a tomar cursos en el Hospital Salto y luego de capacitarse fue la que se encargó de dar los inyectables a pacientes que requerían de tratamiento”.
Así fue que Juana Olivera de Cristaldo asistió a los ciudadanos de Palomas durante años…y no solamente se dedicó a esa labor, sino que integró varias comisiones, tanto de fomento como deportivas.
Hubo personas claves para que la transformación de la escuela se hiciera realidad y no quedara solamente en un noble proyecto, y a ellos Souza los menciona en el libro.
A menudo, cuando se celebra el Día del Maestro, son varios los alumnos que se comunican telefónicamente con el docente y le manifiestan gratitud por haber sido parte trascendental de su formación.
Los alumnos de la última década fueron quienes le sugirieron que plasmara en un libro la historia de la escuela de Palomas, para que las vivencias no se perdieran.
La escuela, como es común en la campaña, era el epicentro de todas las actividades, tanto culturales como académicas y deportivas.
Se formaron varias comisiones de trabajo orientadas por el maestro que supo ganarse el respeto y la simpatía de todos.
“Teníamos faroles a gas, lámparas y la luz eléctrica llegó en la época de mi retiro” – rememoró.
El hacendado más importante en esa oportunidad, hijo de don Mario Bortagaray donó cinco hectáreas para que se construyeran las viviendas  de MEVIR.
Si bien ese año el maestro se retiraba de su servicio como docente, sintió que su espíritu de compromiso y corazón continuaban allí.
La escuela se pintaba una vez al año con las donaciones que realizaba el propietario de una conocida ferretería salteña.
“CUANDO LA GENTE
VE QUE LAS OBRAS SE
HACEN, SE MUESTRA
DISPUESTA A DONAR”
Pasaron más de treinta maestras en esos años a las que Souza les daba un trabajo extra; la que sabía crochet, labores u otro tipo de disciplinas podía enseñarle a los niños fuera del horario académico.
Ello contribuía a calificarlas mejor al ser evaluadas por la inspección.
El maestro formó su familia en Palomas y sus cuatro hijos Fabián, Gerardo, Silvia y Leonardo fueron también sus alumnos.
Conoció a su esposa Zulema en Palomas, cuando ésta integraba el equipo de vóleibol de mayores.
Todas las tardes el matrimonio se sentaba con las maestras el frente de la escuela a tomar mate y disfrutar del sano aire campestre.
Dentro de los varios proyectos que cumplió figuran la construcción de pequeñas casitas para el cuerpo docente.
José Antonio González fue uno de los alumnos que integró el plantel de la primera generación y encargado de presentar el libro en sociedad.
Como profesional de la docencia, entiende que es fundamental cultivar el acercamiento al niño.
“Una de las maestras que me superó en modalidad fue Zulma Galleto, en el trato a los niños de primer año… su didáctica era excelente”
Se considera como un hijo más de un lugar en el cual se fue afianzando profesionalmente…  treinta años fueron dedicados a la escuela… luego llegaron la policlínica, el fútbol de mayores y la comisión policial.
El estanciero José Luis Amorim, propietario de una barraca, era quien donaba una vez cada cinco años la pintura para renovar a la escuela.
Los primeros diez años en la escuela fueron dedicados a la construcción y reconstrucción de su estructura.
Se dividió en tres ámbitos: local escolar, huerta y campo de deportes.
Se hicieron los tejidos nuevos y se colocó más mobiliario (que se consiguió con la Escuela 18 de Julio, que a la vez recibió muebles nuevos).
El primer trabajo se financió mediante la garantía de uno de las personas con solvencia y los pagos se fueron haciendo efectivos comisión mediante.
Desde que se inició en Palomas contó con el aval y apoyo de la Asociación de Amigos de la Escuela Pública que lo acompañó en su gestión.
Colaboraron con una biblioteca y la conformación de un patio de hormigón.
A sus 73 años siente que transitó por el camino correcto y da fe que los proyectos se logran cuando hay organización y planificación, de esa manera quienes están involucrados, responden positivamente. Así se alcanzan las pequeñas grandes cosas.







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