Eduardo Leal

De joven cruzó el continente americano, desde Montevideo hasta la pequeña ciudad de Windsor en
Canadá; luego de vivir en el extranjero y trabajar en el comercio exterior, lo que le permitió recorrer varios países, decidió volver a su Uruguay natal, donde apuesta a volcar su experiencia para ayudar a su país.

1- ¿Oriental de cuna, pero internacional por adopción?
Sí. Soy oriundo de Montevideo. Estudié en el LICEO Militar y en el Dámaso Antonio Larrañaga.Eduardo Leal

2- Nos comentaron que con un poco más de veinte años se le ocurrió junto a unos amigos recorrer América. Y así llegó en un cachilo hasta Canadá, ¿es así?
Exactamente. Todo comenzó en Montevideo. Era el año 1964, yo era un mocoso de 23 años, en una edad en la que se cree que uno se las sabe todas, y en realidad no sabe nada de la vida.
El auto era un cachilo, en ese tiempo tenía unos 36 años, un Chevrolet de 1929; ruedas con rayos de madera, no tenía ventanas en un 90%.
Fue una experiencia, marcante en mi vida; eso fue así. Lamentablemente fotos del viaje tengo tan sólo una, porque se las quedaron los otros muchachos con los que viajé los que ahora han fallecido. Éramos cuatro al principio; todos uruguayos.

3- ¿Cómo fue esa travesía?
Salimos de Montevideo, llegamos a Colonia, y de ahí cruzamos a Buenos Aires, llevando el cachilo en un barco; ahí estuvimos una semana, y después, por la ruta 7, llegamos hasta Mendoza. Cruzamos la Cordillera de los Andes, en la cual había mucha nieve, lo cual fue un error nuestro, porque no teníamos que haberlo hecho en invierno. No pudimos subir por el Cristo, y tuvimos que poner el cachilo en una chata del ferrocarril, en una zona que se llamaba Cuevas, que creo que ahora se llama Eva Perón, o algo así, bajándonos en un pueblo llamado Los Andes. Entre éste pueblito y Santiago de Chile, hay una serie tremenda de curvas que son famosas, donde estuvimos dos días.

En Santiago dormimos en la Universidad, y de allí nos fuimos al norte a unos 900 kilómetros, lugar muy caluroso, donde de día llegaban a hacer 50 grados y por la noche grados menos cero; ese lugar era maravilloso, uno se acostaba en la noche y podía ver todas las estrellas. Ahí, fue donde por primera vez, divisé, muy clarito, lo que hoy se llama y conoce como Ovni.

4- A ver, ¿díganos cómo fue?
Ese episodio fue justamente la semilla, para el resto de mi vida. Me marcó mucho lo que vi. Es un tema que quizás sea motivo para otra larga entrevista.

5- Sigamos con el viaje
Después llegamos a Perú, a Lima y Trujillo, en ese país, en el sur, trabajamos en una fábrica de harina de pescado; luego cruzamos a Ecuador, con sus alturas y sus volcanes, lo cual fue maravilloso. Llegamos a Colombia, donde estuvimos en Bogotá, pasando por Cali. Todo fue fabuloso en el recorrido por América Latina; principalmente por la cuasi familiaridad con la que nos trataron y nos recibieron. Vimos muchas montañas por la Panamericana, la que aún no estaba completa en su 100%; habían muchos lugares que no estaban terminados y donde tuvimos algunos problemas, debiendo, muchas veces, que circular marcha atrás, ya que tenía más fuerza que el primer cambio; no tuvimos, sin embargo, problemas con la altura, porque íbamos despacio, y, cerrando un poquito el carburador del cachilo, estuvimos bien. Todo está escrito en el diario del viaje.

6- ¿Recuerda alguna anécdota de la travesía?
Como no. En Bogotá, en aquel tiempo, había una especie de carrera interna en la ciudad, y, delante de todos, iba Fangio en un Mercedes Benz, y nuestro cachilo, justamente atrás. Esa noche, la premiación se hizo en un hotel que para mí tenía unas catorce estrellas; imagínese que, después de bañarnos en un 90% en arroyos, aquello era fenomenal. Nos pagaron el dinero (no teníamos casi nada), regresamos hasta Cali, y de ahí nos fuimos a un pequeño puerto que queda en el Pacífico, para cruzar luego a Panamá por el Canal. Allí recibíamos siempre la correspondencia que nos la enviaban a la Embajada o al Consulado próximo. Luego, Costa Rica; Nicaragua; Honduras; El Salvador; Guatemala; México, lugar tremendo, donde me robaron por primera vez, en el Distrito Federal. Nos robaron una rueda, y nos mandaron a un lugar grandísimo, donde encontramos nuestra rueda, y la tuvimos que comprara para seguir el viaje.
Continuamos, y entramos a Estados Unidos por el Río Grande, en Texas. Seguimos por Oklahoma, Missouri, Illinois, Indiana, Chicago, con sus grandes lagos y su viento indomable que congela, por lo que tuvimos problemas con el hielo; y, de allí, fuimos a Detroit, y cruzamos el río y llegamos a Windsor, una pequeña ciudad en Canadá. Ahí terminó la travesía. Yo me afinqué en Estados Unidos por un tiempo; luego casi 8 años en Canadá.

7- ¿Ese viaje estuvo inspirado por la onda hippie?
No; no fue tanto por eso. Fue más bien por algo que muchos le llamaban locura, lo que quizás fue así; pero, como dice el dicho: “quién te saca lo bailado”.

8- ¿En qué momento ingresó en el interesante mundo del comercio exterior?
Fue a causa de una interesante experiencia que tuve en Madrid. Ahí trabajé en una compañía japonesa, por lo cual viajé muchísimo, un total de 31 países, a causa de mi trabajo. En eses tiempo no se hablaba de la palabra globalización; sí había un buen acceso al conocimiento, a la información, por la manera de trabajar de los japoneses. Ellos tienen una disciplina ejemplar; virtud que realmente me gustaría que un lugar como Salto, la tuviera. Aquí en Uruguay, se habla mucho, y se concreta poco. El pueblo japonés es antiquísimo, y especial. Es una cultura con una mentalidad muy diferente. No sabría decirle de dónde proviene.

9- Cuéntenos respecto a su familia
Bueno. Volví al Uruguay por asuntos familiares y por el asunto que le comenté que me cambió la vida en mi viaje de la juventud. Tengo cinco hijos, ocho nietos y soy tres veces bisabuelo. Ahora, estoy casado por segunda vez, si bien me llevo muy bien con la madre de mis hijos, surgidos de mi primer matrimonio.

10- ¿Asignaturas pendientes?
El poder aportar mi poca o mucha experiencia para mejorar en lo que pueda a mi país.

Hoy por: Dr. Adrián Báez







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