Luis María Frioni Longa “Pinocho”

Portador de una voz potente, con un entusiasmo vital y una gran memoria nos encontramos con una persona abierta, que se considera cristiano y hace de su familia un espacio de encuentro permanente. En el correr del diálogo evocó con emoción a su querido barrio Paso del Bote, su oficio de vendedor, su admiración por Ramón J. Vinci y su trabajo como municipal. Si bien fuimos en búsqueda del “camposantero” Frioni, resultó que nos encontramos con un apasionado hombre que, de alguna manera nos retrotrajo a un Salto distinto, del que ojalá nos nutramos para continuar mirando hacia las pequeñas cosas que nos permiten avanzar en calidad de vida.

Haciendo memoria de un tiempo inolvidable

Nacido y criado en Paso del Bote

“Yo nací en calle Colón, muy cerca de la Usina de UTE entre Varela y Rivera, a mitad de cuadra, el 9 de abril de 1944. Yo me crié en Paso del Bote. Pasamos a vivir a calle Florencio Sánchez, al lado de lo que era la fábrica de mosaicos  “Mompoey”. Mi padre fue uno de los creadores de la famosa canchita “Maracaná”, junto con los Arreseigor (Tito, Toto y Juancito) y otros vecinos de la zona, como un señor Rodríguez, los Bertolotti, y otra gente que no recuerdo los nombres. Era un baldío (un pocito) que funcionó muchos años y  si bien era una cancha en donde jugaban gurises,  también lo hacían botijas y grandes jugadores de fútbol, que iban a la escuela Industrial y tiene ese nombre debido al campeonato mundial de fútbol que Uruguay ganó en el año 1950.

El barrio Paso del Bote es entre las calles Rivera, Juan Carlos Gómez, Colón, y la cancha, va hasta el arroyito terminando Juan Carlos Gómez. “Viví en el barrio hasta el año 1966, que pasé a vivir con unos tíos y en el año 1967 me casé con mi señora,  a la que conocí en el año 1965,  y pasé a vivir en la zona cercana al Parque Solari, en donde permanezco”.

Conoció a Aquilino Pío, que vivió en la esquina de Florencio Sánchez y Cervantes, junto con el “Chueco” García que fue uno de los que organizó los mejores tablados que hubo en la época del ’50. El tablado estaba en el famoso paso que iba para “Las Carretas”, en el corralón, y a Aquilino lo escuché infinidad de veces, enfrente del Hospital o donde él iba.

En Paso del Bote hay una hermosa historia del “Lagrimilla”  que vivía en la esquina de la Urreta, en Juan Carlos Gómez y Cervantes, en un rancho verde. Fue un hombre muy conocido en Salto que era casi ciego, gordo y grandote, era muy buena persona y muy querida, pero era gran tomador de vino.

En esa esquina estaba el comercio de “Cota” Rinaldi, en donde se surtían de mucho vino, y existían muchos personajes como la “Capincha”, una gorda que era el amor de “Lagrimilla”, el “Jorobado” que era el esposo de la “Capincha”, y pasaban todo el domingo tomando vino, cantando, sin molestar a los vecinos, era extraordinario”.

Por calle Varela vivía el famoso “cuetero” Pitoco Collazo, que elaboraba unas “bombas” con morteros que se tiraban las cañitas que se usaban mucho para los remates y en los festivales.

LA INUNDACIÓN DEL ’59, OSVALDO PAZ Y LA “URRETA”

Recuerda que en ocasión de la inundación del año 1959 “grabamos una piedra hasta donde llegó el agua por calle Cervantes”, que en esa época vivía Benítez”. Si bien su familia no fue evacuada “en Salto quedamos aislados, solo quedó el puente ferroviario del Daymán. En aquel abril empezó a venir agua y día a día iba subiendo, y ayudamos a todo el mundo, hubo una solidaridad de todo el vecindario. Los bomberos estaban por calle Artigas (cerca de la Jefatura y de la seccional 1ª) y casi toda la gente de Paso del Bote fue a hospedarse en unas casas viejas (en donde funcionaba el taller Figari y en donde enseñaban Magisterio) en calle Uruguay y República Argentina, pegado a la que era la casa del rematador Pignataro”.

Recuerda Frioni que “repartían agua de la Urreta, que tenía un pozo semi-surgente de agua tibia salobre, y de ahí sacaban el agua para abastecer Salto”. En el ’59 casi se mojan las calderas del Palacio de la Galletita (en la actual Casa de Gobierno), porque la creciente estuvo en el muelle alternativo, en donde pararon dos barcos que tenía la armada (alemanes), el “Salto” y el “Paysandú”, que andaban custodiando el río Uruguay. No alcanzó a llegar a la esquina de calle Colón, en donde estaba el taller mecánico de Ambrosio y Bussetti, y en la usina de la UTE se ponían bolsas con arena para que el agua no entrara a los motores”.

Relató Frioni que se crió con Osvaldo Paz (dibujante y pintor salteño reconocido mundialmente), cuyo padre trabajaba en la panadería Modelo y su mamá era lavandera. “Osvaldo leía muchísimo, no jugaba al fútbol, hacía una historieta que ubicaba en el boliche de Boada (Varela y Juan C. Gómez). Dibujaba arriba de un cartón, tenía mucha relación con nosotros, le gustaba charlar y tenía temas “empila”. El Osvaldo se formó mucho en el partido comunista en una casa grande por calle Uruguay enfrente de la plaza Treinta y Tres. Fue profesor de dibujo, estuvo en Europa, finalmente estuvo viviendo un tiempo en el Hogar Municipal”.

En el año 1954 se trasladó a vivir a calle Juan Carlos Gómez 394, en donde aún vive su hermano.

Muy cerca funcionaba la fábrica “Urreta”, que tenía un portón grande de chapa, los escritorios y una casa vieja en donde estaban unos depósitos en donde almacenaban la bebida y bien frente a casa estaba el portón en donde descargaban la cerveza “Doble Uruguaya”, de la que Urreta era representante. Traían la cerveza de ¾, no existía el choop y me acuerdo los famosos camiones de Cereijo de color anaranjado de grandes dimensiones.

La Urreta era “un monstruo”, cuando fuimos a vivir a esa zona todavía era el furor del hielo, que se vendía en barras de 25 kilogramos. Mucha gente podría tener heladera, pero en ocasión de las navidades y en el verano se vivía con el hielo. Una de las satisfacciones que teníamos era estar sentados en el frente de mi casa mirando en pleno 25 de diciembre, en fin de año, en reyes las colas de autos y camiones que levantaban hielo para irse a pasar las navidades y festejar, desde las 4 o 5 de la mañana”.

EL SALTO DE AQUEL TIEMPO

Recuerdo que en mis años mozos “los tablados, los cánticos del carnaval eran otra cosa, era todo chistoso, de risa y me queda en la retina que al otro día del carnaval sacaban con pala el papel picado y la serpentina de calle Uruguay, junto a los carros con burro. Los carnavales, según mi vaga idea, empezaban en la explanada del puerto, subían por calle Brasil, doblaban por calle Uruguay y venían hacia arriba.

Vi cuando se tiraron los primeros fuegos artificiales, y la famosa “fumaça” (aviones brasileros de acrobacia)”.

En Salto Uruguay los carnavales empezaban a las “7 de la tarde, terminaban a las 10 de la noche. La primera semana de carnaval íntegra, y después los bailes de los sábados y domingos. Los corsos, y el famoso carnaval que duraba  un mes, con las famosas murgas como “Ahí está el huevo y no lo pise”. Empezaba en el centro, luego iba al Cerro, a la plaza de Deportes, y terminaba en el centro. Conocí la famosa “Vía Blanca” los domingos, en donde se cerraba calle Uruguay desde Rincón hacía plaza “33” y la gente caminaba. Conocí el Palacio de La Galletita (de don Estévez y don Ferreira) y cuando gurisote iba a comprar los descartes, que había un día de salado y otro día de la dulce y la famosa galleta salada “Primavera”. Lo más grande “que vi fue el microcine del Puerto, dos veces por semana, en la explanada, frente al resguardo viejo, en donde ponían la pantalla grande, el “Stentor”, daban un ratito, cortaban, daban una música, y la gente venía del Saladero, del Cien Manzanas, de Salto Nuevo, toda la zona de River, de Paso del Bote, parte del centro, los autos iban para atrás y la gente llevaba sus catrecitos con lona.

TORNERO, VENDEDOR Y MUNICIPAL

“Yo hice 3 años liceo, y tenía problemas en estudio por mi vista, y me gustaba lo manuable, y como papá trabajaba en la UTE fui a la Escuela Industrial, y me recibí de tornero mecánico. Pero no ejercí prácticamente porque al fallecer mi padre (en 1964) y tuve la necesidad de salir a buscar laburo. De esa forma empecé con mi tío el oficio de vendedor, ya que él era representante del (jabón) BAO, y luego junto a Peirano (que era el representante de La Norteña en Salto) teníamos una distribución muy grande y con solo 19 años conocí la campaña de Salto (Espinillar, Constitución, Lavalleja, entre otros). En mi trabajo como vendedor me acostumbré a tratar con la gente y siempre me sentí mediador entre la empresa y el cliente, no hay que imponer, y siempre sentí que el negocio estaba entre ambas partes”. El 16 de abril del año 1986 ingresó  a la Intendencia, ya que había trabajado en esa época para quien considera que es “el más grande político en Salto: don Ramón J. Vinci, lejos de lo que vemos hoy. Yo fui muy allegado a don Ramón y se “gana” la intendencia por 174 votos (sin contar los observados) y luego de la apertura perdimos por 22 votos contra el Escribano Malaquina”. Como persona Vinci “era de bien, porque lo han criticado mucho, diciendo que regalaba lo que no es de él, pero más allá de todo eso lo humano de don Ramón hay que rescatarlo, que fue extraordinario. Y fue quien llevó a Malaquina y a otros políticos,  a los que después les dieron espaldarazos, como a Ferro”. En la intendencia fue “coordinador de Juntas Locales, trabajé en Termas, en la Clínica Municipal, en la canasta en Recolección, de secretario de Daniel Sosa (organizando comisiones vecinales y juntas locales) y a partir del 22 de febrero de 1999 fui encargado del Cementerio”.

El cementerio “tiene sus cucos, se ha comentado mucho, pero los grandes misterios nunca se han probado, y muchas de las cosas son mentiras”. El Cementerio Central tiene unos 150 años en ese lugar, es el más viejo, y tiene patrimonialmente mucho valor y es muy parecido al de la Recoleta de la ciudad de Buenos Aires”.

Aportó durante 45 años a la “Caja”, tanto de “mis empleos particulares como del municipio, y me considero una persona que me gustaba mucho el cumplimiento, fui muy responsable, pero a causa de ciertos problemas me enfermé y vi que tenía ciertas nanas y opté por jubilarme”.

Portador de una voz potente, con un entusiasmo vital y una gran memoria nos encontramos con una persona abierta, que se considera cristiano y hace de su familia un espacio de encuentro permanente. En el correr del diálogo evocó con emoción su querido barrio Paso del Bote, su oficio de vendedor, su admiración por Ramón J. Vinci y su trabajo como municipal. Si bien fuimos en búsqueda del “camposantero” Frioni, resultó que nos encontramos con un apasionado hombre que, de alguna manera nos retrotrajo a un Salto distinto, del que ojalá nos nutramos para continuar mirando hacia las pequeñas cosas que nos permiten avanzar en calidad de vida.







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