Máximo Pintos, el maestro cabañero

Don Máximo Pintos, tiene actualmente 84 años, y recuerda cada detalle de su larga trayectoria como cabañero, trabajó como tal en la Cabaña Bayucuá durante 40 años, aunque después de jubilado, continuó trabajando esporádicamente en otras cabañas hasta la última Expo Salto 2012, y pretende hacerlo la próxima si su salud se lo permite.
Completó 50 años consecutivos en la Expo Prado, y viajó a España con ejemplares de cabañas uruguayas en el marco de los 500 años de América, fue distinguido en varias ocasiones, entre ellas recibió un premio Fausto en el 2001.

Don Máximo Pintos, tiene actualmente 84 años, y recuerda cada detalle de su larga trayectoria como cabañero, trabajó como tal en la Cabaña Bayucuá durante 40 años, aunque después de jubilado, continuó trabajando esporádicamente en otras cabañas hasta la última Expo Salto 2012, y pretende hacerlo la próxima si su salud se lo permite.

Completó 50 años consecutivos en la Expo Prado, y viajó a España con ejemplares de cabañas uruguayas en el marco de los 500 años de América, fue distinguido en varias ocasiones, entre ellas recibió un premio Fausto en el 2001.

Lo conocí en el día de campo que realiza la Cabaña Bayucuá, previo a su remate anual, jornada que Pintos acompañó esteFoto1463 año, gesto que fue reconocido por María Mattos, actualmente una de las principales de la cabaña, y allí me informaron de su trayectoria como cabañero, lo que me motivó a hacerle esta nota en este espacio que EL PUEBLO dedica a personas como Máximo que se destacan por algún motivo.

En su casa ubicada en Tropezón me recibió amablemente para contarme algunos fragmentos de su vida.

En varios sectores de la finca y hasta en las paredes de un galpón Máximo tiene colgados portarretratos con algunas de las tantas fotos, artículos de diarios, un pergamino con una dedicatoria y agradecimiento por sus enseñanzas y otros recuerdos de ese largo recorrido.

Nació el  15 de julio de 1928, comenzó a trabajar como cabañero a los 19 años, vivió sus primeros años en Paso de las Piedras, donde fue a la escuela hasta tercer año, luego su familia compuesta por nueve hermanos, seis varones y tres mujeres, se mudó a la localidad de Cerros de Veras.

Empezó a trabajar desde muy chico en las estancias, y a los 19 años se le presentó la oportunidad de entrar a trabajar a la centenaria Cabaña “Bayucuá”, de la familia Mattos.

“Siempre criaron Aberdeen Angus, empecé a trabajar, me fueron enseñando, después me fui a las esquilas y volví porque tenía algo que me cinchaba, allí me casé con la hija del capataz…”, relató Pintos. “En la misma estancia, tengo una casita, después compré una casa acá (en Salto), el patrón viejo me ayudó mucho, tenía que comprar algo y me preguntaba, ¿cuánto te falta? Y me daba, era buen hombre, los hijos son buenos también”.

Máximo tiene dos hijos, Mercedes (56) y Hermes (51), dos nietos Leandro (27) y Mateo (20) y un bisnieto; Facundo de 19 meses.

COMO ERA LA TAREA

Teniendo en cuenta que si bien es una tarea de campo, el oficio de cabañero no es de las tradicionales, de manera que fue aprendiendo poco a poco, “los patrones viejos eran muy buenos – Don Salvador Mattos (abuelo de María)- me enseñó mucho.

En ese tiempo nos levantábamos a las 3 de la mañana, a cocinar para los toros, les dábamos cebada y maíz cocidos a baño maría, (ya que) cuanto más gordo y cuanto más pelo tenía el toro en ese tiempo era mejor. Después fue cambiando…

De tarde salíamos a cortar pasto para las camas, no había la comodidad que hay ahora, salíamos con un carrito de pértigo.

Y el patrón viejo a las 5 de la mañana aparecía en la cabaña a mirar como estaban hechas las camas: “era duro eh”, recuerda Pintos con una sonrisa, ya que a la vez vuelve a resaltar que era muy bueno.

En esa época se preparaban pocos animales, iban tres o cuatro toros al Prado, desde el 49 empecé a ir, y completé los 50 años yendo al Prado todos los años, en el tiempo que no había buenas rutas, íbamos en el tren, embarcábamos de mañana en la estación, salíamos de tarde y llegábamos al otro día a las 10 de la mañana al puerto y un camión nos iba a levantar, llegábamos al predio ese día a última hora. Había dificultad…”.

Luego de las exposiciones, “siempre se empieza de nuevo”, y hay que volver a elegir los animales, “se amansaban entre quince y veinte terneros y se elegían cuatro, la selección se hacía a medida que iban creciendo”.

TIEMPOS DIFÍCILES

A lo largo de la entrevista el veterano cabañero mencionó varias veces que “se pasaba lindo”, aunque también hubo una época difícil.

“En el Prado en ese entonces las camas (de los animales) eran de pasto, después en el tiempo de los tupamaros, anunciaron que iban a prender fuego las camas, entonces para el próximo año se sustituyó el pasto por arena, ahí era una mugre bárbara, y entonces la gente empezó a comprar sopletes para limpiar los animales. Fue más o menos en el año 73, en el tiempo de Alejandro Gallinal, quien una madrugada apareció en el galpón y nos dijo “tengan cuidado muchachos, que la cosa está fea”, y ahí andábamos con las horquillas en la mano (se ríe), por si aparecía alguno.

Después vino la Aftosa, y los animales se empezaron a apestar de Aftosa, estuvimos dos meses con los animales allá, no los podíamos traer”.

VARIAS CABAÑAS  Y EXPOSICIONES

Con Bayucuá en el año 72 fue a Palermo, “después que me jubilé -con 60 años- fui tres años a la exposición de Paraguay, hacíamos más de mil kilómetros atrás con los toros, en esta ocasión con ejemplares de cabaña Nueva Mehlem, como ya me conocían del Prado, me contrataron, íbamos en camión desde Río Negro, en el Hipódromo me entregaban los toros, y ahí salíamos, íbamos a lo del hermano de Bordaberry, estábamos 8 o 10 días y nos íbamos a la exposición.

También trabajé con la gente de Ñu Porá, Parietti, son excelentes personas.

Siempre les iba a arreglar los bichos allá, yo siempre ayudé al cabañero en Paraguay, y el patrón me regaló una radio, y un termo; era macanudo.

Los patrones, todos siempre valoraron mi trabajo, siempre salí (a trabajar) con gente bien, y yo siempre me porté bien, si usted viera los (cabañeros) que iban a Paraguay… venían los patrones y no encontraban sus cabañeros, tenían que limpiar ellos las camas de los bichos, yo siempre estaba con el de Ñu Porá y nos portábamos bien, hay gente irresponsable, pero esa gente iba una vez y después no iban más”.

También trabajó con otra reconocida cabaña de nuestro medio, como es Cabaña San Rafael, con Omar Burutarán, de quien guarda muy lindos recuerdos.

“Es lindo enseñar”, indicó Pintos, y narró que le ha tocado amansar animales en dos días para poder presentarlos en las exposiciones.

Analizando su trabajo, resumió que “fue lindo, uno aprende, se hace de muchos conocidos, y fundamentalmente hay que ser humilde”.

UN PERCANCE

“Una vuelta salimos de acá, íbamos a la exposición de Durazno, había una tormenta, en un camión chico con  cuatro toros, y antes de llegar a Laureles volcó el camión, salimos por la ventanilla, no nos hicimos nada, (habla del chofer y él), y lo primero que pregunté fue: ¿y los toros? Y cuando salí para afuera ya venían caminando, los atajé, conseguimos para quedar en una estancia, creció todo, y al otro día pudimos embarcar de nuevo y llegamos (a la exposición)”.

OTRAS VIVENCIAS

En el año 1992 fue a Salamanca (España), representando a Uruguay en los 500 años de América, en la Expo Sevilla con animales (de varias cabañas) que mandaba el gobierno.

“Ahí fui en avión, muy lindo lugar, con gente de trabajo, llevé (entre otros) toros Hereford de Nueva Mehlem y una vaquillona Charolais que la tuve que esconder porque los franceses la querían carnear, no la pude hacer desfilar”.

En el marco del festejo de los 100 años de la Cabaña Bayucuá, en el año 2006, la familia homenajeó a Pintos, poniéndole su apellido a uno de los campos, como reconocimiento de su trabajo.

HOY HACE VINO, CUIDA SU HUERTA y ACOPIA LIEBRES

De salud está muy bien, en su casa corta el pasto, tiene una huerta, donde se “entretiene”.

Tenía varios animales, pero el abigeato lo acobardó y “vendí con todo, quedé con una lechera y un día me llama un vecino que me llevaban la vaca, la tuve un tiempo, tenía que encerrarla, y terminé vendiéndola”.

También desde hace 21 años, es acopiador de liebres, en la zafra (son tres meses) todos los días en determinado horario las recibe y el camión las pasa a buscar, las llevan al frigorífico y allí las faenan.

“Además tengo el parral, hago vino, y a veces salgo a cazar, y me gusta la pesca también”.

Cabañero:Para quienes no conocen mucho del ámbito campero señalamos que “cabañero” se denomina a la persona que lleva la tarea de elegir, amansar, y cuidar desde su nacimiento a los animales para las exposiciones.