Una salteña que sigue teniendo proyectos a sus 80 años de vida

Una salteña que sigue teniendo  proyectos a sus 80 años de vida
Porta un apellido ligado a Salto de manera indisoluble. Fue monja por 26 años y sigue “consagrada a Cristo” desde otro lugar. Aparece y acompaña a las familias en esos momentos duros de la partida de un ser querido. Pero los domingos la encontramos detrás del alambrado de alguna cancha de fútbol alentando a sus sobrinos, o al Ferro del alma. Una vida de 80 años preñada de esperanza y de servicio al prójimo.
EL VÍNCULO CON SU ABUELA
Elena “Nenuca” Merazzi nació en Salto el 2 de marzo de 1932, en calle Uruguay 1058, cerca de la entrada a una de las peatonales de acceso al Mercado 18 de Julio, donde vivían sus padres y su abuela Elena.  Jacinto Merazzi,su padre, era hermano de Luis Teodoro(cuyo nombre lleva el Estadio de Fútbol de Ferro Carril)y su madre era Blanca Benelli.
Al tiempo de su nacimiento fue su abuela, también llamada Elena, una referente muy especial. Había perdido dos hijos a raíz de la tuberculosis, enfermedad mortal en aquella época, y uno de los aspectos que animó a su abuela a seguir viviendo, fue la nieta Elena: “ella se aferró a mí” nos dice. A los pocos meses de haber nacido, una de sus tías falleció por una gripe que se le sumó a la tuberculosis, y a los 4 años fue su padre el afectado por la misma enfermedad que lo llevó a la muerte. Ese momento fue el “primer arrancón que sufrí. Noté como una niña de 4 años puede sentir esa falta. Estaba muy aferrada a mi padre, que como estaba enfermo, estaba mucho tiempo en casa”.
Su familia se había mudado a una casa de avenida Rodó (entre Diego Lamas y Charrúa) y después que fallece su padre, uno de sus tíos, Diego, resolvió mudarse al centro de la ciudad junto con su abuela y con ellos también vivió la entonces niña Elena. Su tío era encargado de la marca de automóviles Ford en Salto y tenía el taller por calle Rincón (pegado a la entrada de la calle de acceso al Mercado 18 de Julio) y donde hoy funciona una cochera funcionaba la Herrería Moderna, a cargo de su otro tío, Luis Teodoro.
Cuando se mudaron a una casa pegada al Colegio María Auxiliadora (por calle Piedras) Elena comenzó a ir a dicho centro. “Esa fue mi segunda familia, la que me marcó mucho en mi vida”.
Recordó con emoción el día en que su abuela falleció, el 11 de setiembre de 1943. Ese día, Elena se había quedado en su casa (en calle 19 de Abril entre Grito de Asencio y Dr. Soca) y habían ido dos amigas a visitarla: Nancy e Ilse Galvalisi. Su abuela sufrió una caída y fue atendida por el Dr. Suárez Sedraschi, quien al transmitirle la noticia la abrazó como un padre.
LA SEGUNDA FAMILIA
Su otra abuela, Rosalía, y su madre le pidieron que volviese con ellos. Su madre se había casado con Walter Galliazzi y tenía tres hijos: Walter, Enrique y Ernesto. Fue así que en ese momento “su vida cambió porque encontré en mi padrastro Walter un padre. Y estos hermanos varones más que hermanos fueron mis hijos, porque con ellos me sentía madre. Fueron años felices, de formación en el trabajo, en las buenas costumbres y en el cuidado de la moral”. En ese tiempo se mudó al lugar donde vive actualmente, por calle Gaboto a pocas cuadras de avenida Rodó, un lugar de la ciudad que parece un campo, “con una vida al aire libre, en donde andaba descalza, carpía, trabajaba con animales. Había un criadero que tenía más de 100 cerdos. Esos años fueron de vida de campo”.

Porta un apellido ligado a Salto de manera indisoluble. Fue monja por 26 años y sigue “consagrada a Cristo” desde otro lugar. Aparece y acompaña a las familias en esos momentos duros de la partida de un ser querido. Pero los domingos la encontramos detrás del alambrado de alguna cancha de fútbol alentando a sus sobrinos, o al Ferro del alma. Una vida de 80 años preñada de esperanza y de servicio al prójimo.

EL VÍNCULO CON SU ABUELA

thumb (1)Elena “Nenuca” Merazzi nació en Salto el 2 de marzo de 1932, en calle Uruguay 1058, cerca de la entrada a una de las peatonales de acceso al Mercado 18 de Julio, donde vivían sus padres y su abuela Elena.  Jacinto Merazzi,su padre, era hermano de Luis Teodoro(cuyo nombre lleva el Estadio de Fútbol de Ferro Carril)y su madre era Blanca Benelli.

Al tiempo de su nacimiento fue su abuela, también llamada Elena, una referente muy especial. Había perdido dos hijos a raíz de la tuberculosis, enfermedad mortal en aquella época, y uno de los aspectos que animó a su abuela a seguir viviendo, fue la nieta Elena: “ella se aferró a mí” nos dice. A los pocos meses de haber nacido, una de sus tías falleció por una gripe que se le sumó a la tuberculosis, y a los 4 años fue su padre el afectado por la misma enfermedad que lo llevó a la muerte. Ese momento fue el “primer arrancón que sufrí. Noté como una niña de 4 años puede sentir esa falta. Estaba muy aferrada a mi padre, que como estaba enfermo, estaba mucho tiempo en casa”.

Su familia se había mudado a una casa de avenida Rodó (entre Diego Lamas y Charrúa) y después que fallece su padre, uno de sus tíos, Diego, resolvió mudarse al centro de la ciudad junto con su abuela y con ellos también vivió la entonces niña Elena. Su tío era encargado de la marca de automóviles Ford en Salto y tenía el taller por calle Rincón (pegado a la entrada de la calle de acceso al Mercado 18 de Julio) y donde hoy funciona una cochera funcionaba la Herrería Moderna, a cargo de su otro tío, Luis Teodoro.

Cuando se mudaron a una casa pegada al Colegio María Auxiliadora (por calle Piedras) Elena comenzó a ir a dicho centro. “Esa fue mi segunda familia, la que me marcó mucho en mi vida”.

Recordó con emoción el día en que su abuela falleció, el 11 de setiembre de 1943. Ese día, Elena se había quedado en su casa (en calle 19 de Abril entre Grito de Asencio y Dr. Soca) y habían ido dos amigas a visitarla: Nancy e Ilse Galvalisi. Su abuela sufrió una caída y fue atendida por el Dr. Suárez Sedraschi, quien al transmitirle la noticia la abrazó como un padre.

LA SEGUNDA FAMILIA

Su otra abuela, Rosalía, y su madre le pidieron que volviese con ellos. Su madre se había casado con Walter Galliazzi y tenía tres hijos: Walter, Enrique y Ernesto. Fue así que en ese momento “su vida cambió porque encontré en mi padrastro Walter un padre. Y estos hermanos varones más que hermanos fueron mis hijos, porque con ellos me sentía madre. Fueron años felices, de formación en el trabajo, en las buenas costumbres y en el cuidado de la moral”. En ese tiempo se mudó al lugar donde vive actualmente, por calle Gaboto a pocas cuadras de avenida Rodó, un lugar de la ciudad que parece un campo, “con una vida al aire libre, en donde andaba descalza, carpía, trabajaba con animales. Había un criadero que tenía más de 100 cerdos. Esos años fueron de vida de campo”.

26 años de religiosa

A los 21 años volvió al Colegio María Auxiliadora en donde aprendió a bordar, participó de los oratorios los domingos, y salía a los barrios a visitar niños. “Mi abuela siempre nos enseñó que no teníamos que creernos cuando uno tiene dinero y que hay que ser buenos con los empleados. En ese entonces la familia Merazzi era una familia adinerada de Salto, y yo siempre fui de andar en los ranchitos, de jugar con las nenas de las empleadas, y eso es lo que me inculcó mi abuela de ser buena con la gente pobre”. Fue así que nació la idea de formarse como religiosa, como monja, aunque sus padres no querían al comienzo. Fue así que en el año 1954 es pupila en el Colegio en Salto, hace 6º año de escuela y experimenta lo que es la vida de convento. Se fue a Montevideo el 12 de enero de 1955 y siguió en el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. En 1959 hizo los votos, y luego de terminar el liceo y Magisterio, fue enviada a trabajar en Lascano, en Juan Lacaze, Montevideo y en Salto. Tuvo 26 años en la congregación. “Fui plenamente feliz porque estaba cerca de los niños, tenía clases, catequesis, trabajo en barrios”. Estando en Salto empezó a cuestionarse “porque no tenía un espacio de acompañamiento a las familias (tanto de los niños como de los conocidos) cuando faltaba algún familiar. Como que tenía un debe con mi carisma”. Lo conversó con la directora y con la madre inspectora que le aconsejaron que no se apurara, la apoyaron y nunca me dijeron que era un disparate lo que estaba haciendo. En el año 1981 hizo un retiro espiritual de una semana y otra semana de revisión de la vida religiosa, que les correspondía a todas las religiosas de su generación. Elena “luego de rezar y reflexionar mucho” resuelve “salir y dejar la vida religiosa. No dejarlo a Cristo, porque a él se lo puede servir de otra forma, desde otro lugar. Cuando me consagré lo hice a Cristo en la vida religiosa. Ahora yo voy a seguir unida a Cristo en la vida laical”.  Elena elaboró una carta a cada Comunidad de Hermanas en donde las saludó y les explicó el motivo de su salida. “Yo hoy me encuentro con las hermanas y me reciben con un cariño adonde vaya. Es una relación fraterna porque salí bien”.

MINISTERIO DE LA ESPERANZA

Al salir de la Congregación siguió dando catequesis en el Colegio Inmaculada y luego en el Salesiano, y comenzó “con el apostolado de acompañar a los familiares de las personas que están en el CTI, ir a los velorios, acompañar a las personas cuando fallece un ser querido. Yo me sentía en esos lugares preparada para ello”. Es la encargada del Ministerio de la Esperanza en la Parroquia del Carmen (desde la época en que el párroco era Walter Cocozza) y reconoce “que es un momento difícil de acompañar, pero es el Espíritu Santo el que habla, no uno, y es el que te pone las palabras. La gente te busca y yo siento que soy aceptada por la familia”. Desde el año 1989 está dedicada a la Pastoral Bíblica y desde hace un tiempo (en la época del padre Walter Cocozza) se encarga del ministerio de la Esperanza. Además da catequesis de adultos en barrio Artigas y participa de tres comunidades eclesiales de base en el centro, pequeños grupos que reflexionan entorno de la Biblia.

COOPERADORA SALESIANA

En la actualidad es Cooperadora Salesiana, laica que actúa en el mundo en los distintos ámbitos, con un espíritu especial, el salesiano: con alegría, con oración, y a la forma de realizar la vida con el espíritu de Don Bosco.

PERSONA PLENAMENTE

REALIZADA

Al cumplir los 80 años, no quiso una fiesta, sino que lo celebró en una misa de Acción de Gracias en la parroquia del Carmen. En dicha oportunidad Elena resaltó la relación de su vida con su carisma de acompañar a las familias en momentos difíciles.

“A los 80 años me siento una persona plenamente realizada como mujer y como madre, porque yo volqué mi capacidad materna (a la que nadie renuncia) dándome a los niños, y a las familias que aceptaron mi acompañamiento en esos momentos de dolor”.

Se siente “con ganas” y continúa “haciendo proyectos”.

NENUCA

Elena es conocida por sus familiares y amigos como “Nenuca”. Nos cuenta que fue su abuela Elena que le puso ese apodo ya que era el nombre de una amiga que tuvo de niña, y con la que se querían mucho.

Ferro Carril es un sentimiento

“Te dejo una novela o un programa de televisión por mirar fútbol”, nos dice nuestra entrevistada. Es hincha del Club Nacional de Football de Montevideo porque su padre lo era. Su tío y padrino fue presidente de Ferro Carril, por eso “soy ferrocarrilera del alma”. En su época de religiosa “en el patio del Colegio que jugábamos yo decía que era de Ferro”. Siempre “me gustó el fútbol”.

Luego de salir de la Congregación Religiosa, comenzó a ir a ver a la cancha a sus sobrinos: Walter Andrés (el “Chino”) y Alejandro (“el Ale”), tanto en Peñarol como en Colonia Harriague (de la Liga Agraria). Recordó varias caravanas de campeonatos.

Al venirse sus sobrinos a jugar al fútbol a la Liga Salteña “su corazoncito tiraba para el equipo en que ellos jugaban y también para Ferro. Yo no podía ver en contra de mis sobrinos. Recuerdo una final en el Estadio en donde Deportivo Artigas le ganó a Ferro y salió campeón”. Elena saludó a su sobrino en la caravana: “respeté a Ferro pero alegre por mi sobrino”.

EL DOLOR

Recordó también un partido entre Nacional y Ferro, justo el año en que muere su hermano Walter, padre de sus sobrinos. En esa ocasión, ella estaba en la cancha y le dolió la actitud de algunos hinchas de Ferro que se la agarraron con sus sobrinos, evocando a su hermano fallecido. “Por eso ahora soy hincha de Nacional. Ferro para mi es un sentimiento, pero con esta gente de ahora no”, aunque reconoció que “no son todos”. Ese año hizo unas boinas de Nacional (para ella y para María Celeste Scaparoni) y se fue al Estadio a un partido. Justo ese día fue fotografiada por el fotógrafo de EL PUEBLO, que sale publicada al día siguiente”. Actualmente sigue yendo a la cancha todos los domingos.

Hasta el pasado mes de junio conducía su propio automóvil, pero no le renovaron el carné de salud (por unos problemitas en la vista. Vendió el auto, y ahora anda en ómnibus: “me hace bien porque camino y sino (de noche) ando en taxi”.







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