Mejor trato, mayores resultados

Siempre recuerdo una anécdota que ilustra muchas cosas, pero sobre todo, el trato que recibimos los consumidores cuando vamos a algún comercio local a comprar algo. Creo que los empleados ya saben que el comercio de su patrón es uno de los pocos que existe en plaza y que tarde o temprano tendremos que volver a tratar de adquirir en él, el producto que necesitamos. Entonces, el trato puede llegar a ser tan inamistoso que si a usted le molesta, puede ser el único y tendrá que tomarse la molestia de no enojarse, porque nadie se sentirá peor que usted mismo.

Llego doce menos diez del mediodía a una conocida ferretería del medio, como es obvio no voy a nombrarla, pero a la que le caiga el sayo que se lo ponga y que el titular de la empresa le pase factura a quien corresponda. Cansado porque era el fin de una mañana ajetreada, con mucho calor y contando los minutos, necesitaba comprar uno de los tantos artículos con los que el constructor nos carga para poder hacer él, su trabajo. Ese día la lista llegaba hasta el piso, pero en el comercio de marras solamente precisaba comprar dos cosas.

Cuando miro la hora eran las 11:49 y saqué un número, pero los minutos pasaron y fui quedando solo en el lugar. Veía cómo detrás del mostrador los empleados se aprontaban para retirarse y me ignoraban de manera deliberada como si fuera justamente una persona a la que querían evitar. Hablaban entre ellos, apagaban las computadoras, guardaban herramientas, entraban y sacaban materiales, daban vuelta los carteles, no atendían el teléfono, salvo alguno por allá para anunciar que ya no tomaban más pedidos, en fin, el momento era oportuno para emprender sin compasión la retirada y no permitir que llegara nadie a querer impedirlo.

Cuando quise acordar, mientras observaba como se iban de a uno sin prisa pero tampoco sin pausa, estaba solo con uno de los encargados de cerrar la puerta, que me espetó sin compasión: “señor, ¿puede retirarse? Abrimos en la tarde”. A lo que me planté y le dije, sin prisa pero con mucha pausa como para que le quedara claro. “No me voy hasta que me atiendan, vine hace diez minutos, no hace diez segundos y estaban todos acá ignorándome, así que o me atendés vos o llamo al encargado, dueño, gerente o quien sea y que me dé una respuesta de porqué no me atendieron y me dejaron sin el producto que necesito, por el simple hecho de que ustedes tenían hambre y no querían quedarse un rato más”.

El muchacho, de unos 30 y pocos años de vida, que era uno de los que estaba acomodando herramientas cuando ingresé, que me vio llegar y me miró de reojo durante los minutos que estuve parado como un poste en el centro de compras de ese importante comercio de plaza, insistió: “pero ahora ya se fueron casi todos”. “Pero yo llegué antes y alguien va a tener que volver”, le dije. Entonces justo pasaba uno de los encargados de la importante empresa del medio y me preguntó qué ocurría. Al comentárselo con lujo de detalles que detuvieron tanto a él como al empleado que quería deshacerse de mi con un simple “ya cumplí mi horario”, ambos me asistieron y si bien me dieron los productos que buscaba, tuvieron que mandarme la boleta a mi casa porque el cajero ya se había ido. Es más, había sido uno de los primeros.

¿Mala atención? ¿Falta de ganas de trabajar? ¿Cumplimiento del horario? No lo sé, lo único que puedo saber es que los consumidores seguimos estando en desventaja en nuestro medio. La sociedad no entiende que somos todos los que movemos la economía y no solamente compra sin exigencias del producto que recibe y del trato que le dispensan, sino que además tampoco reclaman los derechos que tiene a la hora de entrar a un almacén, un supermercado, una tienda de ropas o una ferretería, como fue mi caso.

Entonces ayer, cuando se celebró el Día de los Derechos del Consumidor, me acordé de esta anécdota que lejos de ser una manera de recordar un mal día, puede llegar a ser un ejemplo de que tenemos que reclamar que como los hacedores de que las cosas funcionen, de que la economía se mueva, de que el comercio gane para poder crecer, desarrollarse y pagarle el sueldo a sus empleados, deben respetarnos, atendiéndonos de manera correcta, tratando de satisfacer nuestra inquietud y buscando la manera de que quedemos enganchados con el establecimiento al punto de que queramos volver siempre y ponerlo en nuestra lista de lugares a donde comprar las cosas que necesitamos, dependiendo del rubro claro está.

Pero muchas veces ese comportamiento no existe y es parte de la cultura de quienes trabajan en determinados lugares, por la mala relación que puedan tener con sus empleadores, por los bajos sueldos que reciben o porque por el contrario, como saben que por el hecho de hacer ocho horas alguien deberá pagarles un salario a fin de mes, no se exigen ni se importan por la gente que requiere un servicio y que está detrás del mostrador esperando una respuesta a un problema que pueda llegar a tener y eso se llama falta de compromiso con uno mismo, porque si aceptó trabajar en ese lugar, por más incómodo que se sienta, o más desanimado que esté, no puede nunca jamás trasladar sus frustraciones a un cliente, que en cierta medida es el que ayuda, con cada compra desde un alfiler hasta la compra más cara a que pueda mantener el empleo y sobre todo a que les paguen el sueldo.

Pareciera que estas cosas son innecesarias, que no deberían decirse jamás, porque la atención en el público en un comercio siempre debe ser buena y dedicada, ya que en última instancia, el comprador quizás esté en las mismas condiciones que ese trabajador que nos atiende de mala gana, pero las cosas no deben ser así. La persona que trabaja para cumplir una función, debe hacerlo, de lo contrario dejarle el puesto a otro que lo haga mejor.

Como consumidor, en mi caso, reclamo que me atiendan bien siempre, que me dediquen tiempo para satisfacer mis inquietudes y que haya alguien que esté a disposición para darme una respuesta, es lo único que pido. Por otro lado, exijo que los productos que adquiero tengan la mayor información posible, para saber qué estoy comprando y si el producto está en condiciones.

Se trata de aspectos básicos hasta de convivencia entre la gente y que ayudan a los establecimientos comerciales a sumar puntos con los clientes, pasando de la cultura tercermundista que tenemos del todo da lo mismo, a la de podemos hacerlo mejor y dejar a todos contentos para que sigan viniendo. Y sobre todo comprando, que en definitiva, es lo que todos queremos.

HUGO LEMOS

iempre recuerdo una anécdota que ilustra muchas cosas, pero sobre todo, el trato que recibimos los consumidores cuando vamos a algún comercio local a comprar algo. Creo que los empleados ya saben que el comercio de su patrón es uno de los pocos que existe en plaza y que tarde o temprano tendremos que volver a tratar de adquirir en él, el producto que necesitamos. Entonces, el trato puede llegar a ser tan inamistoso que si a usted le molesta, puede ser el único y tendrá que tomarse la molestia de no enojarse, porque nadie se sentirá peor que usted mismo.
Llego doce menos diez del mediodía a una conocida ferretería del medio, como es obvio no voy a nombrarla, pero a la que le caiga el sayo que se lo ponga y que el titular de la empresa le pase factura a quien corresponda. Cansado porque era el fin de una mañana ajetreada, con mucho calor y contando los minutos, necesitaba comprar uno de los tantos artículos con los que el constructor nos carga para poder hacer él, su trabajo. Ese día la lista llegaba hasta el piso, pero en el comercio de marras solamente precisaba comprar dos cosas.
Cuando miro la hora eran las 11:49 y saqué un número, pero los minutos pasaron y fui quedando solo en el lugar. Veía cómo detrás del mostrador los empleados se aprontaban para retirarse y me ignoraban de manera deliberada como si fuera justamente una persona a la que querían evitar. Hablaban entre ellos, apagaban las computadoras, guardaban herramientas, entraban y sacaban materiales, daban vuelta los carteles, no atendían el teléfono, salvo alguno por allá para anunciar que ya no tomaban más pedidos, en fin, el momento era oportuno para emprender sin compasión la retirada y no permitir que llegara nadie a querer impedirlo.
Cuando quise acordar, mientras observaba como se iban de a uno sin prisa pero tampoco sin pausa, estaba solo con uno de los encargados de cerrar la puerta, que me espetó sin compasión: “señor, ¿puede retirarse? Abrimos en la tarde”. A lo que me planté y le dije, sin prisa pero con mucha pausa como para que le quedara claro. “No me voy hasta que me atiendan, vine hace diez minutos, no hace diez segundos y estaban todos acá ignorándome, así que o me atendés vos o llamo al encargado, dueño, gerente o quien sea y que me dé una respuesta de porqué no me atendieron y me dejaron sin el producto que necesito, por el simple hecho de que ustedes tenían hambre y no querían quedarse un rato más”.
El muchacho, de unos 30 y pocos años de vida, que era uno de los que estaba acomodando herramientas cuando ingresé, que me vio llegar y me miró de reojo durante los minutos que estuve parado como un poste en el centro de compras de ese importante comercio de plaza, insistió: “pero ahora ya se fueron casi todos”. “Pero yo llegué antes y alguien va a tener que volver”, le dije. Entonces justo pasaba uno de los encargados de la importante empresa del medio y me preguntó qué ocurría. Al comentárselo con lujo de detalles que detuvieron tanto a él como al empleado que quería deshacerse de mi con un simple “ya cumplí mi horario”, ambos me asistieron y si bien me dieron los productos que buscaba, tuvieron que mandarme la boleta a mi casa porque el cajero ya se había ido. Es más, había sido uno de los primeros.
¿Mala atención? ¿Falta de ganas de trabajar? ¿Cumplimiento del horario? No lo sé, lo único que puedo saber es que los consumidores seguimos estando en desventaja en nuestro medio. La sociedad no entiende que somos todos los que movemos la economía y no solamente compra sin exigencias del producto que recibe y del trato que le dispensan, sino que además tampoco reclaman los derechos que tiene a la hora de entrar a un almacén, un supermercado, una tienda de ropas o una ferretería, como fue mi caso.
Entonces ayer, cuando se celebró el Día de los Derechos del Consumidor, me acordé de esta anécdota que lejos de ser una manera de recordar un mal día, puede llegar a ser un ejemplo de que tenemos que reclamar que como los hacedores de que las cosas funcionen, de que la economía se mueva, de que el comercio gane para poder crecer, desarrollarse y pagarle el sueldo a sus empleados, deben respetarnos, atendiéndonos de manera correcta, tratando de satisfacer nuestra inquietud y buscando la manera de que quedemos enganchados con el establecimiento al punto de que queramos volver siempre y ponerlo en nuestra lista de lugares a donde comprar las cosas que necesitamos, dependiendo del rubro claro está.
Pero muchas veces ese comportamiento no existe y es parte de la cultura de quienes trabajan en determinados lugares, por la mala relación que puedan tener con sus empleadores, por los bajos sueldos que reciben o porque por el contrario, como saben que por el hecho de hacer ocho horas alguien deberá pagarles un salario a fin de mes, no se exigen ni se importan por la gente que requiere un servicio y que está detrás del mostrador esperando una respuesta a un problema que pueda llegar a tener y eso se llama falta de compromiso con uno mismo, porque si aceptó trabajar en ese lugar, por más incómodo que se sienta, o más desanimado que esté, no puede nunca jamás trasladar sus frustraciones a un cliente, que en cierta medida es el que ayuda, con cada compra desde un alfiler hasta la compra más cara a que pueda mantener el empleo y sobre todo a que les paguen el sueldo.
Pareciera que estas cosas son innecesarias, que no deberían decirse jamás, porque la atención en el público en un comercio siempre debe ser buena y dedicada, ya que en última instancia, el comprador quizás esté en las mismas condiciones que ese trabajador que nos atiende de mala gana, pero las cosas no deben ser así. La persona que trabaja para cumplir una función, debe hacerlo, de lo contrario dejarle el puesto a otro que lo haga mejor.
Como consumidor, en mi caso, reclamo que me atiendan bien siempre, que me dediquen tiempo para satisfacer mis inquietudes y que haya alguien que esté a disposición para darme una respuesta, es lo único que pido. Por otro lado, exijo que los productos que adquiero tengan la mayor información posible, para saber qué estoy comprando y si el producto está en condiciones.
Se trata de aspectos básicos hasta de convivencia entre la gente y que ayudan a los establecimientos comerciales a sumar puntos con los clientes, pasando de la cultura tercermundista que tenemos del todo da lo mismo, a la de podemos hacerlo mejor y dejar a todos contentos para que sigan viniendo. Y sobre todo comprando, que en definitiva, es lo que todos queremos.