Mucho gre – gre para decir Gregorio

Hace algunos años, un amigo alemán – uruguayo de esos que la dictadura militar hizo parir por el mundo, me preguntó casi con sorpresa, al parar pararnos en la plazoleta Roosevelt mirando hacia el otro lado del río, si allí continuaba la ciudad de Salto, y yo le respondí de manera muy natural que no, que ahí era Argentina.
Primero no podía creerlo y después me preguntó naturalmente “¿dónde estaba el puente?”, ya que quería cruzar a conocer ese país. Para su sorpresa, le contesté que el único puente que estaba en la vuelta para ir a Concordia, era el de la represa de Salto Grande que está a 15 kilómetros de la ciudad. “Si esto fuera Alemania, ya habría por lo menos dos puentes, uno para ir y otro para venir, no puede ser que en plena década del 90, no haya un puente acá nomás para cruzar a la ciudad que está enfrente, es una cuestión de integración”, me dijo con el énfasis de alguien que conoce realidades totalmente diferentes a las nuestras. columna
Lo tomé como la expresión de alguien que viene del primer mundo, donde aspectos como la integración de los países han tenido sus bemoles y pese a las temibles guerras que devastaron al continente en la primera mitad del siglo XX y afectaron al mundo en la segunda parte de ese siglo, Europa armó varias veces su mapa y terminó de integrarse, fortaleciendo este concepto, porque hoy no hay países que no estén unidos en sus fronteras, más allá de los grandes divisionismos históricos que tuvieron su acabose en el año 1989 con la caída del Muro de Berlín.
Actualmente, si mi amigo vuelve de la pujante y desarrollada Alemania, se encontrará en Uruguay con una historia que en 20 años hizo que pasara mucha agua debajo del puente, pero que en materia de integración e infraestructura, sigue estancada como en ese entonces. Con algún tratado más y algunos que siguen encajonados discutiéndose, dependiendo del gobernante de turno, cosa que nos gusta hacer a los uruguayos y a los latinoamericanos en general, discutir mucho, hacer asambleas y formar comisiones que terminan no haciendo nada y dejando todo para las grandes discusiones, esas que duran mucho y no conducen absolutamente a nada.
Cambiaron los gobiernos pero no la manera de gobernar. Pasaron varios partidos políticos desde aquel 1993 por el gobierno y hubo algunos matices bien importantes y conceptos que se han tratado de establecer, pero sustancialmente el uruguayo sigue con su consigna de vive y lucha. Últimamente hubo cambios como el de una reforma laboral en función de los intereses sindicales, una educación alicaída y entreverada con fuerte participación de la dirigencia gremial docente, una reforma de la salud donde prevalece la cuestión pública y se encarniza la lucha contra quienes quieren hacer sus negocios en esa área, una reforma impositiva que ha generado un control sobre el poder adquisitivo de la gente pero que conspira contra el fondo del asunto, que es que no haya descalabro económico aunque existe un endeudamiento interno tremendo por falta de cultura de consumo y de conducta económica de la gente. Y así las cosas, le siguen problemas graves de seguridad por un resquebrajamiento de valores que hace que en la sociedad impere el vale todo y muchas cosas más.
Pero lo que no va a encontrar mi amigo cuando regrese al Uruguay, si es que lo hace algún día, es una política más desarrollada de integración que nos permita decir que podemos ir a Argentina con una tarjeta vecinal, que allá podemos comprarnos un auto si queremos y pagando un mínimo arancel nos lo traemos, que podemos estudiar sin mayores problemas para una reválida y que puede haber muchos más intercambios que los que existen actualmente y que deben protocolizarse de una manera exacerbada para tener validez como si el negocio fuera con China, aunque en este caso ya casi comemos con palitos, así que si se quiere estamos más cerca de los amigos orientales, que de los hermanos argentinos. Lo que no es del todo malo, pero habla a las claras de nuestras carencias en la integración binacional, pese a una represa, pese a que nos colman las playas en el este en enero, pese a que vienen a las termas, pese a Tinelli y a Messi.
Cuando el entonces intendente Ramón Fonticiella recibió al embajador de Venezuela en Uruguay en aquel momento, el diplomático caribeño tampoco salía de su asombro porque desde el puerto de Salto se podía ver y escuchar el sonido de la gente que estaba del otro lado del río, y ni siquiera él, que viene de un gobierno signado por los problemas de toda índole, podía creer que no existiera un puente para cruzar al otro lado.
En el año 2001, pude entrevistar al entonces presidente de la Asociación de Comercios y Servicios de Concordia, que habían venido a Salto a hablar del tema, ¡hace 16 años! Y en Salto le escapaban al asunto porque no querían que los problemas de seguridad y violencia que decían que se vivían en ese momento en Argentina, se trasladaran a nuestro país a través de un puente.
El otro día se reunieron los cancilleres de Uruguay y Argentina en Salto Grande. El argentino quiere el puente, pero el uruguayo le saca el cuerpo a la jeringa. No quiere saber mucho del tema y dijo que la posición uruguaya “será analizada”, lo que quiere decir, “esto no nos interesa”.
Hace muy poco el director de la OPP, Alvaro García, hombre clave del actual gobierno uruguayo, dijo en Salto que hay un potencial enorme si se mantiene la complementariedad entre los gobiernos, pero dejó entrever que seguimos discutiendo si queremos juntarnos con los argentinos y de qué manera, en vez de hacerlo de una vez por todas. Una muestra de lo lejos que estamos de hacerlo en realidad, es que después de cuatro años acabamos de salir de una medida antifrontera y antiintegración como el cero kilo.
Entonces ¿por qué seguimos hablando de integración en foros y eventos, si después preferimos seguir discurseando y sembrando más dudas que certezas mientras el mundo se vuelve una cosa sola a través de una pantalla? Lo hacemos porque esa es la muestra más irrefutable de que somos tercermundistas, un país que quiere progresar en los papeles, pero que tiene miedo de avanzar en la práctica y que necesita gente que venga y haga, y no tenga miedo a errarle, porque si no hace, nunca va a tener éxito, y la integración la seguiremos viendo solo en los títulos de los foros y estará de hacernos sentir que cruzar para el otro lado, no está a 15 kilómetros, sino a pocas cuadras y frente a nosotros.

HUGO LEMOS







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