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No es el opio de los pueblos

Para un uruguayo, el fútbol como la política o el carnaval, son parte de nuestra identidad cultural. No hay uruguayo que más allá de su concurrencia o no a una cancha, no sea hincha de club alguno, o que no sepa quiénes son los más destacados jugadores de la Selección Uruguaya, porque eso hace a nuestra idiosincrasia. Lo llevamos en el ADN de nuestra nacionalidad. Así somos y así ha sido la construcción social a través de los tiempos en nuestra comunidad.
Hace un tiempo, cuando nos vencían las derrotas futbolísticas y el fantasma del 6 a 1 contra Dinamarca para quienes lo vimos, por más que fuéramos pequeños en ese México 86, la selección siempre nos importaba. Mirábamos sus partidos y sufríamos más de la cuenta, aunque cada encuentro ya lo veíamos con desazón porque sabíamos que nos costaba llegar a lo que se dice una victoria destacada, que nos ilusionara y nos pusiera en contexto. suarez [1]
Es que hace más de tres mundiales, Uruguay era parte de la historia antigua de fútbol mundial y los uruguayos siempre admirábamos a otros equipos, que Brasil, Italia, Inglaterra, España o Argentina, pero nunca Uruguay. Nadie nos conocía, no sabían los colores de nuestra bandera y lo que es peor, nosotros mismos mirábamos y admirábamos a los extranjeros pero poca importancia le dábamos a lo nuestro. Nos identificaba poco, pero no nos llegaba al alma porque no había ilusión, ni mucho menos pasión.
Pero hace por lo menos 8 años que cambió la historia y la manera de sentir y palpitar de nuestra sociedad. Porque los Mundiales de Fútbol han servido para eso, para que revaloricemos nuestra bandera, nos pintemos con nuestros colores, besemos nuestra camiseta y cantemos con fuerza nuestro himno. Nos importemos por nuestros jugadores y para que empecemos a decir con orgullo, no con pedantería, que somos uruguayos, de dónde viene el mejor fútbol, el más aguerrido, el más metedor, el que no se da por vencido, el que pone las ganas en la cancha y no se deja perder.
Todos esos valores se trasladan a la vida cotidiana de nuestra sociedad, el éxito, el trabajo en grupo, el creer que se puede, el querer hacer las cosas mejor, el escuchar a los que saben valorando su experiencia, el sentirnos parte de algo importante, el meternos todos debajo de una misma bandera y empoderarnos de ella, el albergar un mismo sentimiento y luchar todos juntos para ser parte de un sueño que salpique a todos por igual. Son muchas cosas juntas, muchos valores y principios de vida que nos sirven como enseñanza para mejorar la sociedad que tenemos.
Lejos de convertirse en el opio de los pueblos, el fútbol ha pasado a símbolo de identidad nacional, la herramienta de hermanamiento momentáneo en una sociedad dividida por sus malos políticos y por la mezquindad de los intereses que todos ellos nos transmiten con sus acciones cada día.
El deporte más hermoso del mundo y nuestra ganadora participación mundialista hasta ahora, ha venido generando en la sociedad una algarabía tal, que nos hace celebrar a todos juntos identificándonos con un solo color, el celeste, el color del cielo que nos cobija, y abrazarnos sin que importen nuestras diferencias, sin que pensemos que el que está a nuestro lado gritando como un loco el gol de Cavani es de mi partido político, de mi misma religión o condición social u orientación sexual, algo que termina por dividir la sociedad a la que todos nosotros pertenecemos pero que nos ponemos sellos de tal o cual cosa, para poder etiquetarnos y saber en qué tribu de la misma elegimos participar.
El fútbol, en este caso la selección en la copa del mundo, es el ícono de unidad nacional que no logran los políticos, ni las religiones, ni ninguna otra institución o grupo social alguno en nuestra comunidad. Ha despertado la pasión hasta de los que menos han visto en su vida el deporte del balompié, porque entienden que se trata de algo importante, porque todos en el planeta están hoy con las miradas puestas en este pequeño país sudamericano que logra hazañas como muy pocos en el mundo. Por eso, hoy los uruguayos elegimos embanderarnos y sacar a relucir nuestros colores, los mismos que nos enseñaron en la escuela que eran nuestros, que eran los que siempre nos iban a identificar en cualquier parte y a los que teníamos que querer por encima de todas las cosas, porque eran los colores de la patria.
Hoy nos pintamos con ellos y los festejamos, los sentimos como propios. Hoy el fútbol lejos de ser un entretenimiento es la única manera de que nos abracemos y gritemos todos la misma cosa, y ojalá que sirva para que quienes hablan de unir a la sociedad desde sus cargos en el gobierno o en la oposición, aprendan un poco de qué se trata esto de cinchar todos para el mismo lado.

HUGO LEMOS