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No nos dejan respirar

Estaba por llover, el cielo plomizo se caía encima de cualquiera y yo caminaba cada vez más rápido, antes de comerme el chaparrón que inevitablemente se vendría de buenas a primeras. Era lunes, como todos esos días yo andaba apurado. Esta vez no era porque quería, sino porque el tiempo apremiaba, iba a hacer un trámite a los dos organismos más importantes en burocracia y tedio dentro del Estado. Sí, esos mismos, la DGI y el BPS. Nada peor que estar tras los trámites que ellos exigen que hagamos para obtener los resultados que ellos quieren que tengamos y no los que nosotros queremos.
Camino al centro, me encuentro con un amigo, médico él, que me contó de su viaje reciente por Estados Unidos y Europa. Para él las cosas se resumen de una sola manera, las diferencias culturales lo son todo y son lo que nos hacen tercermundistas. Allá el peaje vale 1 dólar y pasas en auto de Estados Unidos a Canadá. Recorres el país, donde nadie tira un papel a la calle, donde la gente es educada y te saluda cuando entrás y cuando salís, te pregunta si tenés lo que necesitás antes de retirarte, donde la Policía controla en serio, exige legalidad, pero te asegura protección y tranquilidad para circular. Luego de esto, me contó que volvió a entrar a Estados Unidos por el mismo precio en sus pejaes, 1 dólar. Él no lo podía creer y yo menos, pero si él que estuvo allá lo dice, debe ser. Comparamos con el paisito, con lo que te cobran los peajes en el Uruguay para andar en rutas rotas, angostas, mal señalizadas, abarrotadas de tránsito pesado, en definitiva muy peligrosas y caras respecto a las del mundo rico. “Acá todo es así”, reflexiona.
Le conté que iba apurado a buscar soluciones en donde te llenan de papeles y de problemas. Me decía, hablando de papeles, allá nadie tira un papel a la calle. Si lo hacés te multan, pero sobre todo, la gente te mira mal, te castiga socialmente, te repudia, nadie quiere una ciudad sucia. Acá nos da lo mismo, tiramos la colilla del cigarrilo como si nada, comemos un ticholo y tiramos el envoltorio a la calle, todo nos da lo mismo, eso hace la diferencia, cuando todo te da lo mismo es porque no te importa nada, y si nada te importa, no vas a valorar nada ni tampoco a cuidar nada.
Es triste, pero eso es lo que nos pasa a los uruguayos, ni siquiera es porque estamos con la cabeza en sacar al país adelante, en progresar individual y colectivamente, en mejorar las cosas, en respetar las instituciones o los gobiernos. Acá lo que hace el gobierno, sea cual sea el color de sus autoridades, siempre va a estar mal y hay una costumbre de no darle apoyo a nada. Porque no hay concepto de nación, somos un país con gente adentro que se revuelve todos los días y se junta solamente para gritar un gol de la selección uruguaya, a la que encima escribimos con mayúscula como si fuera importante. Pero después, no hay concepto de nación, esa es una parte indisoluble de nuestra idiosincracia y así será siempre, porque tampoco nadie hace nada para generar un cambio cultural y cuando lo decimos, pasamos por idiotas a los que no les gusta el fútbol, o sea, cualquiera, nada que ver, menos lo que tiene que ser.
Después de estas reflexiones que nos llenaron de orgullo, porque eso de criticar al país y a su gente, creyéndonos por un segundo un poco mejores que el resto con nuestras conclusiones, es algo bien uruguayo. Sí señor, si hay algo bien de acá, es que criticamos a todos, juzgamos a todo el mundo por arriba del hombro, los miramos de reojo, nos creemos mejores por un rato, les endilgamos que somos los que les pagamos el sueldo, les damos de comer y cosas por el estilo, y después seguimos siendo las mismas hormigas de siempre, que no crecemos más por nuestro propio pensamiento.
Después de esa clase de cómo ser bien de acá y postergar más aún la posibilidad de crear el Estado – nación, anhelado para poder resolver algunos de nuestros problemas existenciales, seguí raudamente hasta los dos epicentros estatales que generan malestar y recelo hacia el gobierno, los que te sacan plata hasta para respirar. Allí me encontré con un conocido que ya había pasado por la demoledora situación de tener que enfrentarse a un funcionario de esas dos instituciones estatales, los que te miran con cara de usted es culpable y yo no tengo la culpa, que te dan explicaciones de cómo funciona el sistema y de porqué uno tiene que darles más plata aún de la que ya te sacan del sueldo, pero que ellos entienden cuando en realidad no entienden nada y tampoco quieren hacerlo, sino terminar con las ocho horas (por decir ocho que valen por cuatro) y nos exigen más IRPF, del que sacan para aumentarse su propio sueldo, eso está claro.
Porque entre el IRPF y el Montepío, DGI y BPS, se te quedan con una buena porción de tus ganancias y encima te critican porque te sacaron poco. Uno siente que los funcionarios del BPS o la DGI te miran con los dientes afilados y babeando cuando están frente a tu historia laboral, y buscan un lugar para poder decir “ah, pero de acá todavía no sacamos dinero, usted tiene que pagarnos tal o cual cosa” y que uno ni siquiera quiera saber si ese tal o cual cosa existe, porque ellos algo te van a encontrar y que es seguro que te van a hacer pagar, contá con eso, como que van a hacer un paro en cualquier momento.
Cuando llegué a la DGI el funcionario me miró con cara de “usted tiene que pagar” y me metió el dedo en la llaga, cuando me preguntó “¿tiene voluntad de pago?”. Y bueno, me salió el indio de adentro, qué le vamos a hacer. Pero así también somos los uruguayos, cuando otros que parecen marcianos porque defienden el sistema perverso con el que vivimos te miran con cara de sospechoso, te sale el charrúa y te dan ganas de comértelos como hicieron con Juan Díaz de Solís en 1516, que el tipo ni llegó a pisar la playa de Pocitos que le encajaron un flechazo en el medio del pecho, como para que vaya sabiendo quién manda y como no se habían inventando todavía los impuestos, con algo le tenían que hacer pagar el hecho de querer pisar estas tierras. Porque la DGI es así, te exprime para que pagues hasta matarte y después que te mataron ¿a quién le cobran? Son bobos. Definitivamente. O flor de vivos, no lo sé.
Entonces cuando el tipo me pregunta si tengo voluntad de pago, no me quedó otra que contestarle. ¿Pero vos me ves cara de bagayero a mí? ¿De esos que traen cualquier cosa del otro lado, pagan la coima para entrarlo y la venden en el bagashopping sin pagar más impuestos que el alquiler al Club Ferro Carril, con la plata que podrían arreglar la vereda ayer casi me clavo un vidrio en el pie por caminar por Brasil al 1900, debido a que tienen la peor acera de la ciudad y sin nadie que los llame a responsabilidad y los haga pagar una multa por eso?
¿No me estás sacando ya desde hace años mucha plata de todos las ganancias que pueda tener a mi nombre? ¿Y encima tenés el tupé de preguntarme si tengo voluntad de pago? Sin dudas que empezamos mal. Entonces el tipo me miró como diciendo “me desubiqué” (mentira, eso es lo que uno espera que digan) y me expresó: “bueno, pero no fue suficiente”, y me dio una fórmula de pago. Algo que él cometió el error de llamarlo “solución”. A lo cual le expresé, que eso no era “una solución, sino un problema para mi como contribuyente, solución sería que se conformaran con lo que ya me sacan al meterme la mano en el bolsillo”. Pero el hombre me dijo que eso “no estaba en sus manos. Que así era el Estado y que el Uruguay tiene normas”. Tomá pa’ vos.
Al final, pensé, qué bueno que alguien al menos reconozca que el país en el que vivimos tiene algo. No importa si lo compartimos o no, pero al menos es importante que crea que el Uruguay tiene algo sobre qué basarnos para discutir hasta llegar a algo, porque de ahí vamos haciendo camino sobre las cosas en las que eventualmente podríamos ponernos de acuerdo e ir construyendo nuestra identidad. Al menos esta semana tuvimos un avance. ¿Sobre lo que me quiere cobrar la DGI? Bueno, algún día volveremos a hablar de eso.

HUGO LEMOS