No puede ser tan caro

“Estamos todos endeudados”, comentaban algunas personas cuando coincidieron en un cajero automático para retirar los “vintenes” que les quedaban del sueldo, según decían a boca de jarro y entre risas. economia
“Es que no podemos tomarlo de otra manera”, espetó uno. “Es cierto”, coincidió otro, “no podemos”.
Así transcurre la vida de la mayoría de los uruguayos que según el gobierno, el 90 % de la población económicamente activa tiene deudas con el sistema financiero, porque de una u otra manera han accedido a créditos blandos para operar en el mercado, ya sea para comprarse un auto nuevo o usado, para pagarse un viaje, para pagar otras deudas acumuladas a las que de otra forma no podían pagar, o lisa y llanamente para poder comer.
Esa es la situación actual en un país de 3,6 millones de personas donde la gente no llega a fin de mes porque la conducta de consumo supera ampliamente el nivel de ingresos, ya que así está armado el sistema liberal y capitalista en el que vivimos.
Situación que se ha potenciado desde el 2007, donde tras la recuperación en la gente de la crisis económica que ocurrió en 2002, ya nada fue igual.
El keinesianismo aplicado por el Frente Amplio (John Maynard Keynes, tras el crack de 1929 en Nueva York planteó el estímulo a las pequeñas economías en épocas de crisis), permitió que el país empezara a andar de otra manera y esa mal llamada distribución de la riqueza solamente generó hábitos de consumo sin ningún sustento, porque quienes ganaban 10 podían gastar 20 y financiar la diferencia, hasta que la calesita se frenó y dejó a miles con las cuatro ruedas para arriba, ya que llegaron a un punto de endeudamiento donde no pudieron seguir generando esa ola de gastos desfasados de su realidad y ahora hicieron sentir su ausencia en el mercado.
Si bien son muchos los factores que confluyen para que se estén viviendo momentos de pérdidas económicas en el comercio, todos sabemos que el principal problema es el endeudamiento interno donde la mayoría de nosotros somos agentes pasivos, deudores, de algo o de alguien, y eso reduce nuestro poder de compra, lo que amerita que muy pocos y en contadas ocasiones, salgamos a los distintos comercios de plaza a hacer gastos suntuosos, estos son los innecesarios, cuando lo que percibe un trabajador común, que son la inmensa mayoría de la población apenas le da para pagar las cuentas básicas y con el resto, tiene que comer todo el mes.
El ciclo de compras que hacía la población en la mayoría de los casos de forma desmedida e irresponsable se cortó y eso se hace sentir.
Pero pocos reconocen esta situación y a la hora de hablar de la economía del país resumen todo en un simplismo tal como la clásica frase “está fea la cosa”, como si se tratara de una cuestión ajena a ellos mismos o algo que está en el éter, y entonces siguen en la misma pasividad de siempre esperando que alguien solucione los problemas.
El otro aspecto que influye y mucho para que el comercio local esté pasando angustias, es la inmensa presión tributaria que padece alguien que, pretendiendo lanzarse a la aventura de tener un negocio propio, debe soportar previo a ver el resultado de su trabajo. Días pasados una joven mujer, cerró las puertas de su local de ventas que estaba ubicado en pleno centro de la ciudad.
La misma comentó que si bien los productos que vendían le ayudaban a pagar los onerosos costos fijos que tenía en su comercio por el solo hecho de abrir las puertas cada día, la idea era poder vender para pagar los costos y ganar dinero que le permitiera sustentarse. Pero el sistema impositivo tiene otra realidad y no especula con la productividad del comerciante, sino que le obliga a hacerse cargo de una serie de tributos que deben ser abonados sí o sí, venda mucho, poquito o nada. Y esa realidad es la que genera desazón, desilusión y fomenta la evasión en muchos aspectos, donde la gente prefiere seguir el ejemplo de los comerciantes informales instalados en el Paseo de Compras y no pagar una inmensa carga de impuestos. Eso les permitiría no solo bajar los precios de las mercaderías que ofrecen, sino además poder trabajar desde la comodidad de su casa y correr menos riesgos. Aunque esto no es lo que debe hacerse, el Estado debe tomar medidas para que esas prácticas que rondan en la cabeza de muchos, sea cada vez menor, estimulando al comerciante a formalizarse, aunque para esto deberían disminuir la presión que cargan sobre los mismos.
El Estado debería procurar buscar soluciones para este embate de endeudamiento que está padeciendo la población y aflojar un poco con la carga impositiva también a los trabajadores de todos los rubros que son la gran mayoría de este país y los que andan en la calle a diario buscando trabajar para sobrevivir.
Ahora que viene el año electoral aparecerán soluciones mágicas desde algunos sectores y es buena cosa escuchar a todos, creerle a algunos y exigirle a unos cuantos que en el caso de seguir en las esferas del poder o sumarse por primera vez a ella, donde pueden hacer algo para que esta realidad cambie, peleen para poder generar una situación menos angustiante para la gente, porque hablar de justicia social desde un escritorio caro, solo hace que la palabra justicia la sepan por el diccionario pero no se acuerdan que debe ser un concepto presente para hacer que todos vivan cada vez mejor y no haya tanto agobio como el que hoy existe.
Los problemas de la sociedad son muchos, pero sin libertad económica, la población ve limitada muchos aspectos de su vida y esas libertades son las que hay que proteger y garantizar. En un país donde se dice que la economía crece, la gente no puede estar pasando tan mal, viviendo una inflación de casi el 10% y con una canasta básica superior a cinco salarios mínimos. Quizás ante tanta propuesta política que se escuchará de aquí en más, haya que empezar por acá, porque vivir en Uruguay no puede ser tan caro.

HUGO LEMOS