No queremos tanto palo

No queremos tanto palo

El ulular de las sirenas policiales son cada vez más frecuentes y es señal de que las cosas se están complicando. El provincianismo salteño con el que bautizaban las autoridades ministeriales tiempo atrás a la situación de seguridad que se vivía en Salto, va quedando paulatinamente más lejos.
Pero el hecho no afecta solamente a nuestro departamento, sino que el país mismo es el que ha ido cambiando su matriz social, algo que viene acompasado con el mundo en el que vivimos, donde los códigos de convivencia se resquebrajan como un vidrio roto a medida que la brecha social se agranda y expande sus desigualdades.
La fragmentación social se genera cada vez más y es algo que duele. Pero es real y la situación de inseguridad obedece a varios factores que ya escapan a coyunturas específicas. La convivencia entre personas tan distintas tiene todo para ser en paz. El hecho de hacerla violenta e insegura es nuestra responsabilidad. Es culpa de todos, no de un gobierno o de una situación particular y concreta, sino de quienes hacemos que este mundo sea tal cual lo vivimos.
No se puede decir que un ministro va a hacer que las cosas cambien, porque solo es un funcionario rodeado de asesores que le dicen que dé más palo aquí o allá, pero las cuestiones de fondo no las va a cambiar. Tampoco va a lograr que la mentalidad de ciertas personas cambien, no podrá generar que tipos que tienen la cabeza podrida y son capaces de zamarrear a una pobre abuelita para sacarle el bolso y robarle la plata para comprarse droga, se recuperen de un día para el otro y digan ‘bueno está bien, nos equivocamos y no lo vamos a hacer más’.
El ministro podrá implantar políticas represivas un poco más severas, pero no puede ir contra un problema que es estructural en la sociedad uruguaya y que no se arregla ni con el “sopapo indagatorio” como nos decía en la Facultad el eximio profesor de Derecho Penal, Eduardo Pesce, ni tampoco diciendo que se van a reforzar las políticas educativas y que se le van a dar oportunidades de trabajo a las personas que delinquen para que no lo hagan más.
Eso es un cuento de hadas que no se lo cree nadie. El gobierno no lo cree, la oposición sabe que eso no sirve y que es un cuento chino, y los delincuentes saben que si les dan trabajo, ellos lo rechazan porque son una versión casi pura del anarquismo, no quieren patrones, ni nadie que les imponga orden ni responsabilidades.
En una entrevista concedida por el ministro Eduardo Bonomi al semanario Búsqueda hace algunas semanas, el jerarca confiesa que dentro de las cárceles uruguayas hay “presos que intimidan a otros que trabajan, para que no lo hagan más, así pueden organizar el delito afuera”, algo que habla a las claras de una realidad carcelaria que solo genera más crimen dentro y fuera del lugar.
Y que muestra que el sistema de rehabilitación tal como está planteado no sirve, si no va a acompañado de medidas estructurales, apoyo con recursos humanos calificados, con infraestructura adecuada, con métodos que generen hábitos y que ayuden a la gente a cambiar su forma de pensar, a estar motivados para hacerlo y a querer aprender valores, para saber que otra vida muy distinta a la que tienen y llevan, es posible.
Y en este caso cabe consignarlo, lo que hace el gobierno departamental de Salto con el Instituto Nacional de Rehabilitación, de contratar un grupo de reclusos para que trabajen y ganen un sustento para sus familias, transmite valores tan elementales como la dignidad, la responsabilidad y el esfuerzo para obtener resultados que impacten de forma positiva en el seno familiar.
Ahora, el delincuente por naturaleza, el que está convencido que es delincuente de profesión, entiende que esa es su vida y que no va a cambiar porque su perfil es ese y que si le va mal y “pierde”, cae preso o muere, es la ley de juego que eligió vivir, con esas reglas y que esa es su vida. “Las rejas no se comen a nadie”, me decía un preso en la cárcel de Salto hace algunos años aduciendo que ese era su lugar, porque cuando saliera de allí lo que mejor sabía hacer era ir a robar, y que estaba en su personalidad y no lo iba a cambiar. Por lo tanto manejaba una estancia entre rejas como una posibilidad latente. Como si fuera parte de lo que le podía tocar en la ruleta rusa que eligió jugar, porque a nadie por tocarle nacer en un lugar deplorable, mísero y pobre, está confinado a vivir así el resto de su vida. Eligen hacerlo cuando crecen, como el alcohólico o el violento que elige ser de esa forma.
No estoy de acuerdo con los que dicen que son delincuentes porque nacieron pobres y no tuvieron de pequeños a alguien que les diera amor, contención y las cuestiones materiales básicas como para salir adelante en la vida.
Conozco mucha gente que nació en la nada misma, que tuvo una infancia muy difícil, pero que no se autodiscriminaron por haber vivido así y sin embargo salieron adelante, trabajaron duro y crecieron con un espíritu de superación envidiable, cuyo pasado los fortaleció e hizo que todo finalmente diera resultados positivos, por lo cual no me trago la pastilla de que el delincuente roba porque es pobre y no tiene lo que quiere y por eso lo roba.
La gente que es pobre, es trabajadora y honesta como cualquier persona, así que descarto por completo la criminalización de la pobreza. Además no creo en la pobreza material sino en la mental, en aquel que se limita y lastima con su forma, ese es un ser peligroso. No por no tener bienes sino por ser pobre de mente.
Por otro lado, creo que el tipo que mató al vecino de Carrasco en Montevideo, o el mismo que cometió el brutal asesinato del productor rural en Sopas este fin de semana en Salto, como el que roba motos en la esquina de Uruguay y Córdoba, o comete rapiñas armadas contra comercios como el caso del 24 horas de la plazoleta El Reloj, son personas con pobreza mental y espiritual que un ministro o un grupo de policías nunca podrán combatir, sino buscan que una vez que puedan capturarlo, lo ayuden con asistencia profesional para que encuentre su lugar en el mundo y deje de hacer daño.
Podrán cambiar el ministro, brutalizar a la Policía, darle un arma a cada ciudadano y abolir el delito de homicidio para estos casos, pero estoy convencido que solo generaremos más violencia en la sociedad, más temor e inseguridad en todos los sectores de la población, y que pasaremos a vivir en un todos contra todos, profundizando un mundo de desconfianza y de terror establecido que no ayudará en nada a terminar con la delincuencia sino que la misma pasará a ser algo permitido y todos podremos terminar convirtiéndonos en lo que tanto tememos.
Así que debemos tener cuidado con lo que reclamamos, porque en vez de ayudar a generar una sociedad con políticas de fondo, que atiendan los casos puntuales de desviación en la conducta que se dan, podremos armar una guerra y terminar perdiendo por siempre la batalla.
HUGO LEMOS







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