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No se enseña en las aulas

Volver a clases cada año es como si se tratara de volver a empezar una y otra vez. “La vida es una escuela”, me dijeron, “y cada uno está en la clase que puede”, me comentó una persona con mucha experiencia por todo lo que ha vivido. Se trata de una nueva etapa en la vida que debemos valorar como una nueva forma de seguir impulsándonos y generando cosas nuevas y positivas para nuestra existencia.  familias [1]
No se trata únicamente de estar sentado en un aula escuchando al profesor, sino que esa simbiosis colectiva que surge, o al menos debería surgir, en la relación entre los docentes y los educandos, refiere a un proceso de absorción mutua del conocimiento, donde unos se nutren de los otros, donde aprender, va de la mano con educar y esto otro con formar, y con saber y poder enfrentar con importantes herramientas el mundo competitivo y cada vez más vertiginoso en el que vivimos.
Pero hoy el inicio de clases son solamente una señal de que la vida es un aprendizaje en sí mismo y que debemos pasar por una institución formal que nos brinde formación académica y que nos ponga en contexto, con las antenas bien paradas para especializarnos en determinados roles y así poder cumplir un papel en la sociedad en la que estamos insertos.
Aunque nada haremos bien si esa formación académica se vuelve un conocimiento acotado en sí mismo a lo que aprendimos en el aula y no una herramienta válida para desenvolvernos en la vida.
Porque más importante que aprender bien a comprender el lenguaje y a analizar un texto, o a resolver un problema matemático, o a saber de historia para conocer por qué vivimos en una sociedad como la que debemos soportar cada día; es poder aprender a saber llegar a casa y cómo interactuar con nuestra familia y nuestros hijos, que pasan a conformar el esquema más importante en nuestras vidas.
Porque por un lado, podemos en el aula aprender a ser buenos en el oficio o profesión que hayamos elegido para desarrollar en nuestra vida. Podemos saber ser los mejores en la ciencia o arte que queramos profesar. Pero si no sabemos ser buenos hijos, hermanos, padres, tíos o abuelos, no seremos buenos seres humanos, pasaremos a ser personas incompletas y nos faltará lo más importante, poder compartir nuestra existencia con los seres que más queremos.
Mucha gente atraviesa hoy el llamado “mal de la separación”, la vorágine, el estrés, la falta de espacios para la vida en familia y el compartir entre todos un espacio que permita aceptarse, quererse, perdonarse y comprenderse, termina con la solución más fácil, que es que las uniones se disuelvan, con ello las familias y el entramado social se deshilacha cada vez más, con situaciones complejas que se trasladan al resto de los órdenes de la vida.
Por eso hoy encontramos muchas veces a los niños y adolescentes en los distintos centros educativos, perdidos en sus valores y principios; porque además la realidad social ha impuesto nuevas formas de vida y de carencias en las personas, donde la nueva constitución de las familias, ya que hoy se habla de familias ensambladas como si nada, algo que está bien pero que ilustra la manera de vivir que tenemos, demuestra que los cambios que nos proponemos como sociedad deben tener un rumbo para enseñarle a los más jóvenes, a las generaciones que vienen, que deben poner por encima de todo, la situación personal, el amor a sus familias, el compartir con los hijos, en definitiva, la felicidad humana de la que habló en su discurso más famoso en Río de Janeiro hace algunos años, el expresidente uruguayo, José Mujica.
La felicidad humana no se enseña en ninguna escuela, no se aprende en ningún aula, no se da en ningún diploma. Se aprende con la vida misma, el tener amigos, el querer disfrutar de los momentos con nuestros seres queridos, el respetar, tolerar y comprender a quienes tenemos a nuestro lado, es algo que debe primar en nuestras familias, porque si eso ocurre, lo demás solo será esfuerzo personal para superar obstáculos pequeños, ya que el motor de la amistad y de la familia nos ayuda a llegar a cualquier puerto.
Nuestra sociedad vive momentos críticos como tal, pero demuestra una frialdad y un distanciamiento para tratar ese problema que se sumerge en el primer caso absurdo que aparezca, con el fin de dar una discusión sobre el mismo cosa que nos consumamos hablando idioteces sin llegar a una reflexión que nos ayude a vivir mejor.
Yo considero en cambio, que estos son tiempos de debatir y analizar cosas importantes, cosas que en las aulas no las vamos a ver nunca, porque tampoco es el ámbito, pero sí en nuestra casa, en el desayuno, en el almuerzo o en la cena, tenemos que mirarnos a los ojos y decirnos cuánto nos queremos. Con ellos superaremos cualquier obstáculo, de eso estén seguros.

HUGO LEMOS