No tienen derecho a dejarnos sufriendo

Eran cerca de las cinco de la tarde de un día soleado. No recuerdo si era fin de semana, creo que no. No pasó hace mucho tiempo, sino que la faceta de verano que tiene la segunda mitad de la primavera ya se había hecho sentir. Iba caminando por el centro cuando los vi, raudamente. Tan raudos, que me quedé con el corazón en la boca.
Se trataba de un muchacho, de no más de 30 años de edad que iba en moto, con el torso desnudo por el calor que hacía en ese momento piloteando un birrodado (como dicen los tediosos y confusos partes policiales) de 125 centímetros cúbicos, a la que le faltaban algunas partes. Delante de él, en el tanque de la moto, llevaba a un pequeño de no más de 3 o 4 años de edad, el que iba apenas con un casco de niño que hasta flojo estaba. Ambos iban a una velocidad de unos 60 kilómetros por hora, mucho más de lo necesario para cualquier vehículo que circule en la ciudad, algo que ponía en riesgo la vida de ambos de manera ineludible. muerte
Pero al conductor de la moto pareció no importarle demasiado el tema y siguió con su gracia de desplazarse a alta velocidad en pleno centro de la ciudad y con un niño a cuestas. Un angelito que no tenía idea del riesgo al que lo estaban sometiendo, un pequeño inocente que era punta de lanza en caso de que el inescrupuloso que conducía esa arma de matar lo como era en ese momento la motocicleta que manejaba, a esa velocidad y en pleno centro, tuviera un milimétrico fallo y entonces el pequeño saldría despedido.
No sé si era su padre, tío o hermano, tampoco sé si se traba de su vecino. Lo que sí sé es la rabia que sentí al ver semejante atropello a la inocencia de un pequeño, por parte de un desquiciado que desprecia la vida y que se somete a esos juegos de la muerte como es conducir a alta velocidad en caminos intensamente transitados como puede serlo el centro de la ciudad, encima en días hábiles y en horas pico.
El hombre siguió su destino y por lo que sé hasta ahora, ese pequeño salvó su vida porque el impertinente y cobarde sujeto, habrá logrado frenar hasta llegar a destino sin generarle un rasguño. Pero el acto de violencia fue vivido por igual y ese niño llevará en su mente el viaje a toda velocidad que tuvo ya desde pequeño, donde ojalá que no pero seguramente querrá imitarlo en el futuro, ojalá que con la misma suerte que esa tarde.
Todas estas cosas dan bronca y mucha. Sobre todo cuando se expone a esa rueda de la muerte que es el tránsito a todas las personas posibles que circulen en la calle en ese momento y además a un niño que no puede defenderse, que no tiene la noción, la inteligencia ni la fuerza suficiente como para decir basta, en ese momento. No tiene el tamaño adecuado como para poner un pie en el freno y tomar del pescuezo a quien lo está exponiendo como escudo y dejando su vida a merced de la suerte.
Vivimos en una ciudad de poco más de 120 mil habitantes, con algunos miles más circulando a diario. Tenemos un parque automotor que supera los 80 mil vehículos, algo que no puede alegrar a nadie ya que se ha vuelto una cifra demencial, al punto que generamos un caos en el desplazamiento regular de las personas y un riesgo para la vida humana que es inminente.
Según las estadísticas, pero las reales, no la que hacen los gobiernos para quitarse culpa de encima, en Salto cada año se mueren un poco más de 20 personas por siniestros de tránsito. En su mayoría absoluta son hombres, jóvenes y que conducían motocicletas al momento de protagonizar el siniestro que les causó la muerte.
Esas personas en un altísimo porcentaje son los responsables de su propia muerte. Son quienes con su impericia, imprudencia o negligencia (concepto de la mala praxis) hacen que la muerte los espere a la vuelta de la esquina. Y se los lleve sin preguntar demasiado, y sin darles ningún tiempito para despedirse ni avisarle a los familiares que son los que se quedan sufriendo en este mundo, que ellos decidieron irse con la parca al otro lado. El motivo, razón o circunstancia (como decía el eximio y recordado Profesor Girafales) no lo conocemos. Pero con sus actitudes eligen hacerlo. Y lo hacen.
Las personas que entregan su vida a la velocidad de una moto, son tan irresponsables que no valoran su propia existencia, no la aprecian. Es más, la aborrecen, por no usar otro término más peyorativo y exponen a sus familiares, a sus seres queridos, al sufrimiento más intenso que se pueda sentir, sin importarles la situación de quebranto emocional permanente a la que pueden exponer por el resto de sus vidas a quienes más los quieren y están junto a ellos.
Ellos son tan irresponsables que no se dan cuenta que no tienen derecho a matarse de esa manera y dejar a sus familias sufriendo el resto de sus vidas, generando incluso una tristeza tan profunda que terminan con la vida del otro, que tanto sufre por su desaparición física que termina dejando de vivir, llevándoselos consigo por el mero hecho de su cinismo, egoísmo y mezquindad.
Conozco el caso de un padre que murió de tristeza a los dos meses de fallecer su hijo en un accidente de moto, así como también hay otros que luchan cada día por seguir adelante, por recordarlo de la mejor manera posible y tratar de evitar que a cualquiera de los suyos le pueda pasar algo similar.
Empero, esa posición en la que se encuentran quienes juegan diariamente con sus vidas al desplazarse de manera irracional en un vehículo, genera el lamento eterno de los que aquí quedan, pensándolo y esperando el momento del reencuentro porque la vida se les hace inaguantable. Repudio a quienes creen que pueden hacer lo que ellos consideran con sus vidas, manejándose de la forma más imprudente posible y menos responsable, para generar tristeza, lamento y dolor.
Ojalá no vuelva a ver más esa escena en la que un idiota circula alta velocidad con un niños como escudo, aunque temo que pronto veré esto y algo más.

HUGO LEMOS










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