Políticas mixtas para atender la violencia

Caminar por las calles de la ciudad en horas de la noche ya no es como antes. La tranquilidad provinciana que prevalecía en los distintos barrios de la ciudad terminó hace rato. Ahora dejar una moto estacionada en la puerta de una casa es motivo de que su dueño vaya a cada rato a ver que todavía está ahí. Escuchar un ruido en el fondo de una casa es motivo de preocupación y hasta de llamar a la Policía, y cobrar el sueldo implica ir al cajero cuando haya mayor seguridad. violencia
Las cosas cambiaron, la sociedad en su conjunto fue mutando con el paso del tiempo. Pero todo tiene un porqué, las cosas no fueron por capricho, no fue que de un día para el otro empezó a pudrirse la manzana y aquellos niños que crecían en los barrios jugando a la bolita y al fútbol en el capito después de venir de la escuela, decidieron salir a robar, o a meterse donde no debían porque sí nomás. Hubo problemas más drásticos en nuestra vida cotidiana que llevó a ello y que hoy lo vemos con preocupación.
Y todos somos parte de la responsabilidad de todas las cosas que ocurren, pero principalmente las instituciones y el sistema son la columna vertebral de todo este embrollo al que le llamamos espiral de violencia y del cual estamos apesadumbrados, y nos tiene a mal traer.
Salto no es una isla, no vivimos ajenos al mundo, somos parte de la aldea global, nuestros niños ya no usan camisetas de Nacional y Peñarol hace mucho tiempo, solo quieren comprarse las del Barcelona y del París Saint Germain, porque ese es el mundo para ellos, mirar por el celular los partidos de la Champions, algo que para sus padres es nuevo porque no vivieron esa era y sentían por algún informativo radial en el capítulo internacionales y encima cuando era una noticia muy importante, hablar de equipos europeos. Hoy Messi erra un tiro al arco y nuestros niños lo comentan en el campito del barrio.
Pero mientras tanto, la pobreza sigue campeando. Y es a todos los niveles. Para unos la pobreza y el disparador de los casos de violencia en el centro de sus vidas, que es en sus propios hogares, es la falta de dinero, la ausencia de empleo y los problemas que ello lleva con carencias de todo tipo, pero principalmente de valores que lleven a la gente a tener hábitos de trabajo, valores como el respeto y la tolerancia, y cosas por el estilo no existen porque hay hambre y cuando eso pasa, nada importa.
Aunque en otros ámbitos de nuestra sociedad, donde salen al mediodía en coche para ir llevar a los chicos al colegio también existe violencia, hay mezquindad, traición, insultos y degradación de valores. Allí no falta el dinero, pero sí el amor y los más pequeños lo perciben. Lo sienten y lo palpan. Entonces la violencia es general y se hace carne y parte estructural de una sociedad que no quiere ver esto, para no tener que hacerse cargo de nada y trasladar el problema hacia los de siempre, los que nada tienen y por ende, nada valen, entonces es más fácil culpabilizarlos de todos nuestros males y endilgarles que quienes “trabajan los mantienen a ellos y a sus hijos”, nada más lejos de la realidad que esa falsa premisa desde la cual se quiere construir un discurso para tener la excusa perfecta de impulsar la fragmentación social, a la cual estamos asistiendo de una manera más acelerada.
Lamentablemente, cuando el sistema nos impone el hecho de que todo pasa por el dinero que se gane y en función de eso es el acceso a la vida, la pelea se vuelve cada vez más feroz y todo se convierte en una jungla, donde debe prevalecer la astucia del más fuerte, del más astuto, del más inescrupuloso, del que quiere superar al otro para aplastarlo, verlo pasar y sentir que puede lograr más cosas que el otro por el merito propio.
Pero la violencia se ha traducido actualmente en los delitos de poca monta, en los errores que tengan otros, esos de los que no se espera nada y de los que nadie quiere hacerse cargo, sino que pedimos más cárcel y castigo en lugares totalmente inadecuados para recuperarlos y para volverlos personas útiles para la sociedad. Muchos de ellos quieren y necesitan una segunda oportunidad, pero para eso tenemos que mirarlos como iguales y darles la chance que realmente esperan, porque en ese caso, estaríamos ayudando a toda las sociedad a vivir mejor.
Por estas horas, hay un sector de la sociedad que pide penas más duras para quienes cometen delitos, sobre todo graves. Esas personas que han crecido al desamparo social y a los que les dimos la espalda hasta hoy, ahora queremos castigarlos de manera mucho más severa porque se están comportando de la manera que todos esperábamos, por la forma en la que crecieron.
Por otro, hay quienes piden entender que la violencia no se soluciona con más cárcel sino educando y construyendo lugares adecuados para esto, con políticas públicas que realmente tengan incidencia y como hasta ahora que se han llenado de técnicos y burócratas, además de políticos, que a la vista está no han solucionado el problema.
No sé si Salto es el segundo lugar del país con más delitos después de Montevideo o si el Don Atilio es el barrio más peligroso, como lo dijo el presidente del Centro Comercial, Nicolás Sant’Anna al diario El País, pero lo que sí sé, es que si las instituciones públicas y todos los que aparecen ahora con la varita mágica de las soluciones no se juntan y establecen políticas mixtas de desarrollo social con impacto profundo en los distintos ámbitos de la sociedad, seguiremos hablando de robos y rapiñas por el resto de nuestra existencia.

HUGO LEMOS







El tiempo

Ediciones anteriores

noviembre 2018
L M X J V S D
« oct    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

  • Otras Noticias...