Que sirva de ejemplo

La primera vez que los vi estaban sentados en un banco de la calle Uruguay, de esos que están a los costados como para que uno descanse y observe el movimiento céntrico. Era un miércoles por la tarde, ellos eran tres y al verlos te llamaba la atención una pancarta que tenían como carta de presentación, que uno no termina de leer pero alcanza con saber que se trata de una familia de venezolanos.
Pese a que iba algo apurado y con mi dulce hijo de la mano, no dudé en parar a preguntarles quiénes eran y porqué estaban allí. Me contaron que emprendieron la salida de su tierra natal hacía 7 meses, que huyeron de la dictadura de Maduro que viene ultrajando a ese país caribeño ubicado a miles de kilómetros de aquí desde hace años, y que lo hicieron en aquella recordada marea humana en la que huyeron millones de personas por vivir en una nación vilipendiada por el crimen organizado en forma de aparato estatal. brillante
El régimen dictatorial de Nicolás Maduro no solo amañó elecciones para llegar al poder y mantenerse por muchos años más que cualquier líder democrático, sino que además formó un parlamento paralelo que responde al dictador y a sus secuaces, y que al igual que lo hizo Juan María Bordaberry en 1973 en el Uruguay, Maduro abolió el Poder Legislativo donde estaban representadas todas las ideas para imponer su propia voluntad y gobernar con el poder militar al que le otorga prebendas y beneficios permanentes paras que no lo traicionen.
Pero esta familia, compuesta de tres personas, entre ellos un niño que tendría la edad de mi hijo, huyeron de ese país hacia algo que pensaron podría ser un lugar mejor, porque según le informaron había un país en el que las cosas funcionaban medianamente bien y había otras posibilidades, como las que ellos ya no tenían. Ese lugar, que ellos dijeron era un «país mejor» que el que habían dejado atrás, se llamaba Uruguay y el lugar que buscaron para poder asentarse y empezar de nuevo, se llama Montevideo.
Esta familia de tres, que no se separa nunca y que está en ese proceso de encontrar un mejor destino, no tuvo reparos en hablar de lo que han estado sufriendo en aquel país. No dudaron un segundo en llamar dictador a Maduro ni en criticar la situación por la que atraviesa, el otrora país más rico de Sudamérica.
Dijeron que la situación que se vive allá no es como la muestran por televisión, sino que es «mucho peor, allá no hay medicinas, los hospitales no funcionan, la educación no tiene recursos, la empresas privadas cierran porque no pueden vender sus productos, no hay nada. Lo poco que queda en Venezuela, lo tiene el señor Diosdado Cabellos que se ha vuelto el dueño del país», dijo este venezolano con dolor e impotencia.
Y siguió haciendo su catarsis «nosotros sufrimos mucho antes de tomar la decisión de irnos, nadie se quiere alejar de su país, no queríamos estar lejos ni un segundo, pero no nos queda otra. No tanto por nosotros, sino por él (señalándome al pequeño que recostado sobre el regazo de su madre, comía un paquete de galletitas), porque no podemos darnos el lujo de que si se llega a enfermar, no tener donde atenderlo».
Estaban con cara de tristeza, rabia e impotencia por la situación que viven en aquel país, y enseñaban la dureza de dejar su tierra, de tener que irse de su país probablemente para siempre y de tener que enfrentar una dura y cruda realidad, solamente comprensible por las personas que durante la dictadura debieron dejar el Uruguay por ser perseguidos por el régimen y por no poder expresarse libremente.
El régimen que hoy se apoderó de Venezuela no permite la libertad de prensa, no respeta la libertad de pensamiento y exige y reprime a todas aquellas manifestaciones que sean opositoras a su gobierno. Lo que genera que personas como éste venezolano, que no quiso cámaras porque fue consultado acerca de si podíamos hacerle una entrevista y publicarla, a lo que se negó tajantemente porque dijo, «no estoy para hacer publicidad sino para resistir y poder salir adelante con mi familia», lo cual comprendimos.
Ayer, lo vi nuevamente en esta situación, aún en nuestra ciudad, pero un punto distinto. Estaba haciendo exactamente lo mismo y su hijo pequeño se encontraba sentado junto a su madre, con el equipaje a cuestas y el dolor de saberse lejos de casa, pero consolado en la búsqueda de un futuro mejor para él y su familia.
Es buena cosa que el Uruguay se dé cuenta de las posibilidades que tiene en este bendito país, regado de republicanismo y democracia, donde priman los derechos por sobre las imposiciones. Y esto es un mensaje importante no solo para nuestros gobernantes, sino también para aquellos que, sabiendo que la democracia está más vigente que nunca lanzan consignas antidemocráticas, cayendo en los excesos que ellos mismos dicen querer evitar.
Espero que quienes hayan visto a esta familia venezolana peregrinando desde el lejano extremo norte de la América del Sur, que sientan en carne propia lo que padece el pueblo venezolano y que valoren más que nunca la democracia, repudiando cualquier forma de totalitarismo. El Uruguay es un país distinto, que le brinda a sus habitantes las posibilidades de crecimiento adecuadas y el uruguayo debe valorar eso más que nunca, dejar de quejarse tanto y empezar a querer más a su país.
Y un deseo que emerge más que nunca, ojalá que el régimen en aquel país, caiga pronto.

HUGO LEMOS