Se trata de ser educado

“Siempre que te subas a un ómnibus y veas que una mujer embarazada, o mayor de edad, o un hombre ya adulto mayor, vayan parados, dejáles el asiento, ellos lo precisan más que vos”. Ese fue un consejo que me dieron en mi casa, una enseñanza de vida, una forma de comprender las cosas como son y como deben ser.
Para mi no significaron otra cosa que respeto, tolerancia, compartir y ayudar a que el otro se sienta bien, nunca lo tomé como un acto machista, por el contrario, esas cuestiones de género que hoy se ven exacerbadas muchas veces me parecen ridículas, porque lo que generan son más diferencias sociales y una brecha innecesaria entre hombres y mujeres, que en vez de generar condiciones de igualdad, apuntan a tirar a separar más a la sociedad.
El otro día leía lo que le pasó nada más y nada menos que al destacado escritor español Arturo Pérez Reverte, quien narró en una notable editorial que cuando estaba entrando a una librería en Madrid, le cedió el paso a una mujer en la puerta del lugar, ya que cuando este iba a ingresar se topó con la señora, la cual, en vez de agradecerle el gesto de buena educación, se lo increpó diciéndole que era un gesto machista.
El escritor quedó anonadado con la respuesta de la mujer, ya que no entendía cómo al querer cederle el paso a alguien, podían acusarlo de cometer violencia de género. Entonces se preguntaba si él, que acostumbraba a ceder el paso a la gente más allá del sexo que ostente el individuo destinatario de su actitud, cometería un acto similar cuando el paso se lo cedía a un hombre.
Sin embargo, las políticas de género apuntan al reconocimiento de los derechos de las mujeres y de los distintos colectivos sociales que componen nuestra sociedad. Sobre todo de estos últimos, porque enfatizar el derecho de la mujer suena a que la misma antes no era reconocida, y quizás no lo haya sido en su plenitud, aunque nuestro país ha sido pionero al igual que Inglaterra en esto, y las mujeres han conquistado espacios de poder, merecidamente, porque tienen la misma capacidad que cualquier hombre, por la sencilla razón de que son personas y seres humanos al igual que los demás, entonces sin importar su género, tienen la misma potencialidad de desarrollo de sus capacidades al igual que los hombres.
Eso nadie podría negarlo, sería un disparate el solo hecho de pensar lo contrario. Vivimos en un mundo gobernado por mujeres fuertes, inteligentes, destacadas y tremendamente poderosas, a la vista están quienes gobiernan y han gobernado el mundo como Angela Merkel, Michelle Bachelet, antes Margaret Tatcher, y probablemente en un futuro cercano Hillary Clinton lidere a la nación más poderosa del mundo. También tuvimos ejemplos más cercanos como el de Dilma Rousseff, y aunque a mi juicio no es un buen ejemplo, al menos estuvo en el poder y cabe mencionarla a Cristina Fernández.
Pero estoy seguro, que a ninguna de estas personas que acabo de nombrar, se les ocurriría pensar que porque alguien les dé el asiento en el ómnibus o les ceda el paso al ingresar a un lugar, están siendo pasibles de un gesto machista, porque sería absurdo ponerle una etiqueta a un gesto de buena educación.
La buena educación, que es la que se ha perdido en estos tiempos, pasó de ser algo natural a ser una cuestión singular, extraña y hasta en ciertos momentos mal entendida por las personas que no la conocen. Vivimos en tiempos donde todo da lo mismo y hasta contradictoriamente así, permitimos la violencia contra niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, hombres y mujeres, lesionamos los valores de la gente, queriendo suplantarlos por una nueva idea de vida donde no importa nada y todo lo validamos; cuando por otro lado se exige respeto y cumplimiento de los derechos de ciertos sectores sociales, que tienen los mismos derechos que los demás, pero que se excluyen para ser distintos y reclamar derechos diferentes, casi como que estén por encima de los derechos de los demás.
Eso no es defender el género de nadie, no es pelear por mejores condiciones de vida para gente que ha sido hostigada siempre, sino que es hacer parecer que hay gente diferente que merece un tratamiento especial y que no se ve comprendida en el principio constitucional de que “todos somos iguales ante la ley”.
El otro día me encontré a una mujer conocida, cuando la vi con sus hijos pequeños y me decía que venía de hacer mandados y que cuando llegara a la casa tenía que cocinar, hacer los deberes de la escuela con sus niños y después aprontarlos para dormir, yo pretendí elogiarla diciéndole que era una “muy buena madre” y me formuló determinados epítetos, no contra mi, sino contra la vida, porque se sentía frustrada ya que su hogar era monoparental entonces entendía que los demás pensábamos que esa lista de actividades que me había anunciado estaba dentro de su rol de mujer y que a su juicio eso era un mandato social equivocado y no sé cuánta cosa más.
Traté de hacerla entender que muchas veces a mi como padre me tocaba hacer algo parecido, más allá de que no vivía en un hogar monoparental, usualmente tenía que levantar a mi hijo del jardín, hacer los mandados, darle de comer, cuidarlo y extender por ello mi horario laboral, entre otras cosas, pero de igual forma, eso para esta persona no era lo mismo.
El hecho de tener que enfrentar un mundo donde los hombres que ella conocía vivían solteros y usando su tiempo para el ocio, acotaba su mirada a que había que derrocar lo que ella entendía que era un mandato social por el cual tenía que cargar sola con sus hijos, porque pasaba de ser persona a un burro de carga. Pero traté de explicarle que así era la lamentable situación que ella debía soportar, aunque aún así podía cambiarla cuando quisiera.
Si bien vivimos en una sociedad donde la violencia de género campea, esta es la que se da por el aprovechamiento de la condición que ostenta la víctima con su determinado género y no por otra cosa, no es bueno naturalizarla y trasladarla a todos los ámbitos de la vida y a todos los sectores sociales y a los problemas que nos tocan vivir a diario, porque eso termina tergiversando el verdadero sentido de la lucha por los derechos y los espacios que reclaman tanto las mujeres como determinados colectivos sociales.
Por eso no creo que debamos ser extremistas de pensar que cuando un hombre quiere ser amable con una mujer está sometiéndola a su dominio o algo parecido, por el contrario, se trata de una persona que quiere ser amable con otro ser en su misma condición y si lo hace con buena educación y corrección, es algo que alienta a creer que un mejor mundo aún es posible.

HUGO LEMOS







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