Siempre están junto a nosotros

Uno de los grandes recuerdos que tengo de mi madre, es ir a verla trabajando en el Liceo. Yo tenía unos 8 o 9 años y me iba caminando desde nuestra casa en la zona del barrio Huracán, hasta su salón de clases. Eran unas seis o siete cuadras y yo las hacía con gusto. Llegaba al centro educativo, subía la escalera y me iba hasta la puerta del aula, con el pecho hinchado de orgullo para verla dar sus clases. madre
Después me enteré que los alumnos me escuchaban llegar y esperaban ver mi cabellera pelirroja, que entonces la era, asomar por la ventana que tenía cada puerta de los salones del Liceo Ipoll. Yo la escuchaba hablar y me sentía tranquilo que ella estaba donde dijo que iba a estar, entonces era una manera de sentirme seguro y protegido.
Luego la acompañaba del brazo hasta la Sala de Profesores y esperaba que guardara las Libretas en su Casillero. Me acuerdo que en aquel entonces, fines de los 80, todos los profesores tenían uno, donde gurdaban además de las libretas alguna bolsita con tizas y un borrador, que se compraban porque por lo general en el liceo no había.
Siempre vi a mi madre trabajar y dar todo por nosotros. No hacía otra cosa, además de leer para sus clases y ocuparse de la casa. Pero lo más importante de todos esos recuerdos que tengo bien guardados en mi memoria, son los efusivos elogios que recibía sobre ella de parte de sus alumnos. Una vez, estaba sentado al borde de una larga escalera que teníamos en la puerta de la casa donde vivíamos por la calle Cervantes.
Era un día soleado y yo estaba allí, tranquilo, sin mucho que hacer, cuando de repente pasa un hombre vendiendo cuadros, una actividad que en aquel momento se hacía mucho en un carrito sobre ruedas. Y la persona que guiaba ese carro, me pregunta por mi madre, naturalmente para tratar de venderle alguno de los varios que llevaba apilados para poder hacerse el pan del día.
La llamé y el vendedor le ofreció si quería comprar alguno de ellos, a lo que mi madre, luchando para vivir el día con lo que ganaban en aquella época los docentes, le contestó que no, pero son la amablidad que la caracteriza, agradeciéndole la oferta. El hombre la miró, bajó sus lentes y le dijo “¿usted no es la profesora de Filosofía?”. “Sí”, contestó mi madre ya esbozando la sonrisa que la caracteriza, a lo que el joven vendedor se dirigió a mi y me dijo “te felicito por la mamá que tenés, además de buena profesora es muy buena persona”, y yo que no quise ser menos le dije “muchas gracias, ya lo sé”.
Así las cosas tengo la dicha de tenerla todavía, y en lo personal mi madre siempre fue motivo de orgullo para mi, porque es un ser de luz de esos que la vida te pone adelante, no solo como madre, que tengo la dicha de que así sea, sino también para que te dé sus enseñanzas.
Muchas veces no las valoramos, no les damos la atención que merecen y tampoco estamos con ellas cuando más nos necesitan, porque pucha que sí nos necesitan, como nosotros las necesitamos a ellas sin saberlo, cuando nacimos, cuando crecimos, cuando vivimos nuestras dificultades, nuestras necesidades, nuestras alegrías pero sobre todas las cosas, nuestras tristezas, desazones y frustraciones en la vida.
Ellas siempre están. Ayer particularmente fue un día especial porque es buena cosa recordarlas y tenerlas siempre presentes, aún si no las tenemos físicamente, ya que no dejan de ser nuestras madres y su legado, lo que nos transmitieron en la vida, es lo que cuenta, es lo que vale. Sé que debe ser muy fácil decirlo, escribirlo en este caso, pero sentirlo debe ser una cruz muy fuerte, que es parte del aprendizaje de la vida.
Nuestras madres siempre dieron todo de sí por nosotros, son esos seres que no van a dejarse vencer fácilmente, sabiendo que siempre nos tienen a nosotros que somos su razón de vida. Y nosotros no podemos olvidar eso. Tenemos que venerarlas y cuidarlas cada día, aceptarlas con sus defectos, que quizás con el paso de los años podamos notarles alguno, pero que si en ellas lo vemos, en nosotros esa caraterística puede verse acentuada, porque venimos de ellas y somos lo que ellas nos han enseñado.
Pero también están las madres que por el hecho de cargar con la cruz de haber perdido a sus hijos no dejan de serlo. Son esas personas especiales que estarán toda la vida siendo la madre de, y esa persona que ha pasado a mejor vida, sigue siendo su hijo. Y así como ellas lo recuerdan, ayer en el Día de la Madre, algunas fueron a llevarles ellas una flor. Algo que conmueve hasta el alma y que hace doler hasta el hueso. Pero no nos olvidamos de ellas por ningún instante.
Ayer particularmente me acordé de varias personas que conozco, cuyos hijos están en su corazón y su presencia las ilumina y las convierte en esos seres de luz que son.
Sentí un agradecimiento enorme a la vida por estar aún al lado de mi madre, por tenernos y por seguir ambos nuestro camino en la vida, que no es el mismo ni debe serlo, pero debe estar supeditado a la preexistencia del hijo a la madre, porque no debe ser al revés, pero en caso que se dé, la madre no dejará de serlo jamás.
Por eso recordar a una madre es sentirla cerca, y sentirla cerca no es abandonarla con la razón y con el corazón. Es acompañarla, estar con ella y comprenderla todos los días, porquelo que nosotros le podamos criticar ahora, es lo que nos criticarán nuestros hijos a nosotros algún día y lo que a nosotros nos dolerá igual que lo que le puede doler a nuestra madre, que nosotros hagamos eso con ella.
Recordemos que no hay abrazo más calido, protección más segura, palabra más sagrada y aliento más puro que el de una madre. Porque ella tiene en su corazón el amor que nadie más tendrá por nosotros. Y si no lo entendemos por las razones de la vida que sean, cerremos los ojos y pensemos un segundo en cómo queremos a nuestros hijos, y lo comprenderemos enseguida, y no querremos hacer otra cosa que darles un abrazo. O en todo caso, elevar nuestra mirada al cielo y sentirla junto a nosotros, como siempre ha estado y estará, sin lugar a ninguna duda.

HUGO LEMOS

 







Recepción de Avisos Clasificados