Sin respeto no hay convivencia

Como mi madre trabajaba y yo todavía no podía pronunciar palabras, mi abuela Amalia se hacía cargo de cuidarme. Estamos en Florida, la ciudad donde nací en marzo del año 1979. Esa mujer a la que siempre llamé y llamaré Abuela, era la madrina y tía de mia mamá, puesto que mi abuela materna falleció antes que yo naciera.
Pero Amalia era una mujer que estaba siempre dispuesta a dar una mano a quien se lo pidiera, y crió a mi madre y trabajaba por su comunidad religiosa, era dispuesta con los vecinos y ayudaba a todo el barrio. Era una mujer luchadora, que había quedado viuda, y no se creía menos que nadie por eso. Al contrario, siempre se mostraba orgullosa de ser una madre y abuela capaz de dar todos los días de su vida por lo que más le apasionaba, vernos crecer.  machismo
Mi madre, trabajaba de sol a sol en los liceos, con un sinfín de horas docente para poder ganar un salario que le diera para pagar la olla. Por más que eso fue difícil ella nunca se doblegó, siempre siguió para adelante y nos daba el ejemplo que al mal tiempo buena cara. Fue una mujer que se entregó a su trabajo y a sus hijos.
En ellas les quiero reflejar el ejemplo de dos mujeres trabajadoras, luchadoras y que transmitieron su legado de valores y principios, sin creerse menos que nadie y sobre todo, sin creerse menos que un hombre, porque eran personas que en sus cabezas no entraba eso de que al hombre había que atenderlo. Ellas trabajaban para ganarse su sustento y adoptaron la responsabilidad de criar hijos y nietos sin temor alguno.
Es en ellas que yo veo el Día Internacional de la Mujer, en personas así, que se levantan cada día para trabajar en lo que han elegido hacer y en tomarse el trabajo de salir de su labor, que por lo general es su vocación y siguen trabajando, porque educan a sus hijos en sus casas para que sean personas de bien, que persigan sus sueños y que piensen libremente.
Son mujeres que están al pie del cañón de domingo a domingo, las 24 horas del día, sin pensar que si es tarde o temprano, y cuyo respeto y honorabilidad deja un legado inmenso para todos nosotros que somos las generaciones posteriores, las que las vimos actuar, las que sentimos que debemos imitar su forma de ver el mundo, que no es pensando lo mismo, sino haciendo lo mismo, dejándonos pensar y hacer a nuestra forma, pero con respeto, tolerancia, esfuerzo y humildad. Creyendo que la igualdad no es un slogan, es una realidad.
Y que cuando hablamos de igualdad, creemos que realmente existe, porque sentimos que esa igualdad nos debe llevar a respetar, a tolerar, a sentir que nadie es más que nadie y que todos nos debemos la solidaridad que impone la convivencia pacífica, para poder expresar nuestras ideas y voluntades a través de esa libertad que nos hemos ganado.
Por lo tanto, condeno totalmente que un grupo de inadaptadas mujeres quieran manchar al movimiento feminista arrojando pinturas contra una Iglesia, porque la historia de esa institución es mucho más grande que los errores y horrores cometidos por algunos de sus integrantes. Así como le pasa al pueblo estadounidense, cuya bandera que enarbola a todo el crisol de razas que viven en ese grandioso país, es quemada habitualmente y vilipendiada por quienes denostan a su gobierno, que hace muchas maldades por el mundo, pero que no representa el corazón de los norteamericanos.
Tampoco los feligreses católicos avalan la pederastía, el abuso sexual de sacerdotes hacia monjas y mujeres, el hostigamiento que han hecho a lo largo de su historia algunos de sus integrantes, pero que no representan los ideales de la institución. Por eso, ese hecho no empaña el grito de rebeldía que dieron las mujeres el 8 de marzo, pero muestra la intolerancia de muchos por no salir a condenar ese acto.
También es repudiable el acoso y violencia recibido por la hija del precandidato comunista Oscar Andrade, también es condenable el acto de vandalismo sufrido por el comité Mario Benedetti en Montevideo, pero no escuché nada de mucha gente que debería haber dicho “muchachas paren la mano, la institutción no son todos, y esos pocos que han atacado a las mujeres sean de donde sean, merecen el repudio de todos”.
No estoy haciendo una defensa a ultranza de la Iglesa Católica, que en este caso lo merece, sino que hago un llamado al respeto y a la tolerancia, como forma de convivir en democracia y en una sociedad que está cada vez mas dividida, más fragmentada, donde las diferencias nos ganan día a día. Donde la hipocresía de quienes dicen defender a las mujeres los hace verse en el espejo cuando realmente se dan cuenta que han hecho las cosas mal durante años y que con una marcha no resuelven nada.
Entonces debemos repensarnos como sociedad hacia dónde vamos y hasta dónde queremos ir. Porque cuando ya no haya tolerancia, ni respeto, ni responsabilidad por los actos de vandalismo que cometemos, todo se irá al carajo, y ahí vendrá la anarquía, el vale todo y la falta de conciencia social nos llevará a un estallido de violencia constante.
Hoy vivimos en una sociedad dividida y fragmentada, pero tenemos que ponernos a pensar qué sociedad queremos dejarle a nuestros hijos, porque en ellos nos va la vida. Pero para pensar en eso, primero tenemos que quererlos y contenerlos, cobijarlos cada día, entonces estaremos aprendiendo a ser más tolerantes y a asumir nuestras responsabilidades, más allá del sector o grupo al que queramos pertenecer.

HUGO LEMOS