Tan dignos como ayer

Cuando golpearon la puerta de mi casa ayer por la tarde, mi pequeño hijo los atendió y al rato regresó muy serio, raro en un niño de 5 años, diciéndome: papá hay dos personas que quieren hablar con vos. Me dirigí raudamente hacia la puerta y allí estaban ellos, eran muy jóvenes, parados con sus harapos y sus pelos revueltos, tatuajes que se confunden prácticamente con cortes en sus brazos y un mal aspecto que genera desde la inevitable sospecha, hasta cierta pena. pobres
Es que se trataba de muchachitos jóvenes, a esos que la vida les corrió mal, pero ellos se encargaron de que su suerte no cambiara y siguiera siendo aún peor. Tenían una bolsa en la mano con varias naranjas que supuestamente alguien se las había dado, eso fue lo que me dijeron, tampoco reparé mucho en el tema porque no me interesaba.
Enseguida me pidieron disculpas, incluso antes de darme las ‘buenas tardes’ con las que cualquier persona te recibiría, por lo cual ya pensé que tras esto vendría el mangazo, porque cuando se juntan un par de pibes que están necesitados frente a cualquier persona y te piden perdón de antemano, es porque algo te van a pedir.
Pero a continuación, me pareció muy bueno y justo su planteo, a lo cual no pude hacer otra cosa que acceder de inmediato. Me pidieron “que les dé la changa” de llevarse un ramal seco y bastante grande que tenía desde hacía un par de meses en el frente de mi casa, tras una acumulación de dos podas que por distintas situaciones e inundaciones mediante, no pudieron ser levantadas por la comuna, aunque me habían anunciado que en breve lo harían.
Sin embargo, decidí apoyar a estos muchachos en sus deseos de ganarse algún dinero “para parar la olla” como ellos mismos me lo manifestaron. En ese sentido, se pusieron el trabajo encima de un momento a otro y casi sin que yo me diera cuenta, ya estaban cargando con todo lo que allí había, haciéndolo con entusiasmo y ganas por terminar de una buena vez, no sin antes cumplir con su tarea y así percibir un dinero que por mínimo que sea, les daba el orgullo de que era una plata bien ganada con el fruto del sudor de su frente.
El hábito del trabajo genera muchos valores positivos en todas las personas, porque a todos nos resulta satisfactorio poder percibir un salario o un honorario profesional, luego de haber cumplido con una tarea específica y recibir una remuneración por ello. En ese caso, cuando dos jóvenes que a todas luces están por fuera del sistema, que viven la exclusión en carne y hueso diariamente, y piden una oportunidad, es bueno dársela, confiar en que la van a cumplir e incentivarlos a que sigan por ese camino.
A estos dos, que ayer golpearon la puerta de mi casa, los ayudé a juntar las ramas y hojas secas que estaban en la vereda y mientras tanto, traté de motivarlos para que siguieran actuando de esa manera en la vida, mas allá de las situaciones que les haya tocado vivir en forma particular y por las cuales se mostraban notoriamente golpeados, como si todo fuera subir por una montaña y nunca estar del lado de los que disfrutan, o al menos del lado de los que tienen una oportunidad.
No voy a negar que no hubo momentos en los que no me vi invadido por el prejuicio, pero de inmediato, cuando los vi trabajar con ganas y agradecidos, me di cuenta que no lo hacían por el dinero que pudieran recibir a cambio, sino por la confianza que se les había transmitido al darles la chance de hacer algo productivo sin mayores cuestionamientos. Confiando en la capacidad que tenían de hacer las cosas, sin que nadie estuviera diciéndoles el cómo hacerlo, porque ellos le ponían el empuje necesario como para hacer girar la rueda.
Ese tipo de cosas son muy importantes si tomamos en cuenta que nos vivimos llenando la boca de querer tener una sociedad democrática, con libertad e igualdad de oportunidades, pero muchas veces no le damos igualdad de nada a nadie, sino que lo que pensamos y queremos es ver en el espejo que nosotros mismos ponemos a la gente, de la forma en la que nosotros queremos verla, para de esa manera sí aceptarlas como iguales y decir que si le damos un empleo, una chance de trabajar, estamos siendo justos, cuando en realidad solamente estamos siendo mezquinos porque nos creemos que tenemos el poder de decidir quiénes son buenos y quiénes no, en función de lo que nos entra por los ojos.
Estos dos jóvenes, tuvieron por varios minutos una sonrisa en sus rostros y hablaban de igual a igual con quien esto escribe, al punto que me tomé la libertad de darles un par de consejos para sus vidas, tan simples como el decirles que se valoraran y se quisieran por cómo eran. Por lo tanto insté a uno de ellos a dejar de hacerse marcas en el cuerpo, que vaya a saber uno bajo qué circunstancias se las hizo y porqué. Pero seguramente que lo que tenía en el momento de autoflagelarse no era otra cosa que temor, inseguridad y rencor.
Al otro le dije que le pusiera a la vida las mismas ganas que le estaba poniendo a cargar las ramas por unas monedas. Me dijo que tenía solamente 17 años de vida, aunque la vida le hacía decir que tuviera muchos más.
Los veía y me acordaba haber escuchado una vez al presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, decir que el estudio es el mejor trabajo que le podemos dar a nuestros jóvenes, sin embargo, estos jóvenes no saben lo que es eso de sentarse a estudiar, tampoco sabían lo que era que alguien les diera confianza y motivación para trabajar y no quiero jactarme de ello, porque lo mío fueron solamente unos minutos.
Pero si pudieran seguir ese mismo camino a diario y encontraran respuestas todos los días, seguramente cambiarán algún día sus harapos por algo más decente que ponerse, que los haga sentirse dignos y quizás dejen algún día la mala vida que los ha acompañado hasta ahora, para tener un lugar donde refugiarse y salir adelante.
Para esto necesitan creer y para creer, deben sentir que todos les transmitimos confianza, esa que solamente se da cuando se siente de verdad, sin prejuicios. ni hipocresías. Ojalá que hoy puedan cargar otras ramas, que los hagan sentir tan dignos como ayer.







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