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Tan simple como el abecedario

El cartelito estaba colgado a un costado de la ventanilla de la farmacia del Hospital, uno de los servicios más concurridos del principal centro asistencial que tiene el departamento con más de 73 mil usuarios. Estaba impreso en una hoja tipo A 4 de color blanca de las de oficina, con letras en mayúscula. Se trataba del abecedario, algo que llamó la atención de algunos de los que ocasionalmente allí nos encontrábamos, por motivos muy distintos a una atención médica. educacion [1]
No tengo el privilegio por el momento, por una cuestión de elección temprana pero no irrevertible, de ser usuario de ASSE, sin embargo, mis tareas cotidianas me llevaron hasta allí. El lugar estaba colmado, la gente hacía fila y los funcionarios no paraban de entregar los medicamentos. Además andaban las autoridades cerca lo que al parecer generaba que había que cumplir la tarea con mayor rigor. Pero ese cartelito me llamaba la atención y me hacía picar mucho la curiosidad, al punto que decidí que tenía que saber porqué estaba eso ahí.
¿Por qué en la ventanilla de la farmacia de un hospital tenía que haber un abecedario colgado? El hecho me hizo acordar a los salones de clase de mi querida escuela de la calle Bilbao, donde al final del aula, en lo alto, estaba colgado el abecedario con sus letras mayúsculas y las minúsculas al lado, para que las mismas fueran identificadas y nosotros aprendamos sin tener dudas.
Entonces pregunté. Una funcionaria que andaba en el lugar en ese momento me respondió y ahí casi caigo como en aquellas viñetas del célebre personaje chileno, Condorito, y hago ¡Plop! La mujer me dijo con algo de resignación: “es para que los usuarios no se confundan, porque como muchísimos de ellos no saben el abecedario, como el llamado en la farmacia es un número con una letra, siempre venían a consultar qué letra era la que seguía después de la que tenían en su papel. Entonces para facilitarles la cosa, los funcionarios decidieron colgar un abecedario, así la gente mira su número y si la letra no le coincide ya sabe cuál es la que viene después”.
Ante mi incredulidad y mi espanto confeso, la mujer me miró muy seria y me reafirmó: “mire que hasta estudiantes de liceo con sus respectivos uniformes, que vienen a sacar medicamentos para ellos o para sus familiares, nos hacen la misma pregunta que un anciano o un trabajador rural, sobre qué letra sigue después de la que figura en el número que tienen en la mano”.
La respuesta fue mucho peor de lo que pensaba. Se me cayó el alma a los pies y enseguida se me vinieron mil cosas a la cabeza. A mi de chico siempre me habían enseñado que Uruguay era ejemplo en todo el continente por el nivel de alfabetización que tenía en la población. Se hablaba de hasta un 99% de personas con conocimientos básicos de lectura y escritura, lo que te da la pauta que al menos el 90% de la gente sabe el alfabeto de la A a la Z. Quizás no una multiplicación con quebrados, ni los elementos de la tabla periódica, tampoco hacer dibujos en proyecciones, o las leyes básicas de la astronomía, pero sí leer, escribir, y el abecedario o alfabeto.
Pero los tiempos han cambiado mucho. Yo hablo de lo que aprendí en los años 80, cuando el país salía de una dictadura y se suponía que los tiempos que venían eran mejores, donde la calidad de la educación iba a ser mucho mejor porque habría una educación sin restricciones, más democratizadora y con un alcance muy superior a todos los niveles. Los docentes así lo reclamaban cuando a mediados de los años 90 se opusieron a una reforma educativa impulsada por el polémico entonces presidente del Codicen, Germán Rama, diciendo que si prosperaba la misma, los niveles educativos caerían estrepitosamente. Entonces los gremios docentes y los estudiantes de la época vociferaban que el país precisaba mejorar el modelo educativo en calidad y contenido.
Y así pasaron los años, pero se ve que las situaciones que vivió el país, con la crisis económica y social mediante, los tremendos problemas estructurales que esto generó como el crecimiento de la pobreza y de los niveles de inseguridad, con el rompimiento del entramado social y la escalada de pérdida de valores, determinaron que la calidad de la enseñanza en los centros de estudios de nivel público se deteriorara.
Y uno se preguntará ¿porqué pagan los liceos públicos con el desinterés de los docentes y no tanto los liceos privados? La misma pregunta me hice durante mucho tiempo hasta que creo que algo descubrí. El docente concurre al liceo público y allí cree que puede exigir que primero le paguen el sueldo, le den el beneficio de hacer carrera, de estar en el escalafón docente, de poder tener trabajo siempre y de hacer un paro cuando quiere. Pero en el sector privado, las cosas son distintas porque existe la movilidad y de un plumazo. Allí, donde seguramente el docente hasta gana menos que en el liceo público, corre para llegar en hora, da todo el programa y se cuida de no faltar porque si no, lo sacan de un tiro y ponen a otro en su lugar, y se pierden ese plus del que no viven, pero sumado al sueldo público, cómo ayuda.
Entonces le dan más prioridad al ingreso secundario que al principal, porque este es seguro y siempre hay una excusa para decirle que ‘hoy no puede ir’. Algo que se comprueba con solo ir cada día a una adscripción pública y a otra privada el mismo día y preguntar quién fue a trabajar y quién no. No digo que sea en todos los casos, ni siquiera en la mayoría, pero es un mal de muchos y eso el propio gremio lo sabe.
Y yo también lo sé. En primer lugar, porque soy hijo de la educación pública, hice escuela pública, liceo público y universidad pública. En segundo lugar, porque viví todas las épocas de la enseñanza, ya que mi madre fue profesora de Secundaria durante 40 años de manera ininterrumpida, entonces veo y he visto cómo se gestaban los cambios en los niveles educativos desde adentro y cuáles eran los usos y costumbres que contribuyeron a la debacle educativa.
Todo esto hasta que ganó el Frente Amplio, porque la entelequia de que los problemas se terminarían para siempre, porque ahora sí, los que tanto habían criticado al sistema y sabían cómo hacerlo, llegaron por fin al poder y entonces iban a poner en práctica todo lo que sabían.
Primero fue el debate educativo a través de comisiones organizadoras territoriales las cuales integré y puedo decir con propiedad que solamente terminaron siendo una ensalada desabrida de cosas que nada tenían que ver con la calidad y el contenido del sistema de enseñanza que el Uruguay merecía. Tanto así, que el gobierno terminó votando una ley de educación que era antagónica a la que surgió como conclusión de todos esos debates y se lo hizo como respuesta al menjunje de cosas que pusieron en la mesa en vez de hacer lo que tenían que hacer.
Después vino la era Mujica, donde los gremios docentes se fortalecieron aún más al punto que formaron parte de la toma de decisiones de la educación, y hubo marchas y contramarchas en todas las cosas, de manera igual o peor a las que había antes que la izquierda gobernara. Y tras esto, volvió casi espantado por todo lo que estaba pasando, Tabaré Vázquez y su célebre discurso “voy a cambiar el ADN de la educación”, que le duró hasta que nombró a una mujer como María Julia Muñoz, que lo único que ha hecho es pelearse con los sindicatos de la educación, con los gremios de estudiantes, con los mandos medios y echar a dos figuras claves que podían dar una mano para acercarse al plan de Vázquez sobre el ADN, como eran Juan Pedro Mir y Fernando Filgueiras.
Hoy lo escuchamos a Wilson Neto hablar de la universalización de la educación, de lo hermoso y asombroso que es ver cómo la educación pública llega a todos los barrios de Montevideo, a todas las ciudades del interior, a todos los pueblos del interior profundo, pero no dice nada de qué calidad de educación es la que le está haciendo llegar a la gente, de qué tipo de aprendizaje es el que le da a los niños y adolescentes que cuentan con un sistema que apunta a una cada vez más acentuada fragmentación social, que coincidiendo con lo que dijo en Salto el director de Ceres, Ernesto Talvi, es acaso el mayor de los problemas que tenemos como sociedad y del que poco hablamos.
La fragmentación es algo tangible, tanto como el desastre educativo que se plasma en que haya gente que no tenga oportunidad de educarse, al punto que solamente concurre a un liceo pero no sabe las letras del abecedario y culpa de eso puede llegar a perder algo tan importante y necesario como un medicamento para poder seguir viviendo. Mal, pero viviendo al fin.

HUGO LEMOS