Todo seguirá igual

Están en la calle haciendo malabares, pidiendo monedas a todo el que se le cruce, haciendo “el 2” como le dicen cuando acompañan a un amigo suyo que logra conseguir trabajo y por tal motivo, hay que ver cómo lo hace y también sentirse bien porque el otro lo logró, ya que en definitiva pudo llegar a ser alguien porque tiene un empleo, que le da un salario y eso lo dignifica.
Esas personas, son las que se sienten olvidadas por la sociedad, ya que viven en un subsistema donde nada se puede y donde tener lo básico, es ya haber conseguido lo mejor y ser parte de una vida que los tiene afuera.
Ellos viven en el submundo de la pobreza y la marginación, y son miles de jóvenes de todos el país, cuyas edades oscilan mayormente entre los 15 y los 30 años de edad. Saben que a ese tiempo ya tendrían que tener una preparación, cualquier oficio, arte o profesión que los anime a hacer algo por sí mismos, con lo cual poder ganarse la vida. pobreza
Sin embargo, el sistema no está hecho para contemplarlos adentro, porque los necesita afuera. Para que haya ricos, debe haber pobres y para que haya distintos tipos de clase media y baja, que es la que está a un paso de llegar a la pobreza, debe existir gente como ellos.
Es una triste y pesada cadena que ha existido siempre y que seguirá siendo así, porque son necesarios para que otros puedan ganarse la vida a costa de ellos. Instituciones, técnicos, burócratas, jefes y mandos medios, autoridades de gobierno y el que llega a dominar todo el asunto, que no es el que figura sino el que está detrás de todo, haciendo que la rueda siga girando y que nosotros seamos el ratóncito que corre y corre en el mismo sentido sin llegar a ningún lado.
Esa construcción social, por más que se me endilgue de tener una visión muy pesimista de la misma, es la que tenemos y tendremos por los tiempos que vendrán. La fragmentación social se ve de una manera formidable por las calles de la ciudad hoy en día, cuando notamos la diferencia de educación de algunos que fueron a los lugares indicados y se dedicaron horas para tener ese conocimiento que además los acercó a otros espacios de desarrollo personal, donde adquirieron otros aprendizajes para darse cuenta que debían alejarse de algunos puntos que son oscuros y que siempre van a existir por más que el gobernante de turno, sea del color que sea, diga que los quiere erradicar.
No solo porque en realidad no quiere erradicarlos, sino porque tampoco puede hacerlo. Porque hay otros como él, que necesitan que esa gente y esos lugares estén ahí, y no se desaparezcan nunca más, para que haya gente como ellos que siga mandando.
Es como el dueño de una empresa, al que no le sirve que su empleado, que es el que le hace todo el trabajo que debería hacer él para elaborar el producto que pone a la venta y con el que gana dinero, y que no solamente no sabe hacerlo tan bien como lo hace su empleado, sino que tampoco quiere hacerlo, no le sirve que el mismo encima se especialice, se perfeccione, adquiera más conocimiento, piense que puede explotar sus potencialidades con las capacidades adquiridas por él mismo, porque en ese caso terminará siendo su competencia, o peor aún, el que lo termine dejando en la calle porque no solo hace bien el producto, sino que además conoce los secretos del mismo, el know how y eso lo pone a la delantera. Claro, solo si se ese empleado, se da cuenta de que su valor es mayor a la vida que tiene.
De lo contrario seguirá siendo el empleado del de siempre, por el resto de sus días, hasta alcanzar la jubilación y pasar a ser el mal considerado anciano de una sociedad que los condena al ostracismo y que les brinda todo lo peor y lo último siempre.
Porque ser anciano en este país es una condena. Hasta la jubilación la cobran después de que todos ya tuvieron sus monedas en el cajero, y hayan ido en fila a sacar del cúmulo de billetes los tres que le tocan del montón, para que la plata no les alcance y empiecen a quejarse y la sociedad se vuelva un caos, un lío imparable, donde todos protestan. ¿Todos? No, claro, hay quienes están sentados mirando desde las pantallas, con el control social en sus manos cómo esa parte de la sociedad está enferma y desquiciada por no poder tener el nivel de consumismo al que ellos llegan sobrados y que han creado para que el confort siga en manos de quienes debe seguir.
La sociedad del conflicto es la que tenemos y la que veremos en los próximos tiempos, cuando la herramienta Consejo de Salarios, creada por los que piensan que puede haber un equilibrio social se ponga en funcionamiento y termine siendo el mismo caos de siempre. Cero resultados, más dolores de cabeza, más despidos, más achiques, más protestas en las calles y más problemas para las masas y para los que intentan gobernar, que saben que tienen enfrente esta vez a un ejército de dueños de medios de producción que ya no quieren ceder más, sino volver a poner sus propias reglas.
Pero tampoco serán ellos los que darán la batalla, sino que verán como se destrozan allá abajo y luego buscarán darle un final feliz, para ellos claro, a todo esto. Agarrando la bolsa del dinero, tirando una pelota de fútbol a la montonera y que todos vayan a ver el Mundial, que es más importante, porque qué importa si comemos todos los días y podemos pagar las cuentas, cuando Suárez hizo tres goles y Uruguay ganó el partido.
El problema de la pobreza y la marginación es parte del caos social que debe haber en una sociedad que hoy se asusta porque haya focos específicos de violencia, contra los que se alarma y los hace causa común, cuando en realidad, una vez que se despiden de esas marchas, todos tomar para lados distintos, yendo cada uno para su casa sin importarle lo que le pasa al otro.
Esa construcción social de indiferencia, mezquindad e hipocresía, es la gente problemas de fondo, estructurales, de una violencia cada vez más creciente. Por lo tanto, no importa cuántos policías haya, tampoco cuántas marchas se realicen y mucho menos cuántas reformas tenga el sistema judicial, tanto en cuestiones de forma (en la estructura del proceso), como de fondo (en el contenido de las leyes), la violencia seguirá porque la sociedad no va a cambiar nunca, y eso todos lo sabemos. Así que pensemos un poco, antes de gritar tanto.

HUGO LEMOS







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