Un mundo distinto

Cuando era niño caminaba con tranquilidad por mi barrio, ya que era impensable lo contrario. Dejar la puerta abierta o sin llave, era lo más normal del mundo. Que los vecinos estuvieran sentados en la puerta de su casa, conversando con el de al lado también lo era, y el hecho de jugar en la vereda con total tranquilidad mientras mis padres hacían los quehaceres adentro de casa no suponía ningún riesgo para ellos.

Sin embargo, los tiempos cambiaron, hoy los códigos de convivencia son otros muy distintos, la estructura cultural de la sociedad es diferente, el valor del respeto se ha perdido en demasía y eso ha dado lugar a la desconfianza de unos a otros, como el principal factor en las relaciones interpersonales en el mundo contemporáneo.

Es muy poca la gente que atiende a alguien en su casa y le permite entrar, sobre todo cuando éste lo que quiere es ayuda o simplemente un vaso con agua, o algo por el estilo. Ahora miramos detrás de la puerta, preguntamos un ¿¡quién es!?, de manera imperativa, antes de manipular el picaporte y verle la cara a quien osa invadir nuestra intimidad y acercarse a nosotros sea cuál sea el motivo que lo llevó a nuestro hogar.

Lo que pasa es que estamos hartos de los vivos, de los que van en busca de una ventaja y de los que quieren envolverte para sacarte algo. Todos los días en cada hogar de Salto alguien golpea la puerta pidiendo algo, vendiendo alguna cosa o solicitando apoyo para una causa cualquiera, y eso ya irrita a una sociedad cuyos integrantes tienen problemas de todo tipo, y no quieren más dramas de los que ya viven.

Empero, aún hay gestos que se rescatan. Ayer por la mañana, un padre le había comprado un helado a su pequeño hijo y éste, lo había disfrutado tanto que hasta lo compartió directamente con su ropa. Las manos estaban embadurnadas del pegote tradicional del helado palito, que ayudado por el fuerte sol que hubo en la mañana, se derretía por todos lados y emanaba por sus manos como si fuera un manantial.

El hombre comenzó a impacientarse porque algo tenía que hacer para dejar de ser un enchastre andante, no podía seguir caminando con el pequeño a cuestas porque estaba siendo víctima de la crema pegajosa de menta que había comprado en otro estado hacía tan solo unos minutos, en una conocida heladería de la Zona Este. Además, venía cargado de bolsas con víveres comprados en la feria dominical, mientras en el otro brazo, con las fuerzas que le quedaban sujetaba al pequeño, quien inquieto por naturaleza, lo hacía caminar con la mayor de las dificultades, a la vez que convertía su camisa en un trapo sucio que el pequeño usaba de mantel. A esto, cabía agregarle el calor tórrido que conspiraba para enervar más el malestar del hombre.

Entonces fue cuando caminando por la calle Agraciada, vio una puerta abierta. La misma que veía siempre cuando era niño en la casa de sus vecinos, esos que ya no están en este mundo, como tampoco lo están las puertas abiertas en las casas. El sujeto, como un oasis en el desierto, tuvo la sensación de haber visto el espejismo de una mujer que le estiraba los brazos para ayudarlo, como lo hacían sus vecinas, las abuelas del barrio, que sin importar el momento y la ocasión, siempre estaban dispuestas a ayudar, a dar una mano, en definitiva, como buenas madres de otras épocas, a meterse en todo para servir al más pequeño del lugar, sin importarle si ese era su hijo, sobrino, nieto o vecino, ellas ayudaban a todos por igual, porque habían crecido así y ese era el mundo que conocían, muy distinto al nuestro de ahora, y espero que no lo siga siendo, pero más difícil es que suceda lo contrario, y peor será el que le vayamos a legar a nuestros hijos.

Fue así que el hombre ya medio al caerse porque el equilibrio le estaba fallando, paró en la casa con la puerta abierta y tocó timbre. Desde el interior y con paso cansino, salió una mujer mayor, una abuela, con vestido largo, cara alegre y gesto simpático, y con la buena educación de las señoras de otras épocas preguntó: ¿en qué lo puedo ayudar? El hombre la miró con más simpatía aún y le pidió si podía permitirle a su hijo lavarse las manos e higienizarse un poco, así seguirían la marcha con mayor dignidad.

La mujer lo miró con una sonrisa, se conmovió con la mirada profundamente tierna de la criatura, y le pidió al hombre que pasara, usara su baño y hasta le ofreció una toalla para que ambos pudieran estar más cómodos. Una vez esto, y preguntando todos los datos filiatorios del niño, le contó que tenía un nieto casi de la misma edad y hasta le insistió en que se quedara o volviera más tarde en lo posible para que los niños jugaran entre sí.

Casi atónito con lo que le estaba pasando, el hombre quedó maravillado, se despidió muy agradecido con la mujer, se retrotrajo a su pasado y recordó cuando en el barrio todos le pedían que fuera a su casa así alegraba con sus cuentos de niño, las tardes de aquellas abuelas tan cariñosas como solitarias, y por un instante, se sintió mejor persona, caminando con otra postura, acomodando las bolsas de un lado y al niño del otro, en definitiva yendo más cómodo.

Pero a la cuadra volvió a vivir en el presente cuando siguió viendo casas con las puertas enrejadas, ventanas cerradas, gente que salía de su casa y cerraba dos veces la puerta, y miraba con recelo, de reojo a quien pasaba por al lado, apretando su bolso como para estar seguros y tranquilos de que sus pertenencias estaban a salvo.

¿Qué nos pasó en todo este tiempo?, se preguntó el hombre. ¿Qué fue lo que perdimos?, ¿por qué ahora no podemos mirarnos un segundo a los ojos con tranquilidad, hablarnos en forma sincera, darnos un apretón de manos y confiar en el otro? Ese no es el mundo que queremos para nosotros, ni mucho menos para nuestros hijos.

El tema pasa por nosotros mismos, por tener más confianza en el otro, más paciencia, mejor trato, más respeto, menos intolerancia y más comprensión. Es que si no ponemos nuestro granito de arena para poder manejarlo, para poder cambiarlo, para mejorarlo, estamos fritos, ya que si no cambiamos nosotros, y no lo hacemos ahora, nadie nos va a salvar de vivir en un mundo cada vez más frío, con menos valores y con más odio. Y eso no podemos permitirlo.

HUGO LEMOS

uando era niño caminaba con tranquilidad por mi barrio, ya que era impensable lo contrario. Dejar la puerta abierta o sin llave, era lo más normal del mundo. Que los vecinos estuvieran sentados en la puerta de su casa, conversando con el de al lado también lo era, y el hecho de jugar en la vereda con total tranquilidad mientras mis padres hacían los quehaceres adentro de casa no suponía ningún riesgo para ellos.
Sin embargo, los tiempos cambiaron, hoy los códigos de convivencia son otros muy distintos, la estructura cultural de la sociedad es diferente, el valor del respeto se ha perdido en demasía y eso ha dado lugar a la desconfianza de unos a otros, como el principal factor en las relaciones interpersonales en el mundo contemporáneo.
Es muy poca la gente que atiende a alguien en su casa y le permite entrar, sobre todo cuando éste lo que quiere es ayuda o simplemente un vaso con agua, o algo por el estilo. Ahora miramos detrás de la puerta, preguntamos un ¿¡quién es!?, de manera imperativa, antes de manipular el picaporte y verle la cara a quien osa invadir nuestra intimidad y acercarse a nosotros sea cuál sea el motivo que lo llevó a nuestro hogar.
Lo que pasa es que estamos hartos de los vivos, de los que van en busca de una ventaja y de los que quieren envolverte para sacarte algo. Todos los días en cada hogar de Salto alguien golpea la puerta pidiendo algo, vendiendo alguna cosa o solicitando apoyo para una causa cualquiera, y eso ya irrita a una sociedad cuyos integrantes tienen problemas de todo tipo, y no quieren más dramas de los que ya viven.
Empero, aún hay gestos que se rescatan. Ayer por la mañana, un padre le había comprado un helado a su pequeño hijo y éste, lo había disfrutado tanto que hasta lo compartió directamente con su ropa. Las manos estaban embadurnadas del pegote tradicional del helado palito, que ayudado por el fuerte sol que hubo en la mañana, se derretía por todos lados y emanaba por sus manos como si fuera un manantial.
El hombre comenzó a impacientarse porque algo tenía que hacer para dejar de ser un enchastre andante, no podía seguir caminando con el pequeño a cuestas porque estaba siendo víctima de la crema pegajosa de menta que había comprado en otro estado hacía tan solo unos minutos, en una conocida heladería de la Zona Este. Además, venía cargado de bolsas con víveres comprados en la feria dominical, mientras en el otro brazo, con las fuerzas que le quedaban sujetaba al pequeño, quien inquieto por naturaleza, lo hacía caminar con la mayor de las dificultades, a la vez que convertía su camisa en un trapo sucio que el pequeño usaba de mantel. A esto, cabía agregarle el calor tórrido que conspiraba para enervar más el malestar del hombre.
Entonces fue cuando caminando por la calle Agraciada, vio una puerta abierta. La misma que veía siempre cuando era niño en la casa de sus vecinos, esos que ya no están en este mundo, como tampoco lo están las puertas abiertas en las casas. El sujeto, como un oasis en el desierto, tuvo la sensación de haber visto el espejismo de una mujer que le estiraba los brazos para ayudarlo, como lo hacían sus vecinas, las abuelas del barrio, que sin importar el momento y la ocasión, siempre estaban dispuestas a ayudar, a dar una mano, en definitiva, como buenas madres de otras épocas, a meterse en todo para servir al más pequeño del lugar, sin importarle si ese era su hijo, sobrino, nieto o vecino, ellas ayudaban a todos por igual, porque habían crecido así y ese era el mundo que conocían, muy distinto al nuestro de ahora, y espero que no lo siga siendo, pero más difícil es que suceda lo contrario, y peor será el que le vayamos a legar a nuestros hijos.
Fue así que el hombre ya medio al caerse porque el equilibrio le estaba fallando, paró en la casa con la puerta abierta y tocó timbre. Desde el interior y con paso cansino, salió una mujer mayor, una abuela, con vestido largo, cara alegre y gesto simpático, y con la buena educación de las señoras de otras épocas preguntó: ¿en qué lo puedo ayudar? El hombre la miró con más simpatía aún y le pidió si podía permitirle a su hijo lavarse las manos e higienizarse un poco, así seguirían la marcha con mayor dignidad.
La mujer lo miró con una sonrisa, se conmovió con la mirada profundamente tierna de la criatura, y le pidió al hombre que pasara, usara su baño y hasta le ofreció una toalla para que ambos pudieran estar más cómodos. Una vez esto, y preguntando todos los datos filiatorios del niño, le contó que tenía un nieto casi de la misma edad y hasta le insistió en que se quedara o volviera más tarde en lo posible para que los niños jugaran entre sí.
Casi atónito con lo que le estaba pasando, el hombre quedó maravillado, se despidió muy agradecido con la mujer, se retrotrajo a su pasado y recordó cuando en el barrio todos le pedían que fuera a su casa así alegraba con sus cuentos de niño, las tardes de aquellas abuelas tan cariñosas como solitarias, y por un instante, se sintió mejor persona, caminando con otra postura, acomodando las bolsas de un lado y al niño del otro, en definitiva yendo más cómodo.
Pero a la cuadra volvió a vivir en el presente cuando siguió viendo casas con las puertas enrejadas, ventanas cerradas, gente que salía de su casa y cerraba dos veces la puerta, y miraba con recelo, de reojo a quien pasaba por al lado, apretando su bolso como para estar seguros y tranquilos de que sus pertenencias estaban a salvo.
¿Qué nos pasó en todo este tiempo?, se preguntó el hombre. ¿Qué fue lo que perdimos?, ¿por qué ahora no podemos mirarnos un segundo a los ojos con tranquilidad, hablarnos en forma sincera, darnos un apretón de manos y confiar en el otro? Ese no es el mundo que queremos para nosotros, ni mucho menos para nuestros hijos.
El tema pasa por nosotros mismos, por tener más confianza en el otro, más paciencia, mejor trato, más respeto, menos intolerancia y más comprensión. Es que si no ponemos nuestro granito de arena para poder manejarlo, para poder cambiarlo, para mejorarlo, estamos fritos, ya que si no cambiamos nosotros, y no lo hacemos ahora, nadie nos va a salvar de vivir en un mundo cada vez más frío, con menos valores y con más odio. Y eso no podemos permitirlo.