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UN ORIENTAL LISO Y LLANO

Por Dr. Adrián Báez
“Durante el gobierno que me habéis confiado, vuestros destinos dependerán de vosotros mismos. La ley lo hará todo: que el imperio de las instituciones se afiance. No exijáis la perfección ni esperéis que todo sea acertado. Yo no os prometo una carrera de prodigios; y sin embargo, puede obrarlos muy grandes vuestra virtud y sobre todo, vuestra unión: sin éstas no hay orden, no hay patria. Los orientales han acreditado muchas veces que son valientes y ¿por qué dejarían de ser generosos? En un pueblo de bravos nadie invoca la concordia por debilidad; y mi mayor gloria se cifra en presidir ciudadanos libres e independientes” (Discurso de asunción de su primera presidencia en Noviembre de 1830).
De esa manera el General Fructuoso Rivera, inauguraba el primer gobierno constitucional de nuestra historia como Nación independiente, en octubre de 1830, cuando fue elegido primer Presidente de la República.
Personaje polémico si los hay; ha sido una de las figuras más gravitantes en la historia del Uruguay, sea por ser protagonista en las gestas más importantes; sea por su valía de baqueano y caudillo; siendo siempre objeto de fuertes amores y odios.
Nació el 27 de octubre de 1784 (no habiendo seguridad en cuanto al año), hijo de Pablo Perafán de la Ribera, cuyo apellido fue acortado y cambiada la letra “b” por la “v”, y Andrea Toscano o Toscana, ambos de origen argentino. Su crianza transcurrió en el medio rural, donde adquirió su indómita personalidad, la que lo empujaría a sumarse a las huestes artiguistas, demostrando sus dotes militares en la Batalla de las Piedras, el 18 de Mayo de 1811, acrecentando las mismas en la de Guayabos, en enero de 1815.
Luego de la derrota de Artigas en Tacuarembó y su exilio al Paraguay, se enfrentó al Jefe a quien había servido con más sacrificio que nadie. Ya no quedaban muchos para luchar. Los Oribe y Bauzá se habían ido al bando de Buenos Aires en 1817; Otorgués, Lavalleja y Bernabé, se encontraban presos en Brasil desde 1818. Su visión consistía en que sólo manteniendo una fuerza armada propia, algún día se podría recuperar la autonomía de la Provincia. Pacta, entonces, con los portugueses y consolida su posición, desde la que mantendrá contacto con la gente, ejerciendo un permanente padrinazgo, siendo esta etapa de la vida del caudillo, una de las más polémicas.
Unido a la Cruzada Libertadora de 1825, ejerció su liderazgo junto a Lavalleja, llevando al ejército patriota a la victoria de Rincón el 24 de Septiembre de 1825, siendo pieza clave en la de Sarandí, librada el 12 de Octubre del mismo año.
Cuando el poder porteño puso en jaque la autonomía de los orientales, realizó su gran hazaña, insertando la guerra en el corazón del Imperio, al invadir las Misiones Orientales en Febrero de 1828. Cuenta la leyenda que, el General Lavalleja envió al General Oribe a perseguirlo y detenerlo. En esa ocasión, cuando avanzaba por lo que hoy es Rio Grande do Sul, se encontró con las fuerzas brasileñas que intentaron impedir su paso. Hábilmente le dijo al jefe de la partida imperial que, lo que veía a lo lejos, era un ejército del cual él era la avanzada y que si quería evitar una derrota en su foja de servicios, debía dejarlo pasar. Los hombres a los que se refería, en realidad eran los comandados por Oribe, quien al ver que Rivera conversaba con los brasileños, creyó que se estaban uniendo a éstos, por lo que decidió retirarse por considerarse en desventaja. Habiéndose librado de los que le obstaculizaban el paso y de los que lo perseguían, pudo tomar las Misiones y demostrar su poder de negociación o mejor dicho su “viveza criolla”.
Al retorno, se instaló en el río Ibicuy dispuesto a no permitir más concesiones de tierras al Brasil; el gobierno oriental le impuso el acuerdo de Iberé-Ambá, viéndose obligado a retirarse hasta el Cuareim donde fundó la actual ciudad de Bella Unión, llamada entonces Santa Rosa.
Como lo explicó Don Juan Pivel Devoto, lejos de nacer nuestro Estado como una “invención” diplomática, su reconocimiento fue la culminación de 17 años de lucha militar y enormes sacrificios, que habían moldeado un fuerte vínculo nacional entre los ciudadanos de la vieja “Banda Oriental”, devenida después en Provincia” y finalmente en “República” desde el 18 de Julio de 1830.
Cuando en 1845 la clase doctoral que gobernaba la Defensa de Montevideo lo desterró, clase que si bien le temía, también le admiraba, se proclamó al mismo tiempo, el mejor de sus perfiles, para la posteridad: “Id y preguntad desde Canelones hasta Tacuarembó quién es el mejor jinete de la República, quién el mejor baqueano, quién el de más sangre fría en la pelea, quién el mejor amigo de los paisanos, quien el más generoso de todos, quién en fin el mejor patriota, a su modo de entender la patria, y os responderán todos, el General Rivera”.