Un poco de amor francés

Desde muy chico me interesó la política, porque la veía como la herramienta de que haya personas inteligentes y con ganas de trabajar que pudieran mejorar las condiciones del país donde vivimos. Cuando crecí mi pasión fue creciendo. Con 5 años me acuerdo de las primeras caravanas que hacían los candidatos que pasaban algunas de ellas por la esquina de mi casa, era 1984 y las cosas comenzaban a ver luz después de años de oscuridad. Claro, yo era un niño y no sabía nada de lo que habían vivido los uruguayos hasta ese momento. Por suerte.
Ya con 10 años les decía a mis compañeros de clase que yo iba a ser presidente y recuerdo haber ido hasta la Plaza Artigas, es que vivía cerca, a ver a los candidatos de entonces. Era 1989 y el fervor se hacía aún mayor pero de discursos todavía no sabía nada, así que me dejaba llevar por las largas sonrisas, la alegría de los mayores y veía con buenos ojos a candidatos que después no voté nunca.
Con 15 años ya estaba en el liceo, integraba el gremio estudiantil y tenía un tiempito, corto, de militancia gremial en ese momento, con todo lo que implicaba que una asociación de estudiantes pudiera tener de conocimiento cabal de la realidad en aquellos momentos. Cinco años más tarde, casi con 20, voté por primera vez y mi participación en la política universitaria me marcó un camino de defensa de ideas, intereses e ideologías bien definidas, donde no había dos bibliotecas y en las que las cosas nos las decíamos al pan pan y al vino vino. francia
Confieso que tras esto era de esperarse, pues así lo hicieron tanto mis compañeros de agrupación como mis adversarios, que participara de la política partidaria y como no me gusta ser oveja de una manada, donde alguien que se pone el mote de dirigente cuando muchas veces no sabe ni por qué está parado ahí, quiere decirte lo que tenés que hacer y cómo lo tenés que hacer, lo que tenés que pensar y cómo lo tenés que pensar. Encima te llama la atención si discutís o cuestionás algo con lo que no estás de acuerdo y pareciera que uno es algo así como un traidor si llegara a negarse a aceptar la realidad que le pretenden imponer a la fuerza.
“Porque así son las estructuras”, me llegaron a decir y “si querés estar adentro, tenés que acatar, sino te vas”. Me hizo tanto ruido un comentario de ese tipo que me lo hizo un sujeto que no tiene dos dedos de frente, que no terminó el liceo (por ser vago) y que no hace otra cosa que preparar hasta cuatro termos de mate por día frente al comité del cual es “dirigente”, que me dije para mis adentros, jamás seré parte de un rebaño donde venga un sujeto con valores totalmente diferentes a mí a decirme cómo tengo que pensar y qué tengo que hacer para “pertenecer” a su camada de idiotas.
Por lo cual, este tipo de cosas y otras que he visto de ciertos “dirigentes” y “líderes” partidarios hacen que me explique cosas como las de ayer en Francia, donde un joven outisider de la política con 39 años de edad, apenas un año mayor que yo, haya llegado a ser elegido por su pueblo como presidente del país que fundó la política y que la formalizó en izquierdas y derechas, liderando un movimiento por afuera de los partidos políticos tradicionales y totalmente excluido de los movimientos de izquierda que se fueron fusionando a lo largo del tiempo.
Así son las cosas hoy en día, los populismos tienen sus días contados y las estructuras partidarias al parecer también. En Uruguay seguimos siendo conservadores en la política y tenemos partidos políticos longevos y estructuras fusionadas convertidas en partidos, que también están viendo como la gente cuestiona su anquilosamiento en añejas estructuras que vituperan la libertad de pensamiento y el espíritu crítico de sus integrantes.
Hoy el Frente Amplio genera una superestructura repleta de sectores donde no hay lugar para nadie que quiera pensar por sí mismo, igual cosa ocurre en los partidos tradicionales donde en el nacionalismo ya se fueron conformando grupos y sectores siempre dentro de las corrientes principales que están dirigidas por personalismos que duran 20 o 30 años, como el caso de Larrañaga que ya tiene 20 años dentro de un sector que debe responderle a él como si en todo ese tiempo no hubiera otra cosa mejor. O el caso del Partido Colorado, donde su último líder tuvo que dar un paso al costado cuando haciendo una introspección se dio cuenta que su tiempo terminó y que hay que darle paso a los nuevos modelos, e incluso a esos nuevos modelos deben sufrir el hecho de querer ser con hostigamientos dentro de su propio partido, que los necesita como arroz para poder sobrevivir.
Hoy empiezan a verse a las personas por encima de las estructuras. Se ven los liderazgos de gente que trae principios, valores y programas concretos tendientes a mejorar el desarrollo de las naciones y la vida en sociedad, por encima de las añejas superestructuras que algunas vez se fundaron en honor a estos nuevos movimientos políticos que hoy surgen como alternativas a modelos ya agotados.
Emmanuel Macron es la cara de todo esto, es el ejemplo tangible de lo que le está pasando a la política en el mundo. La gente quiere ver líderes con ideas, pragmáticos, con poder de decisión, con determinación, firmeza y conducción sólidas, no con séquitos, estructuras que no les permitan gobernar para la gente y corporativismos que sigan sin permitir acciones concretas que den lugar a nuevas formas de encontrar soluciones a los problemas de la gente.
Uruguay tiene dos años para enfrentarse a un nuevo proceso electoral. De lo único que hablan los politólogos y los encuestadores es de los candidatos que presentan las estructuras políticas, las cosas se están encaminando para ese lado. Si hay propuestas alternativas las mismas no prenden en la gente, a esta altura no habrá mayores sorpresas y ningún Macron uruguayo dará sus propuestas, sino que escucharemos a los que ya conocemos, Daniel Martínez, Lacalle Pou, Fernando Amado/Tabaré Viera/ José Amorín, Mieres, Novick, etc.
Ojalá que cualquiera sea de ellos que dé el golpe de timón, pueda generar un criterio para gobernar que tenga determinación y genere esperanza de que la decisión está en sus manos y no en las de un comité, una mesa, o un congreso que siga sin permitir los grandes cambios que nuestro pueblo necesita. Ojalá. Porque lo que la política uruguaya necesita es un poco de amor francés en sus estructuras, para sacudir sus cimientos y lograr ser otros, incluso siendo ellos mismos.

HUGO LEMOS







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