Una brecha preocupante

Una mujer caminaba con una bolsa, se acercaba a todas las personas que veía y les decía algo. Los siempre solidarios sacaban billetes y no dudaban en darle una dádiva, otros simplemente la escuchaban y le decían que no. La mujer se acercó a mí, me mostró una bolsa con pasteles, me dijo que era viuda, que no tenía qué comer y que como era el Día de la Madre le habían dado una docena de pasteles de regalo para que los vendiera, así ganaría dinero.
Pero ella no los vendió, pues a todos los que se los ofrecía, luego de una perorata contando todos sus males, nadie quería comprárselos, sino que la mayoría optaba por darle el dinero que tuviera a su alcance y dejarla ir. La mujer, de muy mal aspecto por el descuido de su propia personalidad, quizás por dejarse venir abajo ante los dolores y traumas posibles que le haya presentado la vida y los cuales quizás no supo enfrentar, encaraba a cada una de las personas con las que se cruzaba siempre con el mismo discurso.
Así la vi alejarse por las próximas dos cuadras desde el lugar donde yo estaba, en una verdulería de la zona de la cancha de Universitario al mediodía de ayer domingo, mate en mano y viendo cómo el tibio sol de un otoño que parece invierno, desde donde observé que habría juntado varios billetes y una importante cantidad de monedas.
No voy a hacer una guerra de pobres contra pobres, pero viendo esas escenas ya me cambió el panorama y pensé, seguramente necesita el dinero, pero una persona por más que realmente precise dinero para poder salir adelante, tiene que sentarse a pensar un poco y tener algo de altura. No puede andar pidiéndole a cada uno que ve, una moneda en la calle con el mismo verso de los pasteles para generar un dividendo, ya que si era para comer había juntado el dinero con creces y tendría que tener determinadas prerrogativas para salir del estado en el que se encuentra. Pero el discurso de “soy pobre, deme”, ya no me gustó nada y empecé a mirarla con desconfianza.
Ayer de tardecita caminaba por la calle 18 de Julio y llegando a la puerta del diario para entrar vi como un hombre, sesentón, abrigado a no dar más por el frío que sentiría, iba raudamente hacia el sur. Pero antes de llegar a la esquina con Rivera, lo pararon dos sujetos, uno de ellos flaco y alto y el otro más menudo. Lo rodearon al sesentón, uno se puso atrás y el otro le pedía dinero, el hombre metió la mano en el bolsillo y les explicaba casi con culpa que no tenía más, pero por la desconfianza que ellos mismos generan con su manera de ser alguien que pasó y vio la escena los vio y les gritó que qué estaba pasando y los sujetos se fueron. Uno de ellos, pasó a mi lado y me dijo que precisaba 5 pesos para el ómnibus, ambos tenían más de 20 años, no trabajaba ninguno de los dos e importunaban a la gente pidiéndole dinero.
¿Si te faltan 5 pesos por qué no trabajas?, le espeté casi con la rabia de alguien que siendo fin de semana y Día de la Madre igual tenía que hacer las 8 horas lejos de su hogar. El joven tuvo una sonrisa socarrona y se fue, pensando que mejor es pedir, o peor aún, quitar.
Estamos viendo una sociedad que se fractura cada vez más todos los días, que asiste a este tipo de situaciones donde hay gente que se dice pobre, en estado penoso y por la que hay que tener tanta contemplación que se le debe dar lo que nos ganamos trabajando mientras ellos hacen nada y se descuidan en algunos casos para decir que son víctimas del sistema, pero no hacen nada para combatirlo, superarse y poder salir adelante, sin esperar que los demás compren sus lágrimas por monedas.
Pero lo peor del caso, es que esto está dejando secuelas, porque determina que haya pobreza mental, la que se traduce en dejadez, ocio y descuido por parte de los jóvenes que lejos de querer luchar por no caer en lo mismo que sus padres, se entregan a la nada misma y hasta generan problemas de violencia que terminan empañando sus propias vidas.
El otro día vi en la cárcel como jóvenes de entre 18 y 25 años se amontonaban unos tras otros, todos vestidos iguales, pensando de la misma forma y riéndose con cierto desdén hacia los que allí estábamos para cumplir con la instancia judicial, como aplicando un mecanismo de defensa con el resto de la sociedad que ya los juzgó, los encerró y les exige que salgan con otra cabeza para portarse de otra manera y andar derechitos en un lugar donde seguramente no habrán entendido que la oportunidad, por más difícil que parezca, está en ellos mismos de encontrar las herramientas para crecer y salir adelante.
En casos como esos, es que uno no sabe cómo actuar frente a jóvenes que andan en la calle pidiéndole dinero a todo el que pasa, para saciar sus vicios, los que no pueden bancárselos por la falta de aptitud que tienen para ganarse la vida por sí mismos. Ante todo esto la pregunta surge, ¿qué hacemos, cómo hacemos, y cuánto estamos dispuestos a hacer para encarar una vida mejor para todos?
Supe de casos en que hubo personas beneficiadas con viviendas sociales, que las paga el Estado, es decir, todos nosotros y las han terminado vendiendo a precios bajos, sin valorar lo que tenían y mucho menos sin tener en cuenta que fue una ayuda verdadera la que les dio el pueblo en su conjunto para que sintieran que podían tener oportunidades, y a partir de ahí querer salir adelante.
En otros casos, la ayuda social también ha llegado, pero las mismas se han convertido en más asistencialismo, y no en políticas de fondo que realmente ayuden a tener una sociedad más cohesionada y menos disgregada como la que tenemos, en el plano social, económico y sobre todo cultural que es lo más importante, porque esto es lo que le genera condicionamientos mentales a las personas para que puedan hacer algo de sí mismos y salir adelante, sin pedirle a nadie, sin amenazar a nadie, sin lastimar a nadie.
Estamos pasando momentos difíciles culturalmente, donde hay problemas sociales que se han fomentado por una generación que no conoció límites por la culpa que sintieron sus padres, que vapuleados por los vaivenes sociales que tanto les impusieron, dictaduras de por medio y señales confusas por todos lados, decidieron no poner límites y dejarlos a la que te criaste, lo que terminó en generar una camada importante de personas que no les importa nada ni nadie y que al final eso terminará por dañarnos definitivamente.
Pero yo creo que aún estamos a tiempo y para eso quienes están arriba diseñando la sociedad, tienen que dar señales claras y parar la mano con aumentar la brecha.

HUGO LEMOS







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