Una cara distinta

El sol apenas había asomado en la tarde, pero como si tuviera que honrar un compromiso con los pronósticos anunciados por Meteorología, no podía picar mucho y es más, si estaba a su alcance, debía ocultarse tras alguna nube. Así estaba el sábado de vacaciones de invierno. Era un día gélido como pocos en el año, pero también era un día muy pintoresco. promesa
El cielo mostraba algunas nubes que daban cuenta que ni bien se ocultara el astro rey, las temperaturas bajarían mucho y de manera rápida, como para que todo el mundo se pusiera a buen resguardo. Aunque mucha gente vivió como si fuera un sábado más y salió a la calle porque además precisaba obtener resultados.
Así, la feria que se instala durante los fines de semana en la avenida Rodó estaba allí, intacta, esperando por los clientes que andaban de a puñados, mirando mucho, pero pensando demasiado y apretando lo que llevaban consigo, aunque cuando lo soltaban era porque lo que iban a comprar valía la pena.
Se trata de una feria de objetos de segunda mano, sobre todo de ropas y calzado. Había mucha ropa que alguien ya había usado, algunas de las prendas estaban notoriamente utilizadas por alguien que llegado el momento no las quiso más y las ofreció a la venta. Allí vino otro que le sirvió y pagando menos por su condición de segunda, se la llevó puesta.
Muchos ojos redondos mirando juguetes y otros más achinados con ceños fruncidos por momentos, mirando calzados de número bajo y no tanto lo que hace reír y divierte a los más pequeños. Pero la necesidad es la que impera en todos los que allí van y encuentran sanearla por momentos, con alguna compra que les hace más llevadera su existencia.
Nadie se preocupa por el mucho o poco uso de las prendas, la mayoría quiere que le sirvan y sobre todo, quiere poder pagarlas que es lo más importante. Los niños juegan alrededor sin enterarse ni tampoco importarse demasiado. Sus llantos, gritos o miradas sin habla son las más frecuentes.
Los vendedores del lugar no son como los que se instalan en el paseo de compras, que gritan los precios y ofrecen sus productos, con el clásico “pregunte que no molesta”. Allí no hay una competencia de precios, ni mucho menos de ventas. Nadie está esperando vender más para comprarse una camioneta o dos, de las caras y mostrarle al otro lo bien que le va con el negocio.
Los vendedores de la avenida Rodó andan muchos de ellos en moto, son trabajadores, algunos de ellos trabajadores sin trabajo, que salen a buscarse una forma de ganar la vida y llegan a comercializar lo que tienen, para generar un intercambio con gente que tiene casi la misma necesidad que ellos.
Son feriantes, pero feriantes diferentes. Son personas que trabajan casi por un bien común, desprendiéndose de lo que tienen para lograr hacerse de un peso que les permita a ellos y a los suyos poder vivir en este país tan caro, con muchas diferencias sociales y una fragmentación que a esta altura ya asusta.
Esa gente que estaba en el lugar no son los que están en el sistema comprando con tarjetas de débito, esas que el gobierno impuso que todos debemos tener y que hasta alguno de los adláteres de la izquierda salió a decir que tener una tarjeta y cobrar por cajero, era un derecho humano de las personas de este país. Algo que está lejos de la realidad, ya que la bancarización es una de las causantes que la gente se haya quedado sin disponible en sus propios sueldos.
Quienes quedaron afuera del sistema son los excluidos de siempre, que andan trabajando por lo poco que les paguen y a los que justamente ese “derecho humano” de la inclusión financiera no les alcanza. Porque ellos también deben pagar por fuera todo y quedar desamparados si mañana necesitan recibir un beneficio del Estado o un servicio de calidad, algo que seguramente no conocerán nunca.
Mientras tanto en las redes sociales los defensores de unos y de otros hablan de cosas tan banales y adulteran todos los datos habidos y por haber de la condición socio económica de nuestra gente que ya da asco leerlos, pero a todos. No se puede confiar en aquellos que dicen que nos va tan bien, ni tampoco en los que asustan que nos va tan mal. No son creíbles, son mezquinos, solo piensan en sus intereses y eso nos sigue condicionando como sociedad.
Por primera vez en 15 años no sé quién va a ganar el 24 de noviembre en el balotaje. Pero lo que sí sé es que tendrá que hacer las cosas diferentes y tratar de que ese brazo estatal de la justicia social alcance a unos cuantos que hoy están afuera, porque en la avenida Rodó los sábados de tarde, hay una cara que no va al Día del Centro, que no acumula millas para viajes, que ni siquiera va al bagashopping, y que solo quiere ser parte de un mundo, del que cada día lo dejan más afuera.

HUGO LEMOS