Una guerra social

“El Estado se verá superado, la gente de poder económico creará su propia respuesta de seguridad privada, barrios enteros cerrados con ingreso controlado y el Estado disminuirá su poder ante organizaciones pandilleras”, esas fueron las lapidarias palabras vertidas por el director nacional de Policía (número 3 del Ministerio del Interior), Mario Layera, concluyendo o que pasará en breve con la sociedad que tenemos debido al estado de violencia que domina la escena.  violencia
El problema de fondo es la grave y creciente fragmentación social a la que estamos asistiendo como comunidad, donde en algunos sectores hasta se hablan idiomas que la mayoría no conocemos. Los mismos son hijos del dolor y de la miseria, pero que se han transformado en una violencia inusitada que golpea a todos los estratos sociales y a todos los rincones del país.
Hace rato que Salto perdió su provincianismo apacible que lo caracterizaba como uno de los lugares más tranquilos y seguros del país. Pasamos a tener una sociedad quebrada donde hay violencia intrínseca en personas que no tienen miedo de actuar y tomar un arma de fuego para dañar a otra, para robarle sus pertenencias o para dispararle a quema ropa.
La fragmentación social hace que la sociedad se quiebre en dos, quienes pueden pagar su seguridad, su tranquilidad y seguir viviendo en el mundo y los que quedan expuestos a la violencia de un conjunto de personas que solamente quiere hacer lo que le parece sin importar códigos, valores, ni principios.
Hay una guerra social en donde un sujeto te odia porque uno pasa caminando al trabajo con una camisa nueva y nosotros le tenemos miedo por la forma en la que nos mira y nos amenaza, diciéndonos que él no tiene ni eso. Por encima de todos nosotros, están los intocables que crearán su propia burbuja para despegarse de todo eso, como lo dice Layera en su definición de cómo se verá la sociedad dentro de un tiempo.
La violencia sigue creciendo y los problemas sociales se profundizan por la irracionalidad de un grupúsculo que entiende que debe tener lo que ellos quieren al precio que sea, mientras tanto, la sociedad queda indefensa y la Policía se excusa de no contar con los recursos adecuados para enfrentar este flagelo. Pero la inseguridad es cada vez peor.
El Estado no brinda respuestas claras, no hay cooperación entre el que está encargado de monitorear a los más pobres como es el Mides y el que está a cargo de la seguridad interior. Lo denunció el propio jerarca y nadie comprende cómo un Estado puede funcionar de esa manera, sin hablarse entre ellos y sacándose las uñas para no hacer que las cosas avancen.
El sábado cuando los trabajadores de la Pizzería 2000 estaban trabajando y familias enteras estaban disfrutando de una buena cena, se llevaron el susto de sus vidas. Toda la tranquilidad, la armonía y la paz social se terminó en un segundo, con la primera detonación de un arma seguramente robada.
No hubo heridas físicas pero sí secuelas que nadie quiere atender, que nadie quiere hacerse cargo y que deja al Estado más ausente que nunca en un problema que es de su responsabilidad. La Policía nunca puede llegar al fondo del asunto y la sociedad se marchita de una forma que nos duele.
Salir a la calle hoy impone miedo, todos desconfiamos del otro y nos ponemos a mirar para el costado porque no queremos encontrarnos con lo peor. Sin embargo, las cosas siguen pasando y la horda pide más penas, exigen que metan a la parrilla a la delincuencia y eso genera más odio, más ira y más segregación social.
Todos nos miramos de costado y pensamos mal del otro, entonces la violencia crece. Hay una guerra social que está en ciernes, donde las personas marcan sus diferencias y se preparan para vivir en un mundo donde la indiferencia será la que nos terminará guiando, sino logramos hacer de la paz social y de la convivencia, un haz de vida.
La falta de políticas de Estado que ayuden a actuar a la Policía, que debe tener más herramientas jurídicas para poder hacer su trabajo, requiere urgencia. La sociedad clama por mayor seguridad y ya no sabe cómo pedirla y quienes puedan pagarla no le van a preguntar a nadie y van a empezar a autodefenderse. El Estado debe actuar ya o la gente tomará el problema en sus manos y ahí todo será tarde.







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