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Una radiografía al «paisito»

Nos vemos como pequeños, como «paisito», porque estamos entre dos vecinos con dimensiones enormes frente a nosotros. No es necesariamente un capricho la victimización, en los hechos la situación económica tanto de Argentina como de Brasil nos guste o no, nos afecta por cercanía. Desde el origen de la República con las negociaciones impulsadas por Gran Bretaña para crear una «Provincia tapón», el Uruguay ha tenido primero una necesidad y personas con una gran vocación diplomática que le siendo un «paisito», lograr muchos acuerdos igualmente sin tener poder económico ni militar frente a los «grandes».uruguay-1138796_960_720 [1]

La identidad está ligada al lugar del que nos sentimos parte, para conocer qué identidad de una persona bastará para hacerle la pregunta: ¿de dónde sos?, decir que somos uruguayos, afirmar que somos salteños, habla mucho más que una ubicación geográfica, un domicilio, hay valores y costumbres que están vinculados de manera intrínseca a tópicos como el desarrollo económico y la percepción que se tiene, a modo de ejemplo, sobre la política, el trabajo y el fútbol.
Identidad uruguaya: fútbol, estabilidad y algo más
El concepto del «paisito» de alguna manera está asociado al «Maracanazo», impregnado en el ADN de la idiosincrasia popular nos ha llevado a sentirnos cómodos con el personaje de David frente a Goliat, ser «paisito» es equilibrio, tal como lo dice el spot publicitario, es tener orgullo por la humildad, un perfil bajo clave para no generar revuelos y obtener de manera silenciosa cosas importantes. Sin embargo, cuando ese equilibrio se rompe y predomina un espíritu poco emprendedor, de las conformidades frente a los riesgos, los cambios difícilmente se generan. Esa es la otra cara de la estabilidad jurídica y social de nuestro país, la institucionalidad, la gradualidad, los diálogos y la vocación democrática, los debates en pos de cambio, muchas veces son más seguros, «crecen desde el pie», pero son más lentos.
Uruguay es conocido en el mundo, fundamentalmente por el fútbol. En los últimos meses, con el efecto Rusia 2018, ha resurgido la pasión futbolística, una fiebre mundialista que roza «el empacho» y de manera particular en Uruguay, motivo de orgullo, la importancia de preservar lo que nos diferencia e identifica como lugar; las hazañas logradas que han marcado parte de la impronta social, la forma y sustancia de la «garra charrúa»: desde las medallas Olímpicas del ´24 y ´28, los Mundiales de 1930 y 1950, las 15 Copas América o el contemporáneo proceso del Maestro Washington Tabárez. Bajo la premisa de que todo es mejorable, termina siendo evidente que la ubicación de la Selección del «paisito» en el ranking mundial FIFA es todo un mérito y dar continuidad a lo hecho para seguir mejorando es fundamental, no obstante, el lugar que tiene Uruguay dentro del Doing Business nos debería colocar analógicamente entre los «equipos de media tabla para abajo», equipos más cerca de la lucha por el descenso que de jugar en las grandes ligas, jugar en las cadenas de valor internacional.
El objetivo del presente artículo de Link de Diario El Pueblo es invitar al lector a cuestionar la importancia, las causas y consecuencias de la identidad que tenemos dentro del territorio y cómo, de manera específica, la cuestión de del diminutivo «paisito» nos tienta a dialogar varias veces, otras en demasía, antes de romper el status quo, y lograr ello cuando vivimos en un país que prioriza de acuerdo a una reciente investigación llevada adelante por la Universidad de la República a poner el fútbol por encima de la política o el trabajo.
Como el Uruguay no hay
La reforma educativa impulsada por José Pedro Varela a fines de siglo XIX, inspirada entre otras cosas por sus vinculaciones con el ensayista francés Víctor Hugo y el político argentino Domingo Faustino Sarmiento, llevó a colocar en la base de la educación los pilares de la laicidad, obligatoriedad y gratuidad. Junto a ello, la vanguardia legislativa de Batllismo con una legislación laboral y de seguridad social avanzada a principios de siglo XX, terminaron poniendo a nuestro país en el tren de la modernidad.
En retrospectiva, más de 100 años después más allá de lo hecho, ha habido un largo declive en el crecimiento económico nacional que si se contrasta con el camino recorrido por países como Nueva Zelanda, Corea del Sur y Dinamarca, de dimensiones territoriales «de paisitos», pero en términos de desarrollo de «países referentes» en materia de desarrollo económico y social, ¿las diferencias que llevaron a una u otra situación?, la apuesta por la inversión en innovación y desarrollo y con ello, la modernización de los tejidos productivos.
Las iniciativas de Varela y Batlle y Ordoñez, tienen sentido si se las observa con una perspectiva histórica: son una respuesta a declives tanto de la educación como en las relaciones laborales y de la seguridad social, cambiar de un estadio a otro tuvo sentido. Para la publicación del libro ¡Basta de Historias!, Andrés Oppenheimer hizo entre muchas decenas de entrevistas, una al empresario y filántropo norteamericano Bill Gates en la que dialogaron sobre cómo podrían mejorar la educación los países de América Latina. En aquella oportunidad, la respuesta fue el reconocimiento sobre la necesidad de cambiar y ello con una «espíritu de alarma» de hacerlo por parte de las sociedades. Cuando no hay razones para hacer algo de otra manera, es improbable que exista un incentivo para modificar las cosas.
Lo descrito en el párrafo anterior, no debería extrañar que nos coloque como fieles protagonistas de la fábula de la «rana hervida», en la que no responder a tiempo podría convertirse en la diferencia entre la marginalidad y el desarrollo.
Finlandia puede producir vino
De igual manera que el país nórdico es capaz de ofertar vino, Honduras podría criar bovinos en potreros refrigerados, no obstante la ineficiencia con la que lo lograrían rompe los ojos. La teoría detrás de la política económica y los datos empíricos que pululan alrededor del mundo, convergen en la importancia de que los países puedan, aunque más deben, especializarse en lo que mejor pueden hacer. No estamos descubriendo la pólvora, el economista inglés David Ricardo a principios del siglo XIX la describió con claridad en su libro Principios de Economía y Tributación.
Sin embargo, aunque regiones como las que comprende País Vasco han llevado adelante el denominado Plan de Hiper-Especialización Industrial la década de los ´80, también llamado en la actualidad RIS 3 Euskadi, lo cierto es que tanto Uruguay como sus gobiernos departamentales no necesariamente tienen el mismo football-world-cup-2018-3134005_960_720 [2]camino recorrido de casi cuatro décadas haciendo foco en lo que saben hacer.
A pesar de que lo anterior sea cierto, también es real que la llegada de la digitalización a la economía ha encontrado a más de uno algo perdido sobre cómo alinear las tendencias a una estrategia de especialización productiva. Al igual que Finlandia y Honduras si invierten en vinos y ganado bovino, lo harán con ineficiencias a la vista, ¿tendría sentido que Uruguay utilice fondos para la robótica?, téngase en cuenta por más que las externalidades positivas de la Economía Digital sean una realidad, si le preguntáramos a David Ricardo sobre la conveniencia de hacerlo, la respuesta no necesariamente sea positiva, en todo caso, quizás las apuestas al sector agropecuario y ganadero sean más lógicos.
Los dos Uruguay: regionalismos en la globalización
Hemos hecho una breve mención a las asimetrías entre los países que creen en la innovación y lo traducen en presupuesto nacional frente a los que no, sin embargo, no todo es tan lineal pues si hacemos un Zoom en el mapa de Uruguay y analizáramos por departamento cómo han ido evolucionando los índices de desarrollo económico y social, veríamos que a pesar de las pequeñas dimensiones que nos motivaron a auto-denominarnos «paisito», hay «dos Uruguay», uno al sur del Río Negro y otro al norte.
«¡La economía, estúpido!» fue un eslogan creado por James Carville, asesor de Bill Clinton, durante las elecciones presidenciales norteamericanas de 1992 que disputó contra George H. W. Bush, quien gozaba en ese entonces de gran popularidad, sobre todo por su manejo de la política exterior. La caída reciente del bloque soviético ocasionó la recesión económica de varios países del este de Europa, hecho que repercutió luego en Estados Unidos entre 1990 y 1991. El éxito del mensaje radicó en hacer creer al electorado que la recesión del país no se debía a la coyuntura internacional, sino que contaba con problemas más profundos como el manejo de la política fiscal y monetaria: recurrió a que el bolsillo de las personas era importante y triunfó.
El centralismo histórico, podría contrastar mucho la conocida cita «como el Uruguay no hay». A pesar de los grandes avances en la descentralización, bastará con dimensionar los puntos de mejora que tiene la mejora de la autonomía local y el desarrollo económico al interior del país.
En Italia los fuertes movimientos en el Norte que agrupa a varios movimientos de autonomía y busca la separación con el Sur que consideran subdesarrollado. En España el regionalismo muy fuerte, en particular entre los vascos y los catalanes, su objetivo es la formación de países independientes. En Bélgica hay una tensión continua entre los walones que hablan francés y los flamencos que hablan holandés. También en el Reino Unido se advierte la división, Irlanda siempre fue separatista y en la actualidad Escocia busca independizarse.
Sin lugar a dudas, a medida que avanza la globalización, el aumento de los movimientos regionales termina siendo una gran paradoja. Sin embargo, más allá de las lenguas, costumbres o la historia en común que tienen los habitantes de un territorio, la economía emerge como la respuesta a la verdadera razón detrás del regionalismo. La no existencia de una homogeneidad deriva en presiones que motivan la sub-división de las naciones.
Lic. Nicolás Remedi Rumi