Una señal que cambia la vida

Estaba preocupado por distintas situaciones que me tocan a vivir a diario, vicisitudes cotidianas pero agradecidamente nada grave. Temas a resolver que a veces ocupan mucho tiempo rondando en mi cabeza, en vez de aprovechar a disfrutar la vida de otra manera. Pero lamentablemente uno recién puede hablar así cuando las cosas que viven son menos dramáticas que las que le tocan vivir a otros. felicidad
El otro día venía por el centro caminando luego de haber estado buscando la manera de solucionar un inconveniente, de esos que realmente son pequeños, pero de los que nos hacemos un mundo cuando vi la primera señal. Pasó un excompañero de liceo a mi lado, quien iba muy animado conversando con su pequeño hijo, que tendría algunos años más que mi pequeño que este mes cumple seis inviernos.
Luego que lo saludé, quedé pensando en su rostro alegre y vital, lleno de energía, pensando seguramente que todas las cosas son posibles, ¿el motivo?, su hijo que no tiene más años que todos los dedos de sus dos manos, está en una silla de ruedas y con varias dificultades. Sin embargo, la alegría, la motivación, las ganas de superarse y de salir adelante se respiraban desde la otra cuadra.
Pensaba en esas miradas cómplices, en sus sonrisas compartidas, en su paz interior de saber que se tienen el uno al otro, y de cómo esa dulzura generaba un milagro. El de creer en la vida por sí misma. Si bien ese tema no solucionó mis problemas porque claro está que mis cuestiones dependen de la vida que haga y de la manera que tenga de conducirme en ella, me hizo dar cuenta que las cosas no son tan graves y que hay alegrías mucho más sanas e importantes que deben ser compartidas, como es el tiempo de calidad con nuestros hijos y con los seres que más queremos.
Puedo haber estado movilizado por esa situación y muchos pensarán que ver la paja en el ojo ajeno, no es consuelo y no estoy hablando de que me sentí consolado por saber que hay problemas peores que el mío, sino que sentí que lo más importante es poder compartir la vida de la manera más sana y feliz posible con la gente que queremos, tal como lo estaba haciendo en ese momento mi excompañero de clase con su hermoso hijo, quienes enseñaban a quienes los veían, una sintonía única entre ambos que irradiaba energía, calidez y amor.
Son señales, pensé. Señales que te da la vida para valorar más lo que tenemos y darnos cuenta que lo menos necesitamos, es lo que consideramos que nos está faltando. Ser felices con lo que se tiene y no extrañar lo que nunca se tuvo, es lo más importante. Porque como dice el poeta Joaquín Sabina “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
Pasaron algunos días y volví a vivir señales. En un día que también me llevó a sentirme agobiado por distintos motivos, con sentires que no eran de los más alegres y donde el estrés asomaba pensando cómo iba a resolver algunas cosas, la señal golpeó a mi puerta otra vez. Un amigo me llamó para decirme que su hijo estaba enfermo, y compartimos el dolor y la responsabilidad de ponernos en acción para procurar la cura más rápida posible de ese angelito que no merece otra cosa que seguir sonriéndole al mundo.
Una vez esto, nos pusimos en campaña para buscar apoyos en algunos aspectos y hoy seguramente empezarán a tratarlo para que la vida le siga sonriendo como hasta ahora y el futuro lo espere con prosperidad, para que él pueda regalar su corazón y alegría, tal como lo hace en la casa de este amigo.
Otra vez la señal parada frente a mi haciéndome ver que es más importante velar por cosas mucho más profundas y preocupantes que perder el tiempo pensando que los problemas son el no poder hacer tal o cual cosa.
La vida nos enseña todos los días, nos dice cómo hacer las cosas, nos determina realidades que nunca vamos a imaginar. Por eso tenemos que tratar de aprovechar cada momento, cada minuto, cada segundo, buscando la excelencia, haciendo lo que hagamos, pero dando lo mejor para hacerlo de la manera más destacada posible.
Cada persona tiene un potencial a explotar, tiene dones y virtudes que descubrir, quizás pasa toda la vida buscando qué quiere y porqué quiere hacer lo que está buscando. Pero al final cuando encuentra el camino solo debe tener una meta, hacer las cosas con amor, con pasión y lo mejor posible, porque es la única manera que nos enseña a darle sentido a la vida que tenemos.
Todavía recuerdo la sonrisa de ese niño en una silla de ruedas que no le impide ser feliz y tener sueños, viviendo un momento único con su padre que lo paseaba orgulloso como lo haría cualquier hombre que ama de verdad a su hijo. También la del hijo de mi amigo que está pasando injustamente por un duro trance que deberá empezar a recorrer con hildalguía y coraje, pero también con contención y mucho amor. Ambas caras las llevo conmigo para tratar de dejar de quejarme tanto y darme cuenta que debo dejar de lado mi estúpida soberbia, que no permite ver que la vida vale.







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