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Una sociedad sin miedo

La primera vez que usé un chaleco antibalas fue en el invierno del 2007, en ese momento estaba realizando una producción televisiva junto a dos amigos, que se llamaba Testigo Ocular y fuimos los primeros en hacer un programa televisivo local donde salíamos con la Policía a realizar sus recorridas, cubriendo los procedimientos y estando en el lugar cuando denunciaban delitos. inseguridad [1]
Por aquel entonces, la inseguridad en Salto era otra. Se vivía de una manera diferente, no había tantas rejas en las casas, aunque desde principios de este Siglo, el proceso de encarcelamiento de las viviendas particulares y la mano de obra intensa para los herreros de la ciudad había comenzado.
Las rapiñas o asaltos a mano armada, que hoy son algo habitual y tristemente común para ser noticia, era algo atípico. Los cuadernos que se usaban en aquel momento en las distintas comisarías para recibir denuncias, se llenaban con hurtos, problemas entre vecinos, casos de violencia doméstica y daños, pero cuando había un asalto o un homicidio, el evento cubría varias portadas.
Aún recuerdo una entrevista que pude realizarle en noviembre de ese año, en el aeropuerto de Nueva Hespérides a la entonces ministra del Interior del primer gobierno del Frente Amplio, la socialista Daysi Tourné, quien me dijo con su particular impronta, su voz ronca y fumando un cigarrillo tras otro, antes de subirse al avión que la trasladaría de regreso a Montevideo junto al resto del gobierno que habían participado de un Consejo de Ministros abierto en Bella Unión, que Salto “me encanta, porque su tranquilidad provinciana hace que sea distinto a todo el sur del país, y la gente pueda caminar por las calles sin mayores inconvenientes”.
Con eso, la exministra, resumía en pocas palabras la realidad de la época, aunque a los pocos meses sucedió la captura de 500 kilogramos de cocaína de un cargamento que estaba en una estancia en la zona de Valentín.
Pero volviendo a lo del chaleco antibalas, tuvimos que ponérnoslo porque esa fue la condición que nos dio el Jefe de Policía de la época, Walder Ferreira, para poder realizar nuestra tarea periodística. Aunque ya cargar con algo tan pesado, sabiendo que el mismo era una obligación portarlo porque su cometido era protegernos de un ataque a balazos, hacía que la adrenalina nos subiera al máximo y cada vez que bajábamos del móvil para cubrir un incidente, sentíamos que en cierta medida estábamos protegidos. Lo que sumado a la inexperiencia, soberbia e inmadurez de un muchacho de veinte y pico de años, hacían que uno se sintiera intocable.
En realidad, ese chaleco nos hacía un blanco fácil de la delincuencia que bien podía confundirnos con un agente policial, porque muchos entrevistados al vernos bajar de un móvil pensaban que lo éramos, y en ese sentido, las cosas podían complicarse.
Todo este recuerdo viene a colación de lo que vi el otro día. Fui hasta un Abitab a pagar una cuenta, de esas que los Reyes Magos te dejan sin avisar, y cuando llegué a la caja no daba crédito de lo que vi, pero el panorama ilustraba perfectamente los tiempos que estamos viviendo.
La joven mujer portaba un chaleco antibalas, pesado, un tanto gastado y que generaba para la persona que lo estaba cargando, una presión mental importante, porque sabe que está haciendo un trabajo que pone en riesgo su vida, y ese chaleco que es parte del protocolo que establece la seguridad para las casas de cambio, es sin duda una manera de demostrarlo.
La cajera me miró con cara de “cómo pesa este chaleco”, cuando me atendió y luego de cobrarme, no pude aguantarme y le pregunté cómo se sentía llevando un chaleco antibalas encima durante las 8 horas que dura su trabajo. “Ya me acostumbré”, me dijo con una tímida sonrisa.
El tema pasa porque la persona siente la presión psicológica de que está viviendo en un lugar que ya dejó de tener la tranquilidad provinciana que mencionó la entonces ministra Tourné, en una ciudad donde la modalidad delictiva ha cambiado, se volvió más violento, se respetan menos códigos, se generan más problemas, más temores, más sensaciones negativas y eso altera el ritmo de vida de las personas, donde el discurso pasa a ser desde el miedo y donde la dialéctica se torna violenta.
Este tipo de cosas, de responder ante los hechos de violencia con medidas generales que alteran la vida de toda la gente, hasta la de aquellos que no se ven involucrados en este tipo de situaciones y en su mente, están lejos de sentir temor o generar una sensación de inseguridad que solamente les trastorne su cotidianeidad, no hacen más que determinar una sociedad más confusa, desconfiada y fea para todos.
Hay que combatir la delincuencia, hay que generar políticas públicas que ayuden a cambiar los códigos de convivencia, no hay que ser blandos con los asesinos, con los que cometen crímenes horribles, con los que atentan contra los más débiles, contra los que arrebatan una vida, pero no podemos infundir temor entre la gente, ayudándolos a encerrarse cada vez en sus casas, en su lugar de trabajo, en su barrio, diciéndoles que se cuiden porque algo les va a pasar.
Mejoremos la forma de vida de quienes no pensamos en el delito como opción de vida, trabajemos en la convivencia pacífica, en la confianza, en el optimismo, porque si nos ponemos un chaleco antibalas para vivir, vamos a desconfiar más, a odiar más, a alejarnos más entre nosotros y ahí sí, ganará terreno la delincuencia que nos tiene por su cuenta y encima teniéndoles miedo.

HUGO LEMOS