Violan nuestros derechos

El hombre llegó con cara de cansado, los ojos rojos a punto de estallar en llanto y las piernas flojas. Pidió para sentarse, le temblaban las manos y no le salían las palabras. Ya estaba entrado en años, su ropa delataba que era de origen humilde, un trabajador de manos rudas y piel curtida, pero que como todo el mundo tenía una historia triste que contar y hacía de tripas corazón para no maldecir y poder expresarse.
Le pedí que se sentara, que respirara hondo y que luego hablara, no soy psicólogo ni tampoco sacerdote, pero sí es parte de mi trabajo saber escucharlo y observarlo, para entender frente a qué clase de persona estoy. Me di cuenta que su historia era convincente y real. Se trataba de un quincuagenario que cuando apenas tomó impulso para hablar rompió en llanto y esperó unos segundos para contarme lo que había vivido.
Era un padeciente más del sistema de salud, que había atravesado una jornada compleja y la cual sin dudas le había causado un daño emocional enorme, ya que por culpa del sistema había estado todo el día esperando que le suministraran los medicamentos que su esposa enferma y convaleciente necesita, pero tras pasar casi 10 horas en el Hospital no pudo acceder a los mismos, ya que llegó la hora de cierre y los funcionarios se retiraron con el hombre ahí parado frente a ellos, junto a otros a los que califico de “más viejitos que yo”, los se habían tenido que ir porque el lugar había cerrado.
El asunto es que el sentimiento de impotencia había ganado su estado de ánimo, sabía que volvería a casa después de estar todo el día en el inmenso, antiguo, frío y húmedo local del Hospital local, regresaba a su hogar, que está a decenas de cuadras del nosocomio con las manos vacías. La tristeza lo inundaba porque no sabía qué le diría a su esposa ese día, cuando llegara hasta su casa después de haber estado ausente y ella lo mirara a los ojos, esperanzada de que recibiría la dosis de medicamentos que le había recetado el médico para que no sufriera más de dolor.
“Pasaban los mensajeros delante nuestro, una y otra vez, tenían hasta dos números, yo quería que me atendieran, vine a las ocho de la mañana y son casi las seis de la tarde, recién me voy a casa, los funcionarios cerraron las oficinas y dijeron que ya estaban pasados de hora, que mañana seguían, les reclamé, pero no hubo caso. ¿Qué hago ahora? ¿Con quién me quejo? El funcionario de seguridad me dijo que volviera mañana e hiciera un reclamo ante la Dirección, pero no voy a tener suerte, porque ahí no se encargan de estas cosas, eso también me lo dijeron, entonces ¿ante quién reclamamos?”, decía el vecino de manos curtidas, de ojos llorosos y de voz apretada por la indignación que sentía tras la situación que le había tocado vivir.
Seguramente que el mal trago por el que tuvo que pasar este hombre cuando llegó a su casa y vio la cara de su esposa, a la que tuvo que decirle que no le consiguió los medicamentos, no se lo deseo a nadie. Pero debió hacer de tripas corazón y regresar al día siguiente, a ver si tenía más suerte. Me dijo que iba a venir más temprano, aunque sabía que contaba con una contrariedad, ese mismo día comenzaba el paro de ómnibus por parte de los funcionarios municipales, quienes reclaman el cobro de sus salarios a la administración de gobierno que hasta ahora no ha cumplido con sus obligaciones.
Pero igualmente el vecino llegó y por lo menos volvió a intentar. Pelear contra los molinos de viento no es nada fácil, es sino, una tarea quijotesca, luchar en el sistema para obtener resultados viviendo en un país con una pesada carga burocrática como el nuestro, vaya que es todo un acto de heroísmo, de entrega y de sacrificio. Aunque tanto como eso, es igual de lamentable que así sea.
El sistema público uruguayo, también y sobre todo el de la salud, está hecho para vulnerar todos los derechos y garantías que pueda tener un ser humano, sea uruguayo o polaco, da igual, basta con ser usuario que pasas a ser parte de la manada que debe esperar a que venga el médico al que le pagan tres pesos y que viene del otro empleo, del que le pagan un poco más, del sector privado, pero del que salió muy cansado y entonces uno va a tener que esperar a que al doctor se le despeje la cabeza.
La manada llega a que alguien le diga cómo puede hacer para curarse del mal que le aqueja, el técnico contratado le da un diagnóstico, a veces desacertado o muy opinable y rebatible cuando uno lo contrasta con la opinión de otro profesional, las famosas dos bibliotecas, pero en el caso de la salud no es nada bueno que haya dos bibliotecas porque eso puede aumentar el daño y no curarlo. Lo cierto es que llega un momento en que ya nadie quiere responder por nada, solo quieren poner un tornillo más en ese gran engranaje, apretarlo bien para que la cinta funcione como en aquella película de Chaplin “Tiempos Modernos”, que ilustraba muy bien como todos y cada uno de nosotros somos parte de un sistema que nos trata mal y nos castiga a todos por igual, y después nos echa quitándose la culpa de encima y haciéndonos sentir miserables porque no nos dieron lo que creíamos que podíamos acceder por derecho.
Derecho, una palabra que tiene muchos significados y varias acepciones, pero de la que nadie se hace cargo, la que todos ignoran y la que cuando alguien la invoca, le tiran encima todos los papeles que debe llenar para poder quejarse en base a ese concepto, cosa que se le vayan las ganas y se olvide que alguna vez invocó tener derecho a algo.
Lamentablemente vivimos en un país así, donde los derechos humanos que se respetan son solo los de los que ya mataron o torturaron hace 40 años en la dictadura, pero cuando alguien quiere hacer valer su acceso a la salud, es vilipendiado por los propios funcionarios que lo miran con cara de amenaza, diciéndole que no se queje o que lo van a atender el día del arquero. Entonces le salen con que ganan poco y trabajan menos, y que hay que hacer paro y no dejarse tratar mal por el usuario, pero en realidad tratar mal es quejarse y reclamar que lo atiendan, pero para los funcionarios que hacen cumplir un sistema que afecta todos los derechos habidos y por haber, eso está mal y debe cumplirse la máxima de que no hay que darles corte y violan los derechos humanos de las personas, que asimismo tienen derecho a que el sistema los atienda, cuando éste, con esas actitudes de sus funcionarios, en realidad lo que está haciendo es excluirlos.
Quizás ese buen hombre que llegó al diario ese día, no haya encontrado sus medicamentos tampoco al día siguiente, pero estoy seguro que fue con mucho más ánimo para reclamar lo que entendía que le pertenece, que es el derecho a ser oído y a reclamar lo que es suyo, que es la debida atención a sus peticiones. En ese tren debemos seguir todos, en el de no bajar los brazos nunca y en el de tener que enfrentarnos con el oso sin miedo, porque sino lo hacemos, el Estado seguirá violando nuestros derechos y está en nosotros dejar de permitírselo.

HUGO LEMOS