Vivir para adelante

Pagar las cuentas y tratar de ponerse al día con lo atrasado, es una frase que nos repetimos a diario cuando nos levantamos y abrimos la agenda para ver la montaña de recibos que venimos apilando desde hace un mes, diciéndonos “después de las fiestas lo resuelvo”, y así una y otra vez, hasta que llega un momento que no podemos dejar las cosas para atrás y tenemos que tomar una decisión. Entonces por más que no queramos escucharlo, por más que nos neguemos a aceptarlo, por más que vivamos para afuera y el consumismo del que formamos parte peligre, la pregunta surge ¿pagar todas las cuentas o comer y vivir la vida dentro de lo que me alcance el sueldo, renta o similar que marquen mis ingresos? Esa es la cuestión.

Y así ha venido siendo para todos los uruguayos en los últimos años, quienes pelean mes a mes para no gastar tanto, pero los niveles de endeudamiento interno que manejan las autoridades del gobierno establecen todo lo contrario, e indican que a la inmensa mayoría le puede el de adentro y no tienen pudor para sacar el plástico y pasarlo por la maquinita hasta hacerlo rajar de tanto que va y viene haciendo sonar la registradora con el Autorizado en la pantalla, con tal de comprar todo lo que se puede y sobre todo, lo que no se puede, pero que como el consumir se ha vuelto algo más que parte de nuestra cultura, es casi una adicción o más bien una obsesión, lo hacemos igual.

En los últimos años, al menos desde el 2006 ó 2007 hasta nuestros días, todos hemos venido prendidos en ese tren que nos ha llevado por el mundo del consumo sintapujos y al que nosotros hemos aceptado subirnos con tal de estar incluidos en el sistema y sentirnos parte del mundo, que con tanta globalización, lo que más ha globalizado es el consumo y del cual no podemos dejar de formar parte, porque nuestro sistema está hecho para eso.

Todo comenzó después de una crisis atroz donde miles de personas quedaron sin trabajo, otros miles se fueron del país, miles de familias se desmembraron y hubo un daño enorme en el tejido social que marcó a fuego a las nuevas generaciones, las que vivieron como nunca una escalada de padres separados, integrantes de la familia que partieron sin miras de volver y una confusión de padre y señor nuestro, que hasta ahora se está pagando caro, con la pérdida de valores en forma estrepitosa, la falta de respeto como moneda corriente, o la ausencia de una autoridad clara en la familia, lo que determina más caos y que hoy se apueste al todo vale para intentar remediarlo.

Porque si bien fue un daño que aún deja sus marcas y que ahora enfrenta a los padres de entonces con los niños de otrora, los que llegados a esta época se ponen a pedir respuestas en forma contundente, el remedio para el gobierno que vino diciendo traer soluciones mágicas, fue poner disponibilidad económica, para que haya consumo y con eso que se borren los rastros de una era donde ganó la miseria humana y en donde lo que se perdió no volverá más, porque no fue solamente material, sino que se trató de cosas mucho más profundas que sino trabajamos en ellas, quienes ahora nos toca ser padres de familia y jefes de hogar, por más cuestiones materiales que queramos darles a nuestros hijos, no les daremos nunca más lo que perdimos, como el valor de tener una familia, mantenerla unida, respetarla, generar valores, y vivir nuestra vida apuntalando a sus integrantes para que no haya más pérdidas que no se puedan recuperar.

Pero ¿cómo respondimos los uruguayos a esta crisis de valores, familiar y humana que vivimos hace algunos años cuando tuvimos la oportunidad de rehacernos como sociedad? Lo hicimos a través del consumo masivo, del consumo descabellado sin orden alguno y sin responsabilidad, gastando por encima de nuestras posibilidades con tal de darle a los que nos rodeaban, y sobre todo, a nosotros mismos, objetos que podrían situarnos en el mundo que tanto reclamábamos, y el que nos dejó afuera del sistema, derivando en el caos económico que determinó la inflación por las nubes, la volatilidad incierta del dólar, el cierre de fuentes de empleo y un estallido social con valijas en el aeropuerto. Ese fue nuestro pasado reciente y del que nadie se acuerda y mucho menos hablan, por las dudas que vuelva.

Que hay otros pasados recientes de los que tanto se habla desde algunos sectores de la población, porque sus protagonistas prefieren no dar respuestas, lisa y llanamente porque no las tienen, porque fueron tan cobardes y pusilánimes, por más que ostenten una errónea chapa de héroes, tanto de un lado como del otro, incomprensible y absurda para las nuevas generaciones que tuvimos la suerte de  no vivirlas, claro que los hay. Pero nadie se acuerda que nuestra historia reciente se remonta mucho más acá, es en este mismo siglo, y del que tenemos que aprender a salir adelante, sin mirar atrás, sin buscar culpables porque en ese caso no resolveríamos nada y solamente nos llenaríamos de rencor y odio, que son sentimientos negativos que para nada sirven en la vida. Por eso, de lo que pasó solo tenemos que aprender.

En ese aspecto, no podemos seguir sin pensar, sin razonar claramente y seguirle el juego al sistema, que cuando nos quiso sacar algo, nos quitó hasta lo poco que teníamos, y cuando nos da algo, lo hace en demasía como para que al final del camino terminemos en el mismo lugar que  antes, y todo sea un ciclo de un volver a empezar, donde nuestra falta de responsabilidad provoque siempre que los problemas los generemos nosotros mismos y después queramos consolarnos erróneamente buscando culpables, por nuestra actitud y falta de compromiso.

Por eso, en vez de esperar a que se nos amontonen las facturas, pensemos muy bien antes de actuar irresponsablemente con nuestra economía, busquemos la manera de tener una actitud más acorde a nuestra capacidad, y no pensemos jamás que por no tener algo material, un objeto cualquiera seremos excluidos del sistema, porque nosotros somos el sistema, somos los creadores de nuestro propio sistema de vida y a ese no le puede faltar la tranquilidad y la paz necesaria para crecer en la vida, creyendo en sí mismo.

HUGO LEMOS

agar las cuentas y tratar de ponerse al día con lo atrasado, es una frase que nos repetimos a diario cuando nos levantamos y abrimos la agenda para ver la montaña de recibos que venimos apilando desde hace un mes, diciéndonos “después de las fiestas lo resuelvo”, y así una y otra vez, hasta que llega un momento que no podemos dejar las cosas para atrás y tenemos que tomar una decisión. Entonces por más que no queramos escucharlo, por más que nos neguemos a aceptarlo, por más que vivamos para afuera y el consumismo del que formamos parte peligre, la pregunta surge ¿pagar todas las cuentas o comer y vivir la vida dentro de lo que me alcance el sueldo, renta o similar que marquen mis ingresos? Esa es la cuestión.
Y así ha venido siendo para todos los uruguayos en los últimos años, quienes pelean mes a mes para no gastar tanto, pero los niveles de endeudamiento interno que manejan las autoridades del gobierno establecen todo lo contrario, e indican que a la inmensa mayoría le puede el de adentro y no tienen pudor para sacar el plástico y pasarlo por la maquinita hasta hacerlo rajar de tanto que va y viene haciendo sonar la registradora con el Autorizado en la pantalla, con tal de comprar todo lo que se puede y sobre todo, lo que no se puede, pero que como el consumir se ha vuelto algo más que parte de nuestra cultura, es casi una adicción o más bien una obsesión, lo hacemos igual.
En los últimos años, al menos desde el 2006 ó 2007 hasta nuestros días, todos hemos venido prendidos en ese tren que nos ha llevado por el mundo del consumo sintapujos y al que nosotros hemos aceptado subirnos con tal de estar incluidos en el sistema y sentirnos parte del mundo, que con tanta globalización, lo que más ha globalizado es el consumo y del cual no podemos dejar de formar parte, porque nuestro sistema está hecho para eso.
Todo comenzó después de una crisis atroz donde miles de personas quedaron sin trabajo, otros miles se fueron del país, miles de familias se desmembraron y hubo un daño enorme en el tejido social que marcó a fuego a las nuevas generaciones, las que vivieron como nunca una escalada de padres separados, integrantes de la familia que partieron sin miras de volver y una confusión de padre y señor nuestro, que hasta ahora se está pagando caro, con la pérdida de valores en forma estrepitosa, la falta de respeto como moneda corriente, o la ausencia de una autoridad clara en la familia, lo que determina más caos y que hoy se apueste al todo vale para intentar remediarlo.
Porque si bien fue un daño que aún deja sus marcas y que ahora enfrenta a los padres de entonces con los niños de otrora, los que llegados a esta época se ponen a pedir respuestas en forma contundente, el remedio para el gobierno que vino diciendo traer soluciones mágicas, fue poner disponibilidad económica, para que haya consumo y con eso que se borren los rastros de una era donde ganó la miseria humana y en donde lo que se perdió no volverá más, porque no fue solamente material, sino que se trató de cosas mucho más profundas que sino trabajamos en ellas, quienes ahora nos toca ser padres de familia y jefes de hogar, por más cuestiones materiales que queramos darles a nuestros hijos, no les daremos nunca más lo que perdimos, como el valor de tener una familia, mantenerla unida, respetarla, generar valores, y vivir nuestra vida apuntalando a sus integrantes para que no haya más pérdidas que no se puedan recuperar.
Pero ¿cómo respondimos los uruguayos a esta crisis de valores, familiar y humana que vivimos hace algunos años cuando tuvimos la oportunidad de rehacernos como sociedad? Lo hicimos a través del consumo masivo, del consumo descabellado sin orden alguno y sin responsabilidad, gastando por encima de nuestras posibilidades con tal de darle a los que nos rodeaban, y sobre todo, a nosotros mismos, objetos que podrían situarnos en el mundo que tanto reclamábamos, y el que nos dejó afuera del sistema, derivando en el caos económico que determinó la inflación por las nubes, la volatilidad incierta del dólar, el cierre de fuentes de empleo y un estallido social con valijas en el aeropuerto. Ese fue nuestro pasado reciente y del que nadie se acuerda y mucho menos hablan, por las dudas que vuelva.
Que hay otros pasados recientes de los que tanto se habla desde algunos sectores de la población, porque sus protagonistas prefieren no dar respuestas, lisa y llanamente porque no las tienen, porque fueron tan cobardes y pusilánimes, por más que ostenten una errónea chapa de héroes, tanto de un lado como del otro, incomprensible y absurda para las nuevas generaciones que tuvimos la suerte de  no vivirlas, claro que los hay. Pero nadie se acuerda que nuestra historia reciente se remonta mucho más acá, es en este mismo siglo, y del que tenemos que aprender a salir adelante, sin mirar atrás, sin buscar culpables porque en ese caso no resolveríamos nada y solamente nos llenaríamos de rencor y odio, que son sentimientos negativos que para nada sirven en la vida. Por eso, de lo que pasó solo tenemos que aprender.
En ese aspecto, no podemos seguir sin pensar, sin razonar claramente y seguirle el juego al sistema, que cuando nos quiso sacar algo, nos quitó hasta lo poco que teníamos, y cuando nos da algo, lo hace en demasía como para que al final del camino terminemos en el mismo lugar que  antes, y todo sea un ciclo de un volver a empezar, donde nuestra falta de responsabilidad provoque siempre que los problemas los generemos nosotros mismos y después queramos consolarnos erróneamente buscando culpables, por nuestra actitud y falta de compromiso.
Por eso, en vez de esperar a que se nos amontonen las facturas, pensemos muy bien antes de actuar irresponsablemente con nuestra economía, busquemos la manera de tener una actitud más acorde a nuestra capacidad, y no pensemos jamás que por no tener algo material, un objeto cualquiera seremos excluidos del sistema, porque nosotros somos el sistema, somos los creadores de nuestro propio sistema de vida y a ese no le puede faltar la tranquilidad y la paz necesaria para crecer en la vida, creyendo en sí mismo.