El aniversario del Emperador Akihito

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El Vicealmirante Luis Giampietri le habló al crucifijo: “están jugando al fulbito”. El partido había empezado a las tres de la tarde, igual que en los días anteriores. Eran siete contra seis, incluyendo a la mujer. Corrían entre restos de caviar y huellas del champagne derramado, entre colillas aplastadas y alguna joya perdida en la fiesta. Pateaban sin destreza y la pelota rodaba por encima de la araña colgante que adornaba el comedor principal o entre las patas de la mesa oval que habían corrido para bloquear una de las puertas. En un ángulo del amplio salón, habían amontonado botellas y vasos rotos, sillas quebradas, alguna ropa arrollada.

La noche anterior un gato había hecho estallar una mina en los jardines de la entrada. La explosión hizo temblar los cimientos de la residencia y a los propios rehenes que creyeron llegado el momento del rescate. Llevaban ciento veintiséis días de encierro.

La noche del 17 de diciembre de 1996 habían concurrido a la residencia del embajador japonés en Lima a festejar el aniversario del Emperador Akihito. Eran más de seiscientos invitados, entre los que estaban la madre y la hermana del Presidente Alberto Fujimori.

A las 21,30 hubo una explosión seguida de disparos y gritos. Pocos minutos más tarde, en medio del desorden y las ráfagas de metralletas, un comando del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, compuesto por doce hombres y dos mujeres, controlaba el edificio.

Los momentos que siguieron a la toma fueron confusos, vertiginosos, de alto riesgo. La policía y los guardaespaldas privados disparaban desde afuera sin estrategia definida y sin escala de mando. Se sucedían corridas, metrallas, bombas lacrimógenas, gritos.

A medida que el tiroteo fue cesando y se restableció un precario orden, el grupo armado dejó salir a las mujeres y exigió la liberación de sus camaradas presos en las cárceles de Perú.

Con el transcurso de las horas se formó una comisión negociadora y una guardia policial acordonó la zona junto a cientos de cámaras de televisión que apuntaban hacia las puertas y ventanas de la casa. En los días siguientes comenzaron las conversaciones y, entre la huida de un diplomático por la ventana y la decisión del sacerdote jesuita Juan Julio Wicht de permanecer en el edificio, quedaron setenta y dos rehenes.

Las máscaras de la guerra reproducían el largo combate de la ciudad sitiada. El grupo guerrillero se aprontaba a resistir la toma y el gobierno de Fujimori estudiaba las posibilidades de asalto. Desde el punto de vista militar, el objetivo de rescatar a los rehenes parecía imposible. Se enfrentaban a combatientes de alta moral, algunos muy jóvenes, forjados en la selva, bien armados, y dispuestos a permanecer allí el tiempo que fuera necesario.

A pesar de que el peso de los días parecía volver todo a la rutina, aunque fuera una rutina de guerra, ninguno descuidaba los detalles. El edificio del embajador continuaba sellado con minas y bombas.

“Nadie sabía lo que ocurría adentro” recuerda en un reportaje Samuel Matsuda, uno de los rehenes. Sin embargo, la inteligencia del ejército lo sabía. Desde el inicio de las conversaciones había introducido en la residencia, junto con los alimentos, micrófonos ocultos en crucifijos, muletas, guitarras, biblias. De esa forma habían logrado comunicarse con el oficial de la marina Luis Giampietri quien pasaba información para que Inteligencia pudiera recomponer los movimientos de adentro del edificio. La dirección de las operaciones estaba a cargo del Presidente Fujimori, el General Nicolás Hermoza y el asesor de Inteligencia Vladimiro Montesino.

Mientras tanto, las negociaciones entre el gobierno y los guerrilleros no lograban avanzar; llegaban a acuerdos y luego se retrocedía. En más de una oportunidad el líder del grupo Túpac Amaru, Cerpa Cartollini, suspendió las conversaciones y denunció que el ejército estaba construyendo túneles abajo de la residencia para ser usados en un asalto. Los militares lo negaban y los representantes del gobierno peruano se esforzaban en volver a encauzar las conversaciones. Como muestra de ello, el Presidente Fujimori viajó a Cuba con el fin de conseguir asilo político para los guerrilleros. En realidad, buscaba ganar tiempo para ajustar la operación de rescate. Así pasaron ciento veintiséis días.

Sin más estrategia que la de acompañar el transcurrir del tiempo, el comando del movimiento Túpac Amaru apostó a la espera. Pero cometió un error, un irreparable error militar: permitir que se le escapara el impulso lúdico en plena acción de guerra. Cada tarde, detrás de las puertas y ventanas selladas con dinamitas y bombas “caza bobos”, el grupo dejaba las armas en el primer piso y se reunía a jugar “fulbito” en el salón comedor de la planta baja.

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“Han mordido el anzuelo” anunció al grupo el jefe de los comandos Alfa y Beta de las Fuerzas Armadas peruanas. Así lo cuenta el oficial Luis Mantilla quien mató al líder del grupo guerrillero cuando corría por la escalera, “aturdido y mareado”, en busca de su arma.

Los militares se habían entrenado durante los tres meses en casas que reproducían la del embajador japonés. Habían mirado ciento de veces los rostros de los guerrilleros en viejas fotografías, le sabían los nombres reales y los de guerra, las costumbres, la zona donde se movían dentro del edificio.

Una semana antes del asalto, fueron reunidos para conocer el plan llamado Operación Chavín de Huántar, nombre que refería a los templos subterráneos de los grupos preincaicos homónimos.

Minutos antes de las 15 y 30 del 22 de abril de 1997, el partido de “fulbito” había tomado ritmo en el comedor de la residencia. La pelota rodaba sobre la superficie manchada de champagne y caviar. Pocos centímetros más abajo, ya habían accionado los artefactos explosivos y ciento cuarenta comandos, agazapados en los túneles, controlaban en sus relojes los segundos que avanzaban hacia el estallido…

Un rehén, dos militares y once o doce integrantes del grupo Túpac Amaru murieron en la operación. Al menos dos, fueron ejecutados.







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