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Bicentenario de la batalla de Tacuarembó

 

Por Oscar Padrón Favre

El 22 de enero de 1820 en campos próximos al río Tacuarembó – cerca de Paso Ataques, departamento de Rivera – se produjo la última batalla que se libró en territorio oriental durante el período artiguista. Culminaba así la heroica resistencia de la Provincia Oriental a la segunda invasión del Imperio de Portugal, que había comenzado a mediados de 1816, contando

con la pérfida connivencia del Directorio de Buenos Aires que gobernaba las Provincias Unidas.

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Cnel. Andrés Latorre, según el artista Federico Reilly

Para finales del año 1819 la situación era desesperante. Una lucha desigual de más de tres años había provocado innumerable cantidad de muertos y prisioneros, entre ellos varios de los principales comandantes artiguistas.
Los coroneles Andrés Latorre al norte y Fructuoso Rivera en el frente del Río Negro se mantenían como los comandantes con mayor número de fuerzas que mantenían la resistencia, teniendo Artigas el comando general.
Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, ésta en menor medida, debían hacer frente a los sucesivos ataques que Buenos Aires lanzaba sobre ellas, con el propósito de impedir que las provincias de la Liga Federal apoyaran la resistencia de los orientales. La provincia de Misiones, la más fiel al artiguismo, ya casi no existía después de los devastadores ataques realizados por los portugueses en
1817-1818, que habían destruido la mayoría de las antiguas Misiones.
Miles de indígenas habían muerto. Su Comandante, Andrés Guacurarí,
«Andresito», hijo adoptivo de Artigas, había sido tomado prisionero y enviado a Río de Janeiro, después de haber fracasado en su segundo intento
de recuperar las Misiones Orientales. El misionero Pantaleón Sotelo, segundo jefe de «Andresito», era ahora el nuevo Gobernador de los pueblos indígenas de las Misiones Occidentales (J. F. Machón «Misiones después de Andresito», 2003).
En el Río de la Plata se disputaba el rumbo que debía seguir la Revolución iniciada en mayo de 1810. El proyecto artiguista representaba la «soberanía de los Pueblos», es decir la federación, la república, la democracia y la abolición del injusto régimen de castas. Eso suponía una terrible amenaza para los sectores dirigentes, especialmente la oligarquías de Buenos Aires, Montevideo y el Impero de Portugal con capital en Río de Janeiro. Por eso la alianza de ellas para destruir el poder de Artigas y de las masas populares que lo seguían – la «barbarie» decían sus enemigos – que amenazaban la tradicional hegemonía de esos centros de poder. En los últimos meses de 1819 Artigas realizó un último intento de llevar la guerra al territorio dominado por Portugal, haciendo pasar importantes fuerzas de indígenas misioneros, comandados por Sotelo, hacia la margen
oriental del río Uruguay, las cuales se ponen bajo las órdenes del Cnel. Latorre que comendaba fuerzas orientales. Este último, fue un valiente jefe
artiguista, que mucho después se radicó en Durazno, donde falleció en 1860 (H.Parallada «Coronel Andrés Latorre.
Una reliquia artiguista en el Durazno», 1970).
En diciembre Latorre alcanzó un importante triunfo en «Guyrapuitá», pero poco después las fuerzas artiguistas son derrotadas en la «Quebrada de
Belarmino» y en la infausta jornada de Tacuarembó. Ramón de Cáceres, oficial patriota que estuvo presente en esa jornada del 22 de enero, escribió
mucho después:
«Latorre que era el Jefe, después de este contrate (en Belarmino), se retiró hacia las puntas de Tacuarembó y acampamos en la Horqueta. La fuerza Oriental pasó el Arroyo y acampó, la de Misiones quedó del otro lado como la vanguardia. Empezó a llover y el arroyo creció mucho. Antes de seis días de estar en aquel lugar, nos sorprendió a las ocho de la mañana el
Conde de Figueira, Gobernador de la Provincia de Río Grande, con cerca de tres mil hombres. Tan fuimos sorprendidos que no había montado más que el Escuadrón de servicio, cuando se tiró el cañonazo de alarma. Se acercaron algunas caballadas y las fuerzas de Misiones las tenían rodeadas a algunas caballadas sin más armas que el freno para tomarlas, cuando entraron las columnas portuguesas a galope por el Campamento y aquellos pobres soldados no tuvieron otro arbitrio que echarse al agua para salvar nadando, nosotros en la margen opuesta veíamos aquél destrozo sin poderlo remediar y su presencia no servía sino para
desmoralizarnos….» (R.de Cáceres «Escritos Históricos», 1959).
Las características del combate y la dimensión de la tragedia fueron de tal magnitud que algunos historiadores, con razón, prefieren hablar de la
«hecatombe de Tacuarembó». Efectivamente, al ser tomados por sorpresa allí fallecieron de 500 a 800 indígenas de las antiguas Misiones, incluyendo a su Comandante Pantaleón Sotelo, teniendo los portugueses, según el parte oficial, sólo un muerto y cinco heridos. También perecieron mujeres y niños indígenas, pues las familias acompañaban a sus hombres a la guerra.
Más de 400 misioneros fueron tomados prisioneros y trasladados hacia poblaciones del litoral del océano Atlántico, como lo constató Auguste de
Saint Hilaire. Latorre, los demás jefes y soldados orientales que no llegaron a entrar en la batalla, por impedírselo el desborde de las aguas, como señala De Cáceres, fueron a incorporarse al General Artigas, quien ante tal tragedia tomó la decisión de cruzar hacia la margen occidental del río Uruguay. No volvería más a su tierra. Este acontecimiento y el posterior armisticio firmado por Fructuoso Rivera y sus fuerzas en Tres Árboles, marcaron el cierre de uno de los períodos más aciagos de nuestro pasado: la heroica resistencia durante más de tres años a la segunda invasión portuguesa.
Fue una lucha protagonizada por los más humildes, por los vecindarios rurales de tierra adentro, negros libertos, por los indígenas charrúas-minuanes y, especialmente, por los de las Misiones Jesuíticas que realizaron la mayor ofrenda de sangre y sacrificios aunque no le sea reconocido.
La más heroica resistencia del pueblo oriental en su historia, la de 1816 a 1820, ha estado demasiado olvidada. Se peleó a lo largo de todo el territorio oriental en combates tremendos, pero ninguno de ellos es recordado como Fecha Patria Nacional en nuestro actual calendario de efemérides.
Sin embargo, el olvido de buena parte del país sobre esos hechos no triunfó, felizmente, sobre el amor patriótico que existe en los pobladores que hoy viven cerca de esos antiguos escenarios de lucha.
En los últimos años, desde 2016, grupos de vecinos unidos a investigadores locales, a autoridades departamentales y al Ejército, celebraron los sucesivos Bicentenarios, realizando importantes actos y colocando memoriales en
Catalán, Paso de Cuello, Pintado Viejo y ahora en Tacuarembó, entre los homenajes que conocemos.
Estimamos que la epopeya de heroísmo que tuvo lugar en esos años, la cual fortaleció de forma definitiva un sentido de pertenencia colectiva – éramos «los Orientales» – merece que sea recordada anualmente.
Oscar Padrón Favre Durazno, enero 2020.