Cartapacio

cartapacio_logoEntró desde México con el nombre falso de Fernando de los Ríos. Viajó en un autobús destartalado por las montañas y lo detuvieron una sola vez para el control de identidad.
La inminencia de la guerra concentraba las fuerzas en el lado oeste, a lo largo de la frontera que unía a los dos países.
Se alojó en un hotel sucio de los suburbios de Tegucigalpa. Una vieja flaca y transpirada tardó más de cinco minutos en copiar su nombre. Él se inquietó, dijo que había bajado de la montaña para integrarse a la columna de voluntarios. La mujer ni siquiera asintió; le extendió una llave atada con una cinta a un número nueve dibujado sobre un cartón.
La habitación era un cubo cerrado de impreciso color, con una pequeña ventana a la altura del cielorraso. De los Ríos se tiró en la cama mirando el techo: “ya estoy en las líneas enemigas”, se dijo. Bastó un recorrido de pocas cuadras por los alrededores  para comprobar el alto grado de exaltación de la gente. Muros pintados, carteles y banderas en las ventanas saludando la confrontación, llamando “perros”, “hijos de puta”, a los salvadoreños. Masculló los mismos insultos hacia los hondureños y recordó la advertencia de su superior: “más teatro que guerra”. Ahora estaba solo, sin contactos, con el nombre de  Fernando de los Ríos. Si lo descubrían, los tormentos serían terribles y la muerte en cuenta gotas, como correspondía a un infiltrado.
Al atardecer comenzó a prepararse en la habitación. Era un hombre bajo, fuerte, con rasgos mestizos y poco más de treinta años. Frente al espejo se pintó la cara con los colores enemigos, ajustó la pistola en la curva de la columna a la altura de la cintura, y salió rumbo al centro.
El hotel ya estaba rodeado por una horda contenida ante vallas policiales. Con cánticos y saltos, el infiltrado logró llegar a las primeras filas junto a los más exaltados que llevaban los rostros pintados de un blanco pálido, simulando calaveras.
La noche envolvía la ciudad. Los carablancas comenzaron a tirar petardos. Algunos los arrojaban en racimos con hondas de goma y las explosiones hacían temblar los vidrios del hotel.
“Estos hijos de puta van a dormir a los saltos” gritó uno de los cabecillas y desplegó varias botellas que sirvieron de mortero para los cohetes voladores que estallaron frente a las ventanas de los pisos altos. Mientras tanto, la línea de adelante golpeaba con hierros las vallas de protección. El estruendo animaba los ánimos.
Al rato, apareció un grupo con trompetas y una bocina de barco accionada con un inflador de pie. Provocaron un desconcierto de sonido, ruidos que huían como truenos  en el cajón destapado de la calle. Cerca de media noche, un núcleo de carablancas logró franquear la valla ante la distracción policial.
De los Ríos se sumó a las corridas y en pocos minutos entró con la turba al vestíbulo del hotel. Estaba desierto, sin guardias. Subieron por las escaleras dando gritos, estallando petardos. Alguien que llevaba una mochila, sacó huevos, ratas y gatos muertos que dejaron clavados en las puertas.
El infiltrado corría y gritaba en medio en medio del torrente, alentaba la furia y, de a ratos, palpaba el arma en la cintura porque la exaltación llegaba a un punto donde ya todo era posible cualquier desenlace. La columna avanzó por el pasillo del cuarto piso cantando en coro: “¡Hijos de puta/ Hijos de puta!”. Un carablanca abrió la ventana y un bramido espeso entró al pasillo. Al notar el efecto, abrieron las otras, rompieron los vidrios de las que estaban trabadas, y el sonido de metales, botellas y bocinas, saltó como un gato desde el fondo la calle.
Uno de los cabecillas que iba adelante, enfrentó a la columna y gritó: “¡los hijueputas están en la terraza!”. La horda replicó con gritos y corrió por las escaleras.
De los Ríos se dejó arrastrar; a los lados tenía rostros pintados, desaforados, hambrientos. Las puertas del séptimo piso estaban trancadas y no pudieron avanzar. Saltaron y gritaron a lo largo pasillo, saludaron por las ventanas a los de abajo que respondían con las trompetas y las bocinas.
Un botones del hotel apareció por la puerta de servicio y anunció que había entrado la policía. Los de adelante pidieron silencio, conversaron en un pequeño grupo, y luego  iniciaron el descenso por la salida de emergencia. Era una especie de tubo en sombras, con una escalera afinada que solo permitía el avance de dos personas apareadas. A medida que bajaban, crecía el murmullo, se escapaba alguna carcajada. “Van a dormir como las gallinas, son las tres de la mañana”, dijo un carablanca que iba al lado del infiltrado. Salieron en el garage del hotel y de allí cruzaron  al otro lado de la valla. Los policías los miraban correr.
Quedaba poca gente reunida. Los carablancas se juntaron en torno a los fuegos de  papeles y hojarascas que acaban de encender. Pasaron botellas con alcohol áspero, cigarrillos de marihuana. Aquí y allá golpeaban las vallas de protección y cada media hora se redoblaba la explosión de petardos.
Cuando el amanecer se anunció entre los edificios, uno de los carablancas apareció con un bolso cargado de molotov. Estaba borracho. Encendía las mechas en el fuego del piso y se las pasaba a otro diestro en el tiro. Dos botellas entraron por la ventana del hotel y fueron saludadas desde la horda.
De los Ríos esperó hasta que el último grupo comenzó a disolverse. Alguien le avisó que volvían a juntarse a la tarde, tres o cuatro horas antes del partido. Mientras se retiraban, buscó al que tiraba las botellas, pero lo vio acompañado. Eligió al que iba solo por una calle lateral. No se entra a campo enemigo para volver con las manos vacías y limpias. Lo siguió de cerca y, al llegar a un portal abandonado, lo derribó de improviso. Para que haya guerra, tiene que haber muertos. El carablanca  fue el primero, una bala en la cabeza.
De los Ríos volvió a la habitación cuando la luz de la mañana encendía la ciudad. Durmió hasta la tarde, comió en una fonda de las inmediaciones y volvió al hotel del centro. Los carablancas estaban enardecidos, habían descubierto al muerto. Querían venganza. El infiltrado sumó su voz al coro: ¡Venganza!
Al caer la tarde llegaron los autobuses en busca de la delegación y la horda arremetió contra las vallas. La policía tiró gases, amenazó con los bastones. La caravana salió del  hotel custodiada por motos y coches policiales. Iban tres autobuses con vidrios oscuros para impedir la identificación de los futbolistas.
La horda subió a los camiones que aguardaban detrás del hotel. Siguieron a la caravana por las calles céntricas, luego tomaron una amplia avenida hasta llegar al estadio. Faltaban dos horas para el partido y las tribunas ya estaban repletas.
Fernando de los Ríos saltó del camión y caminó en el sentido contrario al torrente. Comenzó a alejarse del estadio. De las ventanas colgaban banderas patrias y se oían las voces de los comentaristas deportivos. No le importaba el resultado del partido ni la clasificación para México 70, su arma ya había iniciado la guerra. Ahora tenía que volver al otro lado de la frontera, lo esperaba un cheque de la United Fruit Company y el suicidio de Amelia Bolaños. La joven salvadoreña no había resistido el triunfo de Honduras sobre el final y se disparó un balazo frente al televisor.  Su funeral fue el de una heroína, tuvo honores militares y contó con la presencia del presidente de la república. El mismo que a los pocos días, el 14 de Julio de 1969, ordenó el bombardeo a Tegucigalpa, una nueva escala en lo que se llamó La Guerra del Fútbol.







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