Cartapacio

cartapacio_logoLas imágenes
que nos quitaron

“Hay una historia sobre la final en Maracaná que muy pocos conocen”, me dijo Pablo Silva por teléfono. Al principio, por un reflejo escéptico, repliqué que los uruguayos estamos aburridos de oír hablar del campeonato del 50. “Es interesante, tendrías que escuchársela a Fucho”, insistió Pablo. Se refería a Ferruccio Musitelli, Fucho para los amigos, un venerado pionero de la fotografía y la filmografía en Uruguay. Gracias a la generosidad de Silva, yo había visto poco tiempo atrás el cortometraje La ciudad en la playa, una obra filmada en la arena de Pocitos en el año 60 que mantiene la frescura plástica, el ritmo narrativo, la profundidad con que Musitelli observa el transcurrir del Tiempo, los hábitos humanos, la divergencia y convergencia entre los paisajes de la ciudad y del mar.
Fucho Musitelli, Pablo Silva y su perro Tingo, me esperaron el sábado en la parada del ómnibus. El proyecto común era hacer un paseo por el  Prado, pero yo ocultaba el propósito de motivar a Fucho para que hablara de la final de Maracaná.
Avanzamos por los senderos del parque que comenzaba a poblarse de gente a la media tarde. El cielo tenía el azul intenso de primavera y la arboleda se erguía en verde. El Tingo retornaba a sus orígenes de cazador y cinchaba de la correa olfateando una huella en la gramilla. Nosotros, en tanto, viajábamos en la voz de Fucho a la década del cuarenta, al tiempo sin televisores donde el rol de la imagen informativa lo cumplían los noticieros cinematográficos que se exhibían en los cines, antes de la proyección de los largometrajes. Generalmente eran diez minutos de filmación en blanco y negro, con una voz  que acompañaba.
“El trabajo del locutor era muy importante – recordó Fucho- porque más allá de la dicción había que lograr el tono adecuado con la imagen que se proyectaba”. Un emblema del género fue El Mundo al Instante, noticiero alemán de amplia difusión en el mundo. A nivel nacional, y con anterioridad a aquel, apareció Uruguay al Día, producción de la que Musitelli era camarógrafo e integrante del equipo de edición.
La agencia funcionaba en la Avenida 18 de Julio, entre Yi y Cuareim. “Teníamos tres cámaras manuales, que el dueño había comprado como excedente de guerra en Estados Unidos, una sala de proyección y una alfombra roja que se ponía en la escalera cada vez que le hacíamos una nota a algún político importante. En ese tiempo, el noticiero cinematográfico era la única forma de presentar imágenes al público, la otra, diferente, era la del diario”.
La caminata nos había llevado a la entrada del Hotel del Prado. El Tingo parecía ahora un perro domesticado: sentado sobre sus patas, con las orejas en punta y la lengua floja, atendía a Fucho quien recordaba las largas colas que se formaban  para ingresar al Cine Ariel donde sólo se exhibían documentales. El público no tenía otra forma de ver imágenes de una carrera de caballos, de un desfile de moda, de los hechos de la actualidad social y política, de un partido de fútbol.
“En ese cine se vio buena parte de lo filmado en el mundial del 50″, anotó con  sutileza Pablo.
“Es verdad, pero esa es otro historia”, replicó Fucho y buscó el cielo entre los árboles del parque. Sin bajar la mirada, habló del avión que había partido desde Lisboa con los jugadores del club Torino, diez de los cuales eran titulares de la selección italiana que había ganado todos los campeonatos en Europa y se proyectaba como favorita  para la conquista del mundial en Brasil. En consonancia con ello, las agencias de noticias italianas prepararon una infraestructura de avanzada para la cobertura periodística: cuatro cámaras de filmación distribuidas en los ángulos de la cancha, el zoom que se usaba por primera vez, lentes de alta sensibilidad. Pero el avión no llegó a destino; el
4 de Mayo de 1949 se estrelló contra la Basílica de Superga y en el accidente murieron todos los ocupantes. Italia conformó un equipo de emergencia que en la primera fase del campeonato fue eliminado. Quedó la moderna infraestructura con capacidad para hacer una cobertura periodística de excelente calidad. Pero en Italia decrecía el interés por el mundial; en Brasil, por el contrario, se multiplicaba.
El cambio de los enfoques periodísticos se notó en las filmaciones que a diario llegaban en avión a Montevideo. “Nosotros recibíamos filmaciones de treinta, cuarenta minutos por partido y editábamos solo una parte  para el Noticiero que se exhibía  en la cadena de cines”, recordó Fucho.
Al inicio del campeonato, las películas mostraban panorámicas de Río de Janeiro, del mundial y algunos buenos momentos de un camarógrafo  desconocido que supo captar la sorpresa de los europeos, con los recuerdos frescos de la guerra, ante los platos rebosantes de carnes y los bares cariocas donde se bebía  cerveza en cantidades inimaginables.
A medida que el mundial fue avanzando, las imágenes comenzaron a insistir con los goles de Ademir, con las atajadas de Barbosa, las genialidades de Zizinho o Jair,  con el 7 a 1 de Brasil a Suecia o el 6 a 1 a España y los preparativos de las escolas de samba para el gran festejo. A esa altura era evidente que los brasileros manejaban el material que se filmaba en el campeonato.
En Montevideo, mientras tanto, la productora nacional ajustó los mecanismos para que un cadete recogiera los rollos de películas en el aeropuerto de Carrasco y se los entregara en forma urgente al equipo que tenía a cargo la edición. “Había que trabajar con  rapidez. Seleccionar, revelar, editar, y luego enviar a la cadena de distribución”, dijo Fucho.
En las jornadas previas a la gran final de Maracaná, el material fílmico que llegó al aeropuerto estuvo dedicado a los triunfos del seleccionado brasilero. Y el día de la conquista del título mundial por parte de Uruguay, las películas no aparecieron. El cadete de la agencia esperó los vuelos procedentes de Río de Janeiro y regresó con las manos vacías a la oficina. Se hicieron llamadas telefónicas,  intentos de contactos, nadie respondía. Regresaron los campeones, continuaron los festejos, pero las filmaciones no llegaron. El cadete de la agencia no volvió al aeropuerto de Carrasco. Solo se rescataron
los mezquinos instantes del gol de Ghiggia, del festejo de los jugadores uruguayos en la cancha; migajas de una producción que durante la cobertura del campeonato mostró excelente calidad y que constituyen nuestra única memoria visual del triunfo.
La tenue luz del atardecer comenzaba a cubrir el Prado y atenuaba el bullicio. Era la hora de volver. El Tingo tiraba urgido de la correa, quizás porque los tres, Pablo, Fucho y yo, habíamos quedado en silencio, pensando en oscuros rincones, en viejos cajones, en hondos armarios donde tal vez hoy se guarden las películas de Maracaná como restos de una batalla perdida.