Ciudad Vieja

cartapacio_logoLa historia me la contó Alfredo Fonticelli mientras hablábamos en un bar de la Ciudad Vieja sobre los episodios que ocurren en torno al fútbol y que, en la mayoría de los casos, son ignorados por la prensa deportiva. Él recordó uno de su niñez en Buenos Aires, ciudad donde nació. Trataré de ser fiel a ese recuerdo, aunque, como dice Jorge Luis Borges en el cuento La Intrusa, “preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor”.
Los Fonticelli cultivaban  la pasión por la camiseta celeste y todos los domingos, las tres generaciones, abuelo-padre-nieto-, concurrían al estadio de Temperley donde ya tenían su lugar en las gradas.
Una tarde llegaron antes de la hora del partido y oyeron los silbidos y los gritos que un grupo de hinchas dedicaba al utilero del club, quien corregía un tramo de la línea de cal que acababa de pintar. El hombre ya mayor, estaba inclinado sobre la gramilla y movía con resignación la cabeza como negándose a escuchar las ofensas, pero desde las gradas continuaron las burlas. En apariencia, la línea mantenía alguna imperfección de trazado. Fueron tan subidos los tonos de los gritos que el más veterano de los Fonticelli intercedió ante el grupo advirtiendo que el destinatario era Feliciano Ángel Perduca, una gloria, el único defensor del club que había llegado a olímpico.
Algunos callaron ante la firmeza de la observación, otros redoblaron los gritos. No podían admitir que aquella figura vencida que se retiraba con lentitud hacia el vestuario hubiera vestido la camiseta de la selección argentina. Y un muchacho, a quien apodaban Colorado por su cabello pelirrojo, se burló a carcajadas de la afirmación. Como suele ocurrir en las tribunas de los estadios, se entrecruzaron palabras, reproches, pero el repentino ingreso de los equipos al campo de juego serenó las pasiones. El episodio quedó olvidado.
Años después, Alfredo Fonticelli jugó en las inferiores de Temperley y con ellas viajó a Montevideo para disputar un amistoso contra el equipo de Nacional. Aquella vez quedó literalmente encantado con la ciudad y soñó vivir algún día en ella. Las circunstancias de la vida le permitieron cumplir el sueño y hoy lleva varios años radicado en la capital uruguaya.
Entre otras actividades, ha cultivado la escritura y publicado varios libros. Desde tiempo  atrás, trabaja en una novela con personajes y ambientes del fútbol rescatados fundamentalmente de su pasaje por el club bonaerense.
Hace pocos días recibió en su domicilio un paquete enviado desde Buenos Aires por un remitente desconocido. Lo abrió con cierta urgencia y tuvo en las manos el libro de la historia del club Temperley escrito por Marcelo Ventieri. Le llamó la atención un marcador que sobresalía en la mitad. Abrió allí y encontró dos páginas dedicadas a Feliciano Ángel Perduca.
“Jugador que singularizó la picardía del fútbol auténticamente criollo- dice el texto-… Brillante en la gambeta, seguro y exacto en el pase y con vocación de gol, llegó de inmediato a la cumbre del estrellato y fue convocado a la selección nacional que libró la final olímpica con los uruguayos en Ámsterdam”. Hay además un detallado informe sobre el recorrido del deportista  que se inicio en el club Centenario, pasó luego a  Independiente, a Racing y el regresó a su querido Temperley. Se agrega asimismo una curiosa referencia a sus apodos: “Gallito” porque “gustaba gallear ante los rivales copando paradas bravas” y “Gaucho Corvina” por su afición a la pesca.
El libro rescata los “Versos a Feliciano Perduca”, una composición sobre música de tango que subraya sus cualidades: “te alientan las pebetas/admirando tus gambetas/ y tu aire conquistador”.
Un apartado especial está dedicado a su pasaje en la selección nacional desde el debut en 1925 hasta la destacada participación en los Juegos Olímpicos de 1928 donde Uruguay le ganó la final a la selección argentina por 2 a 1.
Perduca terminó sus días de utilero en el club que lo había proyectado a la fama.
Muchos hinchan ignoraron su trayectoria. El Colorado, en cambio, tuvo la oportunidad de reparar el error muchos años después al enviar un libro, con la página marcada, al nieto de quien le había señalado un crack desde la tribuna







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