¿Cómo estarán todos ellos?

Ernesto Nieto

Cómo estará Lázaro, aquel guía mulato de un habla pomposa y llena de gracia que nos llevó a recorrer los lugares imborrables de esa maravilla que es Salvador de Bahía? ¿Cómo estará el mercado viejo, lleno de instrumentos musicales y jugos naturales? ¿Cómo estará esa mujer, extremadamente delgada y llena de signos de dureza en el cuerpo que mirándome fijamente y con ojos repletos de rojos trazos en la plaza de Pelourinho me dijo «erguido, camine erguido, usted está en Bahía», mientras hacía un gesto de postura de bailarina?nieto
¿Cómo estará don Carlos, un señor de maneras lentas como la cordillera que nunca se cansaba de que le pidiéramos agua caliente para el termo de los innumerables mates que se toman cuando uno anda cerca de las montañas, y que siempre nos decía acentuando sus palabras, «Ya sale»?
Seguramente este cerrada la «Fonda del tío» en el corazón de Bariloche, donde con la familia nos atragantamos con las mejores milanesas del mundo.
También debe estar cerrado L´allbergaccio en la Villa Maquivelli, en las afueras de Florencia, allí donde el fantasma del gran Nicollo se pasea, más que penando seguramente disfrutando algún buen vino, mientras los vivos comemos el mejor guisado de Jabalí que pueda existir.
¿Cómo estará aquel buen señor, Roberto, que ya tenía más de 80, y en un pequeño restaurante familiar de Madrid al descubrir nuestro acento se puso a contarnos de su amor por este pequeño país que sólo conoce por gente como Benedetti, Galeano o Viglietti? «Es que como se darán cuenta, soy rojo» nos dijo con una sonrisa más triste que todo su tiempo junto.
¿Cómo estarán aquellos jóvenes que cuando la tierra tembló en Machu Pichu y a pesar de ser «nativos» se asustaron tanto en aquel tercer piso que nos preguntaban a nosotros qué hacer? (Hasta hoy en todos esos lares les cuesta creer que vivimos en un pequeño país donde la Pacha Mama no se sacude)
¿Cómo estará la vida de Iván, joven Hondureño y exiliado, dueño del pequeño apartamento en el corazón del barrio viejo de Granada y que con tanta sabiduría nos dijo desde dónde ir y hacia dónde por la ciudad mágica de las culturas ancestrales? ¿Alguien paseará en estos días por el Parque García Lorca, alguien trepará las innumerables calles del Albaicín, alguien descenderá por las del Sacromonte? ¿Estará tan orgullosamente iluminada La Alhambra?
¿Cómo estará Luján, la señora que con una sonrisa enorme vende los «pochoclos» en ese Parque Marítimo del sur de la Provincia de Buenos Aires donde los mamíferos del mar saltan y se contornean por el aire provocando admiración y aplausos entre todas las generaciones?
Las calles de esa universidad tan antigua como sabia, en León, donde alguna vez hice una Maestría y se dice es el origen del apellido de mi padre, del mío y el de mis hijos, allí escondido en el tan lejano 1200 y tanto, ¿estarán raquíticas de estudiantes? También las de Bologna, donde Bobbio deslumbraba en sus clases o las de Salamanca, donde Unanumo hablaba despacio, pero sin pausa.
Al igual que las de casi todas las universidades del mundo estarán vacías de vida, llenas de textos, en todos los formatos, esperando volver a ser vividos.
¿Cómo estará pasando por todo esto Mireya, mi maestra de primer año de escuela, y que es mi «amiga» en Facebook? ¿Y mis primeros compañeros de andadas escolares? ¿Cómo lo llevará Margarita, Gustavo, Gonzalo, Mariela, Guillermo, el siempre peleador Rodrigo o el siempre contento Javier? ¿Cómo estarán esos compañeros del liceo, con los que cuando la vida es normal uno se cruza y casi ni se ve, pero que hoy andan en la memoria revoloteando? ¿Qué hará para llevar estos días Sergio, Francisco, ¿a qué jugará Serrana con sus hijos o qué conversaciones tendrá Carolina con sus hermanos?
El Palau de la Música debe estar mudito, como casi todo en Barcelona.
Allí ya no suena nada, ni siquiera las gaviotas que seguramente se han adueñado del todo de la ciudad. Sólo espero que Mariela y los suyos, gente nuestra pero que ya hace demasiado andan por Catalunya no hayan dejado de cantar cada vez que se juntan.
Y cantan en catalán, como ellos dicen que se debe de hacer.
Esta pandemia, más esta psicosis, más todas estas ausencias y dolencias que este bichito parecido a otros, pero al parecer con modelaje y diseño genético nuevo nos ha traído, quizás no nos enseñe nada. O quizás nos enseñe mucho.
Desde tiempos inmemoriales nuestra especie se ha enfrentado a plagas, virus y catástrofes de todo tipo.
Pero en ninguno de los libros que narran nuestros triunfos y fracasos se nos contó que parte del éxito era andar un tiempo en soledades. Adentro, metidos en apartamentos y casas.
Evitando los abrazos y los besos. Teniendo miedo de un poquito de saliva que vuele por el aire o que se pase en el mate.
Hace mucho tiempo aprendí una cosa, que otras tantas veces me olvido, y es que aunque no lo sepamos, desde el principio, y hasta el final, todos somos uno.
Todos venimos del mismo origen: el poderoso y omnipresente carbono que está en nuestra Vía Láctea. Este bichito de nombre infeliz, como todo lo relacionado a las coronas, nos recuerda que seguimos siendo frágiles, aunque resistentes y que los abrazos, cuantos más, mejor.